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lunes, octubre 12, 2020

12 DE OCTUBRE: FUNDAMENTACIÓN E HISTORIA

Nota previa: el original de este artículo fue publicado en 2013. Lamentablemente, sigue siendo actual.

La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido. Allí, la frase desbordaba el contenido; aquí, el contenido desborda la frase.
Karl Marx, El dieciocho brumario de Luis Bonaparte.

Otra vez es 12 de octubre y otra vez resulta aburrido. Las conmemoraciones patrias es lo que tienen. Pero siempre hay algo que salpimienta el hecho –sí, metáfora gastronómica- y esta vez ha sido el furor de la crítica de la autoproclamada izquierda en las redes sociales contra la fecha: que si pérdida de libertad de los indígenas, que si genocidio, que si había que pedir perdón... Crítica reaccionaria pero crítica al fin.

¿Reaccionaria? Ya está, piensa el lector comprometido, el imbécil este con su dandismo. Bueno, un poco sí, hipócrita lector –a veces, me gusto-, pero otro poco pretendemos que sean argumentos. Empecemos.

Cuando se habla sobre hechos históricos y se relacionan con la moral, para juzgarlo como buenos o malos o inocentes o  culpables, hay que caminar con pies de plomo. Pero mayor problema surge aún cuando se habla de justicia histórica. Efectivamente, la justicia en la historia no es un concepto sencillo. La ñoña memoria histórica ha hecho mucho daño dando a entender que la justicia histórica es distinguir entre buenos -que curiosamente siempre tienen nuestras ideas políticas- y malos –ya saben, quienes no las tienen- y recuperar a los buenos con nuestro homenaje.
Aunque, paradoja, estén muertos.
Y el problema surge porque esto acaba dejando de lado el carácter de disciplina científica de la historia y la convierte en algo así como una escatología de salvación. El fin último de la historia ya no es conocer profundamente el pasado sino hacerlo presente y rescatarlo. Hay una expresión del fascismo que lo ejemplifica muy bien: ¡Caídos por Dios y por España, presentes! La memoria histórica es así el recuerdo muy emocionado de los caídos por Dios y por España -a veces me lío- y su homenaje. Hacerlos presentes, aunque estén muertos.

Sin embargo, la historia no debe tener ese anhelo de justicia sino un anhelo de objetividad si desea ser una disciplina científica. Y no debe tenerlo porque la historia como ciencia debe buscar remitirse al Ser -a lo que ocurrió- y no al  Deber Ser –a lo que debería, o hubiera sido justo, haber ocurrido-. La historia, si quiere ser una disciplina científica, deberá ser descriptiva  y no compuesta por juicios valorativos. Y gracias a ese anhelo de objetividad, se ha pasado de la crónica hagiográfica del héroe, o despectiva del villano, al estudio social que pretende completitud. Sería triste volver a la vida de los santos -o de los revolucionarios incansables- y leer los libros de historia con la emoción del converso. Porque, otra paradoja, eso no haría nunca justicia al pasado como tal pasado sino que traería la identificación plena con el presente y con ella el conservadurismo.

Todo esto no quiere decir, por supuesto, que la historia esté exenta de ideología ni tampoco  que no se puedan analizar valorativamente, e incluso moralmente, los acontecimientos pasados sino otra cosa bien distinta. Intenta expresar que el análisis moral de un hecho histórico no puede realizarse tal y como se hace dicho análisis en un hecho personal, sino que siempre debe de tener en cuenta, precisamente, el conocimiento objetivo, o al menos el más objetivo posible, de la época histórica. La justicia en la historia implica previamente la justicia para la historia. Y esta requiere, a su vez, del conocimiento objetivo. Y nunca, por tanto, pretende hacer vivo el pasado o hacerle justicia en el presente pues es consciente de que aquellos injustamente tratados nunca podrás ser resarcidos de su dolor. La historia, en definitiva, no es una compañía de seguros.

