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miércoles, septiembre 13, 2023

ARTE: ÍNDICE DE ARTÍCULOS

En esta serie se presenta una selección de artículos sobre arte, cine, literatura e internet en relación a los derechos de autor. 
Nota: actualizado a 13-09-2023

1.- GENERAL
  
EL FRACASO DEL ARTE MODERNO: reflexión sobre lo que intentó el arte moderno y su fracaso como experiencia artística universal (para todos).

CAPITALISMO E IDEOLOGÍA: ARTE SUBVERSIVO: sobre si en la actualidad es posible un arte subversivo o no.

¿QUÉ ES EL ARTE?

2,- CINE

UNA DEL OESTE: análisis del cine del oeste (Western) como épica de la modernidad con carácter universal.
CLINT EASTWOOD Y DIOS: tratamiento del tema de Dios en la obra de Eastwood.
WALL-E Y EL ANHELO DE LO HUMANO: análisis de la película Wall-e de Pixar.
DRIVE Y LA IDEOLOGÍA DEL YO: análisis ideológico de la película Drive como exponente de la ideología sobre el yo y su comparación con Raíces profundas (Shane) como película clásica con sujeto moderno.
BLAKE EDWARDS: UN RECUERDO: homenaje al director.
¡QUÉ BELLO ES VIVIR!: análisis de la película en torno a la idea de felicidad.
BOYHOOD: DRAMA Y POSMODERNIDAD: análisis crítico de la película Boyhood como fiel exponente del cine posmoderno.

3.- LITERATURA

POE: 200 AÑOS: análisis de la obra de Poe y su relación con la racionalidad.

3.- PROPIEDAD INTELECTUAL Y “PIRATEO”: análisis de la repercusión de internet y el llamado “pirateo” en el tema de la creación artística y su propiedad.


miércoles, enero 27, 2021

DUMBO Y LA NUEVA CENSURA (tan igual a la antigua)

1. Pues resulta que #Disney esconderá varias de sus películas de la tierna visión de los infantes. Y claro, esto hay que comentarlo. Y una de ellas encima va a ser esa maravilla que es #Dumbo, al acusarla de racista.

2. La acusación sobre #Dumbo se basa en que los cuervos que aparecen hablan igual a las caricaturas racistas típicas de los negros. Y eso para el censor bienintencionado que decide qué podemos y debemos ver convierte a la película en racista.

3. El problema radica en que los indignados no entienden que las películas no se juzgan por tal o cual personaje, sino de dos formas distintas. Por su guión y narrativa y por la forma cinematográfica de esa historia: la misma historia rodada diferente puede decir cosas distintas.

4. Por eso, en una película donde aparezca un determinado personaje no quiere decir que la película se identifique con ese determinado personaje. Las películas, por tanto, son más complejas que la propia mente de los nuevos censores mojigatos de lo #PolíticamenteCorrecto.

5. Y de hecho la escena de los cuervos de #Dumbo es un ejemplo de lo que queremos decir. Porque dice lo contrario de lo que los puros censores de la corrección creen.

6. Si se ve #Dumbo, los únicos que ayudan al elefantito son precisamente los cuervos, esos personajes desclasados y fuera del mundo circense establecido. Hubiera sido muy fácil hacer que le ayudaran los nobles leones o los simpáticos payasos, pero sólo le ayudan los cuervos.

7. Y además le ayudan de forma absolutamente gratuita, pues no consiguen nada con ello, y por la compasión que despierta el elefantito. Pero es una compasión que no ha despertado en los payasos blancos perfectamente integrados que viven en el circo, sino solo en los cuervos negros.

8. Por lo tanto, la película lo que está presentando no es racismo sino todo lo contrario. En esa escena, se muestra a seres marginados que se apoyan para “lograr volar”. Y además lo hacen no con magia, sino con las armas del razonamiento y de la confianza que le inspiran a #Dumbo.

9. Que cualquier cretino vea en esto racismo porque los cuervos hablan como la caricatura de los negros, sólo implica que el cretino no ve nunca más allá de sus narices. Pero esto es antiguo en la censura, pues el censor lo es por incapacidad de ir más allá de sus prejuicios

10. Indudablemente vamos a perder la batalla y se van a empezar a censurar obras que ya no verá el gran público. Y todo esto apoyado por esa #AutoproclamadaIzquierda, tan cómoda en aceptar el discurso dominante y el uso del lenguaje ñoño y de catequesis con guitarrita.

11. Yo seguiré viendo #Dumbo. Pero los niños verán cosas como #MasterChefJunior, que sin duda es un programa digno de la TVPública y donde dirán #TodosYTodas y saldrá alguna historia humana preciosa y ejemplificante.

12. Y cuando #Dumbo vuele al final en la carpa del circo, en una escena maravillosa, algunos seguiremos volando con él, escondiéndonos al verla y memorizando la escena para contarla a las generaciones futuras, evadiendo la #Censura. Al final, #Fahrenheit451 cumplido.

domingo, agosto 30, 2020

TURISMO INTERIOR: SANTANDER/9 (Jorge Sepúlveda y yo somo así.)

