Siempre quise ser Juan Tamariz, el mago. Ha sido, desde mis inicios y lo digo sin el menor ápice de ironía o broma, mi modelo pedagógico a imitar: risas muy serias. Y un respeto profundo al público, en mi caso con mis alumnos, con el que se puede bromear, pero nunca tomarle a broma.
La magia y la filosofía no se parecen, a pesar de la posmodernidad reaccionaria. En una prima la apariencia, en otra debe primar la verdad. El espectáculo de la prestidigitación es un juego de apariencia, la clase de filosofía es, o tal vez ya desgraciadamente era, la pretensión de la verdad ante todo.
Sin embargo, y admitiendo esa diferencia, yo quería ser Juan Tamariz y quiero seguir siéndolo. Toda la basura pedagogista, desde los cuidados a las competencias pasando por la democracia en el aula y la atención a los intereses subjetivos del alumnado, son basura para la extensión del Nuevo Capitalismo. La verdad de cada broma de Tamariz, mientras hacía sus excelentes trucos, nos marcaba, al contrario de lo anterior, aquel camino donde lo importante era el truco final, el contenido, y el medio para realizarlo era ese humor, entre inteligente y pretendidamente malo, que buscaba dicho fin. El humor era muy serio, pero no tanto como para creerse lo fundamental. Lo fundamental era Platón o Aristóteles o Kant y no la función futura del alumno, su competencia, en la economía de mercado capitalista.
Juan Tamariz nos enseñó a reírnos. Pero a hacerlo mientras maravillados veíamos la realización de un proceso mágico donde la finalidad no era el procedimiento en sí mismo o los chistes sino, tachán, el truco final. Del mismo modo, pensaba yo, la clase podrá ser divertida, no sé si lo logré, pero lo importante no es eso, sino que al final se aprendiera algo, aunque tampoco sé si lo logré.
Juan Tamariz ha muerto hoy. Ojalá fuera sólo otro truco, pero me da a mí que no. Y con él se va, mientras que la basura de la excelencia llega a mi centro para discriminar a los alumnos, profesores y la red pública, mi referente pedagógico. Y con cierta tristeza, y a la vez con la sorna que nos enseñó a tener, dispongo mis brazos imitando tocar el violín y con mi voz grito una marcha fúnebre por él y por la educación: taaaa, ta, tata, tata tachaaaaaan…

1 comentario:
No se si será el mejor, pero sí el que más me ha gustado, de todos los comentarios sobre Don Juan Tamariz que he leido estos días.
Un Oyente de Federico..
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