La conquista española de América es sin duda un hito histórico. Por supuesto esto no quiere decir que se nos inflame el corazón patrio cada 12 de octubre. Por hito entendemos algo fundamental en la historia. Gengis Khan y el imperio mongol fue un hito,  Roma fue otro. El imperio turco otro más, o el Imperio Británico. De esta forma, el Imperio español  pertenece la historia. Y por eso cuando se le juzga hay que hacerlo de acuerdo a lo explicado más arriba. Y al hacerlo así se rompen mitos que disfrazados de progresistas, no esconden sino el tufillo de la reacción y el racismo.

¿Reacción y Racismo? Efectivamente. Por partes.

En primer lugar hay un tufillo racista en todo esto. Las civilizaciones indígenas americanas no eran sino una estructura social barbárica de opresión hacia sus habitantes. Efectivamente, la idea de una especie de paraíso indigenista choca con la  realidad de unas civilizaciones sanguinarias y opresivas, seguramente las más sanguinarias de la historia. Y aquí empieza el racismo. Quienes no dudan, con razón, de calificar  al poder social renacentista española, y aún más en el barroco, de opresivo hacia lo humano sin embargo presentan las sociedades precolombinas como idealizaciones del buen –poco- salvaje –mucho-. Quienes tienen siempre en su boca la Inquisición miran el sacrificio humano recurrente y sistemático como si fuera un parque temático de la diversidad. Quienes se burlan de la filosofía Escolástica y la tachan de atrasada abrazan la imbecilidad mítica de la Pachamama y su ignorancia. Así, implícitamente aparece un ideal racista. Y lo es porque curiosamente al criticar lo occidental se basan, correctamente, en su acción contraria a los derechos de los habitantes, pero, al no criticar de la misma manera a la sociedad precolombina, se infiere el racismo de que sus habitantes no deben disfrutar de tantos derechos como los occidentales: doble rasero. Los indios, así piensa el autodenomina izquierdista, antes de humanos son  indios, y deben cumplir su papel: hacer el indio. Y esto se ve también cuando se defienden dictaduras por su contexto histórico –unas sí y otras no- o se es comprensivo con religiones barbáricas como el Islam –al fin y al cabo los moros no son ni blancos ni occidentales- y sin embargo se pone el grito en el cielo por anuncios presumiblemente machistas y que no puede ser admitidos por los derechos de la mujer, ay, blanca y occidental.

Pero, el segundo aspecto, más ideológico y más profundo, es la mentalidad reaccionaria que esto encierra. Efectivamente, el problema aquí surge por  el fundamento de la crítica a la conquista española. Y esto es básico. La crítica a dicha conquista, se observará, no se basa en los derechos de los indígenas -pues eso implicaría a su vez la crítica feroz, al menos tanto como a la civilización española, de las civilizaciones precolombinas- sino a la ruptura de su cultura, llamemosla así, y su forma de vida tradicional. De esta forma, como ya hemos señalado, esta vida tradicional se convierte en el ideal para el juicio moral y desde allí es donde la conquista española, que lógicamente la destruye, se transforma en mala. Surge así un romanticismo ñoño, sin la profundidad del de Rousseau del que tampoco somos fans, que solo acepta, aquí como realidad presuntamente histórica, el mito del buen salvaje pero no su superación. Y surge el problema del fundamento pues este se soluciona remitiéndose a un ideal pasado que no se sostiene históricamente. Es aquello que en España ocurre con la República y que en América pasa por los llamados movimientos indigenistas.

Y el problema comienza precisamente porque al situar el fundamento en una época histórica anterior, el pensamiento o se convierte en mito, falsificando ese pasado como en los dos casos anteriormente citados y presentándolos como carentes de contradicciones, o se convierte en reaccionario porque incita a la creencia de que lo bueno es la forma de vida tradicional, incluyendo entregar el corazón vivo al sol y hacer una bonita pared con cráneos. Lo que se ha dado es lo que debería darse.