Aquí, con #JorgeSepúlveda, un grande al que le han hecho una estatua horrible, #MirandoAlMar (pero cada uno a un lado). 
#BajoElPalioSonrosadoDeLaLuzCrepuscular 
#SantanderJorgeSepúlvedayYoSomosAsí 
#EPMesaFilósofoDelEstío 
#EPMesaSeEchaLaSiestaEnOtroLugar


viernes, agosto 21, 2020

TURISMO INTERIOR: SANTANDER/5 (Jorge Sepúlveda y yo somo así.)

Las personas sensibles y el #SíndromeDeStendhal...
#Santillana... ¡¡¡¡qué futbolista!!!! 
#EPMesaTurismoCultural
#EPMesaSiempreSensible
#SantanderJorgeSepúlvedayYoSomosAsí #EPMesaFilósofoDelEstío
#EPMesaSeEchaLaSiestaEnOtroLugar

lunes, julio 27, 2020

OLIVIA DE HAVILLAND Y EL ARTE EN EL CINE

Ha muerto la magnífica actriz #OliviaDeHavilland.
Una de las últimas representantes del mayor movimiento artístico del siglo XX: el cine clásico americano. Un arte que ya nunca volverá.
#OliviaDeHavilland
#CineClásicoAmericano
Escena final de #LaHeredera

Morris and Catherine VOL 3 of 3 (The Heiress)
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miércoles, julio 22, 2020

¿QUÉ NOS DICE UNA OBRA DE ARTE?/2. ARTE, CONTENIDO Y CENSURA


En el artículo anterior de esta serie defendíamos que el arte no podía plantearse meramente desde el contenido concreto de la obra. Ahora veremos qué es esa cosa llamada arte, para luego aplicarlo a las obras concretas. Se trata, pues, de un juicio que va de lo universal a lo particular: defendemos que no hay arte porque haya obras de arte, sino que porque previamente surgió una concepción de arte entonces puede haber obras de arte. Y, por, tanto, primero es ver por qué hay arte, cómo surgió y qué es.

En primer lugar, el arte nos habla exclusivamente del mundo humano. Por ello, cuando se juzga una obra de arte cuyo contenido concreto se refiere al mundo religioso, al mundo natural o a la sociedad, en realidad no se está hablando de religión, naturaleza o política. Nadie juzgaría, espero, este cuadro de acuerdo a su fidelidad con los glaciares. Nadie, espero, vería fe en esta otra obra de arte. Así pues las obras de arte solo nos hablan del ámbito humano, de nosotros mismos.

Pero decir esto tampoco es mucho, pues el ámbito humano es bastante amplio y, por ejemplo, la economía también nos habla de él. O la historia. O la psicología. O el cotilleo y Sálvame, por ejemplo. Por supuesto alguien podría decir con razón que la diferencia ahí estaría en la forma de hablarnos. Y estaría también en lo cierto. Pero ahora, solo nos centramos en qué contienen las obras de artes y no en su forma.

Efectivamente,  el arte nos habla de  lo humano. Pero, cuando aquí hablamos de algo intrínsecamente humano no lo decimos en un esencialismo, sino en un sentido histórico concreto, una realización histórica determinada. El arte es, como la filosofía o la ciencia, un producto histórico determinado, surgido y desarrollado en una época y lugar concreto.  Y por eso, es necesario analizarlo como tal. 

El origen del arte está en la División del Trabajo y la explotación del hombre por el hombre. La condición necesaria del arte, históricamente, es que la sociedad tenga la capacidad de apartar a unos individuos, que luego serán los artistas, para realizar tareas no ligadas a la subsistencia al tiempo que genera otra clase/élite que pueda disfrutar de sus obras como espectadores/mecenas/almas sensibles. Y, aquí está el problema,  esto ha implicado necesariamente la existencia de la explotación de una clase sobre otra. Así, la primera condición del arte no es la sensibilidad del artista y su espíritu superior o el espectador en busca de la belleza, sino la División del Trabajo y la explotación. Sólo ha podido haber arte porque la mayoría social se ha dedicado a la producción de la riqueza material imprescindible, y con ello ha sido explotada, para que dichos artistas puedan producir sus bellas obras. De esta forma, el arte nace con un pecado original.

Sin embargo, esto se ha dado en muchas sociedades y no todas han generado el concepto de arte. Por lo tanto, ¿qué más tiene el arte?

El arte surge de la División del Trabajo y la explotación, y esto es condición necesaria para que exista, pero no es condición suficiente porque para que haya arte se necesita además una determinada concepción del ser humano y la realidad: una determinada cosmovisión. En realidad, el arte es una construcción histórica que comienza en el Renacimiento y se desarrolla con la Modernidad  y que se basa en dos ideas que ya están empezando a pergeñarse filosóficamente en esa época y que se desarrollarán durante toda la Modernidad: por un lado, la idea de sujeto; por otro, la idea de la escisión entre pensamiento (Deber Ser) y Realidad (Ser). Y estas dos ideas, la de Sujeto y la diferencia entre el Ser y Deber Ser, serán fundamentales en la creación del arte.

En cuanto a la idea de sujeto, el arte la desarrolla en la figura del artista. El sujeto moderno, en la Filosofía de la época, era el hombre transformador del mundo de acuerdo a la razón: creador de una nueva realidad.  El artista, igualmente, se presenta como creador absoluto, ya no un mero artesano, de la propia obra de arte. Así, el artista sería el cumplimiento del sujeto moderno capaz de transformar la realidad. El artista es la posibilidad de la realización del sujeto moderno. O dicho al revés: el ideal del artista es en realidad el ideal del sujeto moderno realizado. Pero…

Pero hay un segundo punto: toda obra de arte representa la diferencia entre el Ser (lo que hay) y el Deber Ser (lo que debería haber). Es esta una escisión entre la realidad y el pensamiento que provoca la Modernidad y que se relaciona con el arte. Efectivamente, la diferencia característica de la Modernidad entre Ser (la realidad tal y como es) y Deber Ser (la realidad que debería existir a través de la racionalidad y que tiene como tarea pendiente el sujeto moderno) resulta fundamental a la hora de la existencia del arte. La Modernidad marcó una distinción entre lo que las cosas realmente eran y lo que desde la racionalidad deberían ser: señaló la pobreza del mundo. Y esto es algo que el propio arte recogió.

¿Pero cómo recogen esto las obras de arte? Lo recogen como culpa y como gloria, y de esa contradicción surge su fuerza.

Como culpa, porque el arte, como hemos señalado, solo es posible por la explotación de la humanidad y, con ello, la negación todavía de la humanidad como sujetos. Así, en cada obra de arte como tal está la culpa de su origen. Pero, como gloria porque cada una de las obras de arte nos dice, y ese es su contenido fundamental, que la realidad (el mundo o el ser) podría y debería ser de otra forma (debería llegar al deber ser). Nos está mostrando que la propia existencia de una obra de arte, culmen máximo de la belleza, niega la triste y empobrecida realidad -nota: al hablar aquí de belleza no queremos decir, evidentemente, de que las obras de arte deban ser bonitas- . O dicho en positivo: que la existencia de obras de arte demuestra que el mundo podría y debería ser mejor y convertirse él mismo en una obra de arte. Y nos lo dice en un sentido histórico objetivo y en el propio sentido particular de cada una de las obras. El arte así, cada obra de arte, nos conmociona porque nos habla de nosotros mismos, no en el tonto sentido de una espiritualidad o de la interioridad, sino precisamente porque nos señala nuestra propia identidad escindida. Nos dice que, para explicarnos, nuestra vida es una basura falsa, y que da igual nuestra individualidad, pero que no tenía que ser así. El arte nos habla entonces de la diferencia entre cómo podría y debería ser la vida, y con ella la realidad, y cómo es. Nos señala esa escisión entre el anhelo racional del mundo justo y la realidad.

De esta forma, la constatación en la propia obra de que la belleza debería ser posible, porque en la propia  obra lo es, nos presenta la conmoción de la obra. Cada obra de arte se enfrenta al mundo mostrándo la pobreza de este frente a lo que debería ser en la belleza de aquella. Así cada obra de arte presenta la escisión entre ella misma, como aquello que debería ser, frente al mundo que la ha hecho posible con toda su pobreza y miseria. Y por eso, las auténticas obras de arte no provocan ningún sentimiento de reconciliación o catarsis con el mundo, como sí ocurría en el mundo griego,  sino antes al contrario nos provocan una conmoción ante el horror del propio mundo enfrentado a la belleza de la propia obra. Toda obra de arte nos recuerda la pobreza del mundo y de nuestra propia existencia.

Comenzábamos el anterior artículo recogiendo la pregunta de Marx: ¿por qué nos sigue gustando el arte griego? La respuesta aparece clara. Porque todavía descubrimos en su forma bella un mundo que no se ha realizado como tal belleza.  Lo que nos habla no es su espíritu griego, sino precisamente nuestra propia desesperanza ante la promesa que se dio en la Modernidad y la realización del Capitalismo como la negación de esa promesa de una realidad bella. Y por eso, mientras siga existiendo esa escisión, nos seguirá conmoviendo toda obra de arte porque en ella misma veremos nuestra tristeza, nuestra existencia diaria como pobredumbre.

¿Y cómo se plasma todo esto en lo concreto de cada obra? Ya se lo cuento, que me estoy emocionando y llega además la hora de la cervecita (o dos): la vida es pobredumbre, como hemos dicho, pero con cerveza es un poco más habitable.

lunes, junio 29, 2020

¿QUÉ NOS DICE UNA OBRA DE ARTE?/1. ARTE, CONTENIDO Y CENSURA


En su obra CONTRIBUCIÓN A LA CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA, en la Introducción que aparece al final del mismo texto, Marx se plantea una pregunta sencillamente genial: ¿por qué nos sigue gustando el arte griego?

La pregunta guarda relación con la idea del contexto histórico. Efectivamente, si una obra de arte pertenece a un contexto histórico determinado y se ciñera a él, lógicamente al cambiar de época, como ha ocurrido entre el mundo griego clásico y nosotros, las obras de arte ya no nos tendrían nada que decir excepto por su propio contenido histórico concreto dentro de una erudición. Sin embargo, como bien señala Marx, hay obras de arte griegas que nos  siguen hablando y nos siguen conmocionando más allá del academicismo historicista –nota: por cierto, conocer algo como academicismo historicista es muy importante, quede claro-. Hay obras de arte griegas, para decirlo con claridad, que nos ponen los pelos como escarpias por la emoción que nos causan. La pregunta, por lo tanto,  es por qué si no están en nuestro contexto.