Puede parecer esto superfluo pero es lo fundamental. Hay una frase de Marx, que encabeza este texto, que representa, tal vez, de lo más vigente de su pensamiento. En ella se señala que la revolución no debe buscar su fundamento en la historia, que no es más que la tragedia de la humanidad, sino en el futuro. La tradición, desde Aristóteles, había situado el fundamento hacia atrás en el tiempo. Precisamente, el cambio de la Modernidad será hacerlo en el futuro. La conquista de América fue un, otro, episodio brutal de esa tragedia que es la historia. Pero, como lo fueron los aztecas o los mayas. Lo que importa no es buscar el fundamento de su maldad en el pasado, incluso recordemos: estaban en la edad de piedra, sino en el futuro. Lo que importa es explicar que el 12 de octubre, en realidad, fue tan brutal para los indígenas americanos como cada día anterior de sus vidas y que nada salvará el dolor de las víctimas de la historia. Pero el dolor del presente solo podrá conjurarse en el porvenir y no en el polvo de un pasado que nunca fue como nos gustaría que hubiera sido.

La Pachamama es una basura histórica. La Escolástica es arqueología. Sólo desde un pensamiento que se niega a repetir las fórmulas de lo ya acontecido es posible enfrentarse al presente. El pasado nos pide solo creer, el futuro nos exige pensar.

viernes, agosto 17, 2018

viernes, noviembre 25, 2016

domingo, julio 03, 2016

40 AÑOS: RECUÉRDALO TÚ Y RECUÉRDALO A OTROS

Hoy hace 40 años un político llegaba al gobierno.

En apenas 5 meses hubo un referendo para aprobar la democracia
En apenas 9 meses se había legalizado el Partido Comunista.
En apenas 1 año había habido las primeras elecciones democráticas en 41 años.
En apenas 2 años, había una nueva Constitución cuyo artículo 1º decía: 
España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.
Luego llegaron la educación y la sanidad universal en 10 años.

Memoria Histórica: Recuérdalo tú y recuérdalo a otros.





domingo, diciembre 15, 2013

ELOGIO (y límites) DE LA TRANSICIÓN

1.- Los procesos históricos deben medirse de acuerdo a la época en que se produjeron y no atendiendo a una escatología de salvación. Esto significa, que traduzco, que pretender medir un hecho histórico desde el presente y sin tener en cuenta su contexto concreto es un error: todo hecho histórico sale perdiendo. Aunque el cómodo presente desde el que juzga sea el propio fruto del pasado que se desprecia.

2.- El contexto de la Transición española viene marcado por la dictadura de Franco. Pero, decir la dictadura de Franco es mentir por más que su figura principal sea, por supuesto, el mediocre general aunque astuto dictador. Efectivamente, Franco no era la única razón necesaria de su dictadura. La dictadura franquista tejió un conjunto de intereses en torno a ella que permitió su longevidad. Y por ese mismo conjunto de intereses lo lógico hubiera sido su prolongación tras la muerte del dictador. Precisamente, ese era el deseo no solo del dictador sino también de la cúpula dirigente. Y también hubo todo un movimiento político y social para conseguirlo.

3.-  Así, la Transición se hizo a pesar de esa cúpula. Pretender ahora que dicha oligarquía tejió una conspiración para simular una democracia y de tal forma continuar en el poder, es no entender la historia. De hecho, repasando la oligarquía política franquista y la actual se ve un cambio radical en su composición. Nada quedó de aquella casta política. Y esto se ve muy bien en, por ejemplo, cómo una parte de esa oligarquía, la más adaptable, al fundar Alianza Popular con altos cargos del franquismo y volviéndose demócratas de toda la vida, nunca llegó a tocar realmente el poder político hasta pasados 20 años, con la mayoría  muertos y todos retirados.

4.- ¡Pero no sea simple!, exclama el autoproclamado izquierdista ¿Y la oligarquía económica?  Mucho más interesante. La oligarquía económica actual es producto básicamente de la democracia. La creación de las grandes corporaciones bancarias, como BBVA o Santander, o de las grandes empresas que actualmente componen el IBEX demuestra a las claras que la oligarquía económica actual no es fruto del franquismo sino de la democracia y, en una parte muy importante, del escandaloso proceso de privatización de los antiguos monopolio estatales del franquismo. Por supuesto, esto no quiere decir que muchas no existieran ya en tiempos de la dictadura, o de la República o incluso antes, sino que su poder se adquirió pasada la Transición. Al fin y al cabo, no hay que olvidarlo, el ideal económico del dictador era ese mismo monopolio estatal y las empresas de capital extranjero.