Como ya saben, desde hace tiempo está habiendo una polémica, que no solo se ciñe a esa extraordinaria película que es Lo que el viento se llevó, sobre el contenido de las obras de arte. Para un nuevo puritanismo que está surgiendo, hay obras de arte que tienen un contenido inapropiado, aquello que nos contaba la totalitaria iglesia sobre contrario a la moral y las buenas costumbres, y por lo tanto debe o prohibirse su difusión o al menos advertir al público con un cartelito.

Ya hemos hecho un análisis político de esto en nuestro espacio de RadioSofía titulado RADIOSOFÍA: LA CENSURA Y LOS NUEVOS PURITANOS , donde explicamos que este afán desmedido de censura esconde en realidad un ataque directo a la Ilustración y su defensa de la salida de la minoría de edad. Los nuevos puritanos desean la censura eclesial, pero en plan pijoprogre.

Sin embargo, lo que nos interesa ahora no es el análisis sociopolítico de esto y sus consecuencias, ya realizado brevemente por otra parte en el vídeo citado,  sino el análisis estrictamente estético. Es decir, plantearnos el problema del análisis de la obra de arte.

Lo que vamos a defender es que ninguna obra de arte auténtica como tal obra de arte, y lo primero será necesariamente definir este concepto, puede tener un contenido contrario al propio elemento de la emancipación humana.  Es decir, una obra de arte no podrá ser racista ni totalitaria, por ejemplo, como tal obra de arte. Y defenderemos también que esto no tendrá que ver con su contenido concreto, la historieta presente en ella, donde sin duda podrá haber elementos contextuales propios, sino a su significado como tal obra de arte. Y que esa diferencia entre el contenido concreto y el contenido como arte es la clave que explica por qué nos sigue gustando el arte griego y, por consiguiente responder a qué es el arte.

Y para ello, y lo primero de todo, será necesario distinguir representación estética de obra de arte. Pues si bien toda obra de arte es una representación estética, no toda representación estética será una obra de arte.

Distingamos, pues, obra de arte de representación estética.

Una representación estética es una representación simbólica de algo realizada sobre un material y se da en cualquier sociedad humana.  Sin embargo, una representación artística o una obra de arte implica al menos dos cosas fundamentales.

En primer lugar, que el sujeto que la juzga, y por lo tanto la sociedad a la que pertenece dicho sujeto, tenga el concepto de arte como una idea que va más allá del mero simbolismo estético de lo representado. Es decir, que se considere que la obra de arte no tenga la finalidad exclusiva y última de la representación de algo ajeno a ella, por ejemplo representar un episodio histórico o religioso,  sino que se presenta a sí misma socialmente como obra de arte. Así, cuando vamos al Museo del Prado y vemos Los fusilamientos del tres de mayo, no lo hacemos por el afán de conocer ese hecho histórico, sino por la forma de la representación en sí misma y su belleza –nota: luego analizaremos este criterio-. De esta manera, la obra no se juzga por si lo que se representa o si esta es verdad o no, como ya percibió Aristóteles, sino por la forma en qué se representa.

Y en segundo lugar, que dentro del proceso de división social del trabajo que se da en dicha sociedad, haya una esfera para calificar explícitamente el trabajo de estos como artistas. Así pues, para que haya una obra de arte ya sea en cuanto a su producción ya sea en cuanto a su contemplación, es necesario un hecho histórico concreto que es la existencia de una sociedad que reconozca al arte como tal dentro de la esfera de la producción. Y por lo tanto, no estamos hablando aquí de un idealismo o de un romanticismo espiritualista sino de una serie de condiciones materiales y productivas concretas para que pueda haber arte. Y además, como luego veremos, esto será crucial. Por ello, podremos calificar una obra del antiguo Egipto como arte, aun cuando allí no se le considerara como tal.

Por tanto, la concepción social de la existencia del arte y su presencia con un apartado propio dentro de la esfera productiva, y con ello en la división social del trabajo, son factores fundamentales para el arte. Así, toda producción de alguien que pertenezca al gremio dentro de división social del mundo artístico y sea reconocida por el mercado del arte, la institución actual valorativa, será considerada socialmente como una obra de arte, como muy bien señala Dickie y la Teoría Institucional del arte. 

Sin embargo, parece evidente que si bien socialmente y en sí mismo todo lo que haga un artista podrá considerarse como arte dentro del campo de la esfera de la división del trabajo, no será así en el criterio estético. Es decir, seamos sinceros, no todo lo que hacen los artistas, la mayoría de las cosas en realidad, son obras de arte en su sentido cualitativo que todos entendemos como algo superior.  Por lo tanto, si bien las razones sociales y económicas son fundamentales en la creación del arte como concepto y realidad no es razón suficiente para que algo sea una obra de arte y nos conmueva. El arte es algo más.

Y todo esto nos lleva a la conclusión de que la pregunta de Marx con la que iniciábamos este artículo sigue vigente: por qué nos sigue gustando el arte griego o por qué una película de John Ford es una obra de arte y cualquiera de Tarantino, no –nota: o incluso varias de John Ford-.

Pero eso como siempre lo vamos a resolver en el próximo artículo donde intentaremos presentar una teoría sobre qué hace que algo sea una obra de arte: qué es ese algo más. Ya les imagino esperando ansiosos…

martes, agosto 20, 2019

domingo, agosto 18, 2019

SIN COLE DE BRUSELAS/3: CATEDRAL DE BRUSELAS


Decía Bernardo de Chartres que somos como enanos a los hombros de gigantes...
#EPMesaSinColeDeBruselas
#EPMesaTuristaAccidental
#EPMesaNoTieneAbuela
#EPMesaHumorCulto

domingo, septiembre 09, 2018

domingo, septiembre 02, 2018

EPMESA TURISTA: POR LA CONVERSIÓN DE RUSIA/13

Pared entre dos cuadros. 

Obsérvese la infinita soledad a la vez que la denuncia por la alienación irreversible de la condición humana arrastrada al vacío por la depredación capitalista.
En la Galeria Tetriakov de Moscú
Un arte con mensaje filosófico

sábado, agosto 18, 2018

EPMESA TURISTA: POR LA CONVERSIÓN DE RUSIA/7


Me voy pa' Moscú.
El pueblo petersburgués me despide con emoción.
Stalin y Yo somos así: apreciando la unanimidad democrática

jueves, agosto 16, 2018

martes, agosto 14, 2018

EPMESA TURISTA: POR LA CONVERSIÓN DE RUSIA/4


Ahorrando el tóner de color...
En el Hermitage (bueno, en el de enfrente que es mejor en pintura) de San Petersburgo.
#LaObraDeArteEnLaÉpocaDeSuReproductibilidadTécnica
#CuadradoNegroMalevich
#SoyPedantePeroSalao
#EPMesaTuristaPorLaConversiónDeRusia /4

sábado, julio 01, 2017

domingo, febrero 05, 2017

(Re)LEYENDO EL QUIJOTE (que yo ya me lo había leído, ¿eh?) /2

En nuestro artículo anterior sobre el Quijote, comparábamos esta novela con dos obras anteriores y clásicas como eran la Odisea y la Divina Comedia. En este segundo artículo, pretendemos comparar la obra de Cervantes con la obra de un contemporáneo suyo como es William Shakespeare. Lo que buscamos es presentar sus parecidos y sus diferencias y elaborar desde ese punto de vista una idea sobre la importancia del Quijote en la formación del sujeto moderno.

Cervantes y Shakespeare son efectivamente coetáneos a finales del siglo XVI y principios del XVII. Además, podemos decir que ambos van a reflejar en su obra el inicio del sujeto moderno, conceptualizado poco después por Descartes, y comprendido como alguien que se enfrenta al mundo para transformarlo de forma radical.

El primer parecido, y fundamental, es que ambos autores presentan como protagonista de sus obras a alguien que se enfrenta no solo a la adversidad sino al mundo tal y como está constituido. D. Quijote y Hamlet -nota: a partir de ahora vamos a ir citando distintos personajes shakesperianos para que se vea lo leídos que somos- no sólo sufren peripecias personales sino que tiene un proyecto mayor: construir un mundo nuevo. Además, este enfrentamiento con el mundo no es meramente algo que tenga que ver con una parte del mismo sino que tiene que ver, y solo puede ser solucionado, cambiando radicalmente la realidad. Efectivamente, Macbeth, otro ejemplo, sólo puede sobrevivir a cambio de la destrucción absoluta del reino y Don Quijote solo puede cumplir su sueño cambiando radicalmente la época en la cual le ha tocado vivir por otra anterior y que además es ficticia. Así, los protagonistas de ambos autores se enfrentan a la realidad de una forma absolutamente radical, en la cual saben que su triunfo o es absoluto o no será.

Se parecen también en que este enfrentamiento implica el fracaso en el anhelo del héroe. Ninguno conseguirá su objetivo sino que la realidad se impone siempre al esfuerzo individual. De hecho, habrá que esperar a Robinson Crusoe, a  principios  del XVIII y tras la revolución  inglesa, para que el optimismo burgués se imponga  y  pueda iniciar ese triunfo sobre la realidad  y la construcción de un nuevo mundo. Ningún héroe trágico de Shakespeare triunfa  y don Quijote acaba de la peor manera para un caballero, dejándose morir en su cama.

Igualmente, tienen parecido en un factor literario: en la conformación del protagonista de la historia como un personaje. Tanto Cervantes como Shakespeare harán algo absolutamente novedoso: crear personajes propios que, sin embargo, se convertirán en prototipos. La diferencia aquí es fundamental con lo anterior. Los personajes anteriores, desde los mitológicos hasta los religiosos pasando por los épicos, son personajes previos a su explotación literaria y cuyo modelo, por tanto, no es una creación literaria sino social. Los personajes fundamentales son modelos sociales, que realmente existieron o no, a imitar y que se presentan como ejemplares para la propia socialización. Son modelos de statu quo.

Sin embargo, la creación tanto de los personajes Quijote y Sancho como de la larga lista de los personajes shakesperianos son pura creación literaria que se presentan a su vez como modelo de sujeto. Nos atraen por su lejanía con el modelo social tradicional: perdedores y malvados –nota: incluso uno se imagina los escándalos que hoy hubieran despertado ciertas obras de Shakespeare para la corrección política de tanto mojigato-. Los personajes así huyen del modelo social previo para crearse a sí mismos como modelos. Es un triunfo, en ambos autores, de la autonomía literaria sobre la heteronomía social que hasta entonces había dominado. Ya no será el modelo social el ideal del literario sino que éste será capaz de crear personajes que, en su bondad o maldad, ideal o cruda realidad, serán capaces de presentarse a sí mismos como modelo para el desarrollo social.

Así la obra de Cervantes y de Shakespeare  expresan la conciencia de un mundo distinto pero todavía no nuevo. Y es importante este hecho. Ambas obras son conscientes de la crisis del mundo medieval, frente al modelo Carlos V por ejemplo, pero son incapaces de presentar una alternativa a ese mundo que se agota. El caballero D. Quijote no puede dejar de mirar atrás en busca de esa tierra prometida y los personajes trágicos de Shakespeare fracasan quedándoles solo la muerte. Habrá que esperar a 1663 para que, en El Paraíso Perdido de Milton, Lucifer se levante después de su derrota y expulsión para conseguir convertir del Infierno un Cielo. Habrá que esperar 100 años para que Robinson Crusoe convierta su isla desierta en la civilización.

Pero, también hay diferencias entre los dos autores. Y esa diferencia está en la conciencia de uno y otro.

Shakespeare es consciente de que su obra es novedosa, no solo en el terreno técnico de la composición literaria sino, especialmente, en la propia realidad de sus personajes. Y por eso su campo de acción es el teatro. Sin embargo, Cervantes es todavía una persona de mentalidad renacentista y no es consciente, como autor, de lo que significa el propio Quijote: la obra, que él pretende como un juego literario, le desborda. Expliquemos.

La utilización de la estructura teatral le permite a Shakespeare el empleo de la técnica del diálogo y el monólogo. Esto convierte en un proceso  más sencillo la expresión de los sentimientos de los personajes frente a una técnica puramente narrativa, la novela, donde cabe una mayor intervención del lector al interpretar la acción que se narra. Pero aquí no se trata de que la elección del aparato literario sea la causa sino que es la consecuencia.

Efectivamente, los personajes de Shakespeare son teatrales porque el autor solo puede expresar la  novedad de sus héroes  a través de ese género. La complejidad psicológica de los personajes shakesperianos es imposible todavía de plasmar con el desarrollo de la novela del siglo XVI. De hecho, cuando Defoe escriba su Robinson, tendrá que recurrir al narrador en primera persona para poder cumplir la introspección, algo que a los grandes novelistas del siglo XIX, por ejemplo, no les hará falta.

Sin embargo, Cervantes, sin éxito en el teatro, no busca conscientemente la creación de un personaje sino de un juego literario culto, incluso pedante, propio de su época pero que se le escapa, especialmente en la segunda parte, de las manos. D. Quijote no resulta creíble nunca fuera del juego que propone el autor pues su propio personaje, excesivamente forzado, nos conduce a la parodia. Efectivamente, incluso en sus discursos, que llegan a cansar y que no son sino muchas veces la repetición del convencionalismo social de la época a diferencia de Shakespeare, el Quijote carece de la capacidad de crear una profundidad psicológica en el personaje, demasiado plano. Son discursos para el público y no  monólogos que surjan  de  la conciencia personal como en el autor inglés. D. Quijote carece de psicología propia más allá de su modelo inicial. E incluso, en el  giro radical de  su renuncia a la  caballería, en unas pocas páginas al final, se vuelve a ver lo mismo pues no surge de su interior derrotado sino de su duelo externo perdido con el Bachiller. Pero, y ahí está su grandeza, es la propia narración de sus aventuras, los hechos acaecidos y cómo son narrados, lo que le convierten en un personaje fundamental. La evolución del ingenioso hidalgo, que pasa de hacernos reír a estremecernos, no se refleja en su psicología sino en la propia narración y sus aventuras. El Quijote se puede considerar por eso como el primer héroe moderno auténticamente narrativo.

¿Que queremos decir con esto? Que la importancia del personaje no está en su mundo interior – nota: qué repugnante expresión-  que es excesivamente plano en realidad , sino en la forma de enfrentarse al mundo, que nos permite pasar de considerarle ridículo a ser uno de nosotros. Y en esto se parece el hidalgo a Gregorio  Samsa, protagonista de la metamorfosis kafkiana, quien con su psicología pequeñoburguesa es un personaje ridículo pero como sujeto sin embargo, y merced a la narración, nos hace ver en él al propio sujeto actual y con esto a  nosotros mismos.

Así, los heroes Shakespeare son sujetos modernos en sí mismos. D. Quijote, y también Sancho,  se convertirán en ello tras su propia peripecia. D. Quijote es un héroe narrativo porque lo que cambia no es él, idiota al principio y al final, sino nuestra visión de él merced al desarrollo de su novela. D. Quijote es nuestra vida: ridícula.

La obra de Cervantes resulta así el complemento de la de Shakespeare y viceversa. Ambos asisten al fin de un mundo que parecía definitivo y ambos conocen que ese ocaso debe resolverse. Ambos, a su vez, son incapaces de hacerlo en su propia realidad. Pero si su interés fuera meramente historiográfico, como ha devenido con el teatro de  Calderón o de Lope por ejemplo, su lectura se reduciría a la tarea erudita. Tiene que haber algo más que nos impulse hoy a leer el  Quijote. Y eso, en otro rollo.


lunes, enero 09, 2017

(Re)LEYENDO EL QUIJOTE (que yo ya me lo había leído, ¿eh?)/1

Sin lugar a dudas para mí, y digámoslo claramente, el Quijote es un coñazo. Muchas veces la acción narrada resulta extremadamente alejada del núcleo central de la novela, como por ejemplo en las aburridísimas historias del Curioso impertinente o del Cautivo que están puestas en la primera parte con la intención parece de rellenar. Otras veces, los diálogos se hacen eternos dando pie más a un discurso que a una auténtica conversación entre personajes de novela. Así, podríamos decir que el Quijote es un libro no demasiado grato de leer, al menos en su mayor parte. Pero, sin embargo, el Quijote es un libro imprescindible. Y en esa lucha entre lo aburrido y lo imprescindible es donde se va a mover nuestra reflexión sobre por qué debemos leer el Quijote. Porque leer el Quijote, al menos una vez, es una necesidad.

Para contestar a la pregunta de por qué debemos leer el Quijote tendremos que asumir varios frentes. No pretendemos hacer aquí, lógicamente ya que no sabríamos, un análisis erudito y completo de la obra de Cervantes, sino que intentaremos explicar por qué, aún a pesar de que nos aburramos haciéndolo, debemos sin embargo leer la novela completa y después de haber pensado en más  de una ocasión dejarla, curiosamente, admirarnos ante su grandeza.

La primera razón por la que debemos leer el Quijote es una razón cultural. No debemos entender la erudición como una muestra pedante de conocimientos sino como la formación necesaria en una base de contenido cultural que nos permita comprender los hechos históricos acaecidos y también nuestro presente. El Quijote ha sido un libro fundamental en la historia de Occidente y no solo en lo que sería la estética literaria sino en la formación de un prototipo de sujeto que está detrás de toda la obra. Por ello, leer el Quijote se convierte en una necesidad cultural para quién desee comprender no sólo el momento histórico de la Modernidad entre los siglos XVI y XVIII, sino también el momento presente como luego aclararemos.

Además, la erudición es un factor fundamental no sólo ya para la elaboración de los juicios intelectuales, que también se miden necesariamente por su contenido, sino también en la formación de la propia personalidad. Ser culto es mejor que ser ignorante a nivel personal. Y leer el Quijote forma parte de ese ideal de sujeto culto, como leer La Odisea o la Divina Comedia. Hora es ya de decir que una educación democrática, por cierto, debe tener contenido cultural que aprender. Y, ya de paso, que la memoria es fundamental.

Así, la primera razón para leer el Quijote es la necesidad de preservar, no en el museo sino en la vida cotidiana, la presencia de las obras culturales que han llevado al ideal de sujeto en Occidente y que de no ser capaces de mantenerlas en nuestra memoria real, y no solo en el Google, se convertirán en una pieza de colección a las que poco a poco irá cubriendo el polvo del olvido. Leemos el Quijote para actualizar aquello que nos ha formado. Y para ir más allá.

Y efectivamente, sobre esto, debemos hacer aquí una digresión –nota: ¡qué bien hablo!-. Para entender el valor cultural del Quijote hay que remitirse a su diferencia con aquello que había sido la cultura establecida hasta su época. Cuando hablamos de cultura establecida, de cosmovisión, no nos referimos por supuesto a que cada uno de los individuos tuviera que tener esa idea, cosa absurda, sino a la imagen ideal que la sociedad del momento tenía de sí misma. Y cuando hablamos de sociedad hablamos en realidad de la ideología dominante.

Efectivamente, el Quijote implica un corte fundamental, que comparte con la obra de su coetáneo Shakespeare como analizaremos en breve, en el ideal del sujeto. Para intentar explicar lo que queremos decir vamos a comparar brevemente el Quijote con dos obras fundamentales de momentos históricos anteriores. Estas dos obras fundamentales van a ser por un lado la Odisea de Homero, obra fundamental de la Antigüedad Clásica, y por otro lado la Divina Comedia de Dante, obra fundamental de la Edad Media.

Vamos a hablar de tres protagonistas distintos. El primero es Ulises, el protagonista de la Odisea. El segundo es el propio Dante, protagonista de la Divina Comedia. Y el tercero es Don Quijote, protagonista de la obra de Cervantes.

En la Odisea Ulises busca volver a su hogar. Esto implica que existe un hogar frente a un mundo exterior agresor, que es el que recibe a Ulises en su periplo. Así la obra de Homero es la historia de una civilización que considera que está construyendo un mundo propio frente a lo extraño y que tiene por lo tanto un hogar común que es su propia cultura. Ulises, así, es un sujeto capaz de volver a un lugar donde se siente a gusto y cómodo. El hogar de Ulises es el mundo como debe ser. El ideal es Ítaca frente al mundo exterior agresivo. Y hay que volver a Ítaca.

Del mismo modo que Ulises identifica el mundo tal y como debería ser con su hogar, Dante identifica el mundo tal y como debería ser con el Paraíso. Aquí, sin embargo, ya hay un salto importante en referencia al propio Ulises. Para Dante, el Paraíso pertenece una escatología, es decir, algo que va a ocurrir en el futuro y por lo tanto el mundo terrenal no se puede catalogar como mundo como debería ser: algo le falta. Sin embargo, esta promesa de paraíso se va a realizar independientemente a la voluntad del propio Dante, o de cualquier sujeto humano, pues pertenece a una heteronomía que es la del dios creador. Dios ha creado un mundo como debe ser, el Paraíso, y el ser humano debe luchar para llegar a él. Y para conseguirlo debe obedecer a ese mismo dios. Y obedeciendo a Dios, y no de otra manera,  en ese paraíso Dante podrá juntarse con Beatriz, su Dulcinea del Toboso, de forma real y auténtica. De esta manera, la Divina Comedia presenta una cosmovisión en la cual si bien es cierto que el mundo tal y como debería ser se pospone a una realidad futura, presentando por ello que el mundo actual no es ideal, sin embargo se sigue manteniendo la idea de que esta unión entre la vida cotidiana y la felicidad se dará a través de un ente trascendente que es Dios. Podemos concluir, por tanto, diciendo que la Divina Comedia presenta un mensaje tan consolador como la propia epopeya griega y que consiste en advertirnos de que al final el mundo como realidad, el ser, y el mundo como ideal, el deber ser, se unirán necesariamente.

Así pues, tanto Ulises como Dante, en cuanto a sujetos de su propia obra, viven en un mundo donde es posible unificar la realidad con el ideal que debería ser, o diciéndolo en frase célebre: identificar el ser actual con el deber ser. Y es aquí donde el Quijote juega un papel fundamental en la historia cultural de Occidente, justo es reconocerlo que junto con su coetáneo que es la obra de Shakespeare.

Efectivamente, Don Quijote se diferencia absolutamente y de forma radical tanto de Ulises como de Dante. De Ulises, a pesar de imitar el modelo del viaje donde surgen aventuras, que será un clásico en toda la literatura occidental, se diferencian en que Don Quijote no tiene hogar.  Efectivamente, el caballero de la Mancha, de un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme,  aunque sale de su casa sin embargo nunca desea regresar a ella sino siempre partir. Y esta diferencia es fundamental con el guerrero griego. Lo que Ulises desea es regresar a su hogar porque es el mundo donde todo es cómo debe ser. Sin embargo, D. Quijote desea precisamente abandonar su casa porque es el lugar donde no se le permite ser caballero y por lo tanto construir el mundo como debe ser. Así del Quijote, carece de hogar y esa es una de las claves fundamentales que construirán al sujeto moderno. El personaje cervantino no puede identificarse con su propia realidad que, en realidad, desprecia. No quiere ser hidalgo manchego sino caballero universal.

Y también a diferencia de Dante, Don Quijote carece de paraíso. Ya hemos señalado que esta obra implica un paso adelante en relación a Ulises. Mientras que el paraíso de Ulises es un lugar concreto ya construido, el paraíso de Dante se encuentra más allá de su propia contemporaneidad. Sin embargo, D. Quijote va incluso más allá de Dante al situar su paraíso en un lugar imposible de alcanzar incluso en la trascendencia, si es que acaso existiera. Mientras que Dante sitúa su final de la historia en la superstición religiosa, Don Quijote la sitúa en una ficción novelesca, demostrando así lo absurdo de la idea de un paraíso dado. Don Quijote carece absolutamente de Paraíso y por ello, a su vez, su Dulcinea del Toboso nunca se transforma, ni se transformará, en un ángel sino que siempre será una campesina grosera. De esta forma, el caballero don Quijote no puede buscar un camino hacia el paraíso, en palabras bíblicas de rockero: una escalera al cielo, sino que debe conformar su vida como el lugar en el que la tarea le lleve hacia el fin definitivo de la felicidad. D. Quijote debe convertir su mundo en un mundo de caballerías: debe desfacer entuertos.

Así, D. Quijote ya se ha diferenciado absolutamente de la tradición anterior.
En primer lugar se ha diferenciado de la tradición clásica por negarse a situar el mundo tal y como debería ser en una civilización determinada y en una sociedad concreta, pues la sociedad de Don Quijote debe ser reformada a través de la acción del caballero.
En segundo lugar, Don Quijote también se diferencia del mundo medieval en que su paraíso no es algo trascendente y realizado por un creador con un omnipotente poder, sino que sólo puede ser realizado por él mismo. El caballero don Quijote es el personaje llamado a realizar la justicia de un mundo abandonado por Dios, con toda la burla que ello implica y al tiempo con toda la grandeza. Y aquí volvemos a ver un paralelismo con los personajes de Shakespeare, que están llamados, como textualmente dice Hamlet, a poner orden en el mundo. La modernidad del Quijote está implícita precisamente en ello.

Con todo esto, D. Quijote resulta un hito en relación a su tiempo. Y por ello, en su faceta erudita y cultural, es de obligada lectura. Pero aún nos queda explicar algo más.

Lo sé: leer el Quijote es un coñazo.
Y también lo sé: leer este artículo, y verá el próximo, también.

Pero, reconózcalo, yo soy más salao.