5.- Así, resulta ñoña la creencia de una conspiración pues si así fuera se trataría de los conspiradores más torpes de la historia: nunca tocaron el poder. De esta forma, y como consecuencia, o bien no hubo conspiración o bien la conspiración fracasó lo que para el hecho histórico es lo mismo. Hay que desechar la idea de la Transición como prolongación del régimen dictatorial.

6.- Pero, vuelve a clamar enfurecido el autoproclamado rebelde, ¿y la  jefatura del estado?, ¿y la iglesia?,  ¿y el ejército? Aquí hay tres puntos diferentes.

En primer lugar es algo ingenuo hablar del rey como del campeón de la democracia. Es esta una versión ñoña de la transición que creemos no puede mantenerse. El rey se encuentra con un problema conocido en su familia por partida doble: por un lado, su abuelo; por otro, y más importante para el tema que nos ocupa, su cuñado griego. Efectivamente, el rey, como Fraga, es una víctima de la corriente de la democracia que le lleva y comprende, esa es su relevancia histórica, que o es democracia o es guerra civil y que solo en la primera tiene alguna esperanza de mantener la dinastía. El rey es, como muchos otros por cierto, un demócrata interesado.

¿Y la iglesia? Aquí entramos en terreno interesante ¿Cuál es hoy el poder social de la iglesia comparado con el de 1975? ¿Cuánta gente hace caso a las recomendaciones eclesiásticas? La iglesia en España pertenece al folclore nacional, no a su sociología.  El número de católicos no para de bajar, a pesar del bautismo manguera, y la relevancia social de sus chamanes es menor que la de cualquier gurú de la autoayuda. 50 sombras de Grey es el bestseller, no la esposa sumisa. Otra cosa distinta es que como institución la iglesia disfrute de unos privilegios solo comparables a los clubs de fútbol, la SGAE o los partidos políticos. Y ello es sin duda un déficit de la propia transición. Pero, en lo que se refiere a la relevancia social, la iglesia no es más que un catering de bodas, bautizos y comuniones.

¿Y el ejército? Bueno, la diferencia de poder político entre el ejército franquista y el actual resulta evidente. El ejército franquista era un ejército de ocupación -tanto en su realidad política como en su desarrollo militar- mientras que el ejército actual es un ejército de intervención en el extranjero -las llamadas misiones de paz- y de disuasión frente al Magreb. De hecho, las tres instituciones que más poder pierden con la transición son el movimiento –la formación institucional franquista-, el ejército y el partido comunista.

7.- Pero, ¿acaso se logró algo con la transición? ¿No hay una pseudodemocracia? Cualquiera que haya vivido la dictadura o sepa algo podrá comprobar que se logró mucho. Si a cualquier opositor de cualquier tendencia de aquella época le hubieran dicho que en dos años tras la muerte de Franco iba a estar legalizado el PCE, hubiera pensado en nuestra ingenuidad. La Transición, por tanto, tiene  esa comparación que es la historia anterior de España. Pero, aquí tratamos más en profundidad el tema.

8.- De esta forma,  la Transición debe medirse no con un ideal de democracia -que nunca ha existido en lugar alguno- sino con las posibilidades del momento histórico –y por eso, por ejemplo, la República a pesar de sus limitaciones era también una democracia-. Y al cumplir con estas posibilidades, y pensar que lo normal hubiera sido más dictadura, se demuestra su importancia. Por primera vez en la historia moderna de España se construyó una realidad social y política cuyo objetivo era superar la dicotomía de vencedores y vencidos. De hecho, históricamente con ella se inaugura la democracia más profunda que jamás haya existido en la historia de España -incluyendo la mitificada República-.

9.- Entonces, ¿la transición no tiene fallos? Por supuesto, Tuvo fallos. Pero comparándolos con sus virtudes parece claro que las segundas ganan. Porque el objetivo de la transición era convertir a España en una democracia homologable con Europa. Y ese objetivo, en apenas cuatro años, se cumplió con la creación de sus bases.

10.- Y entonces, ¿por qué hay tanta crítica a la Transición?
Hay dos motivos para ello.

El primero es por un malentendido. La Transición es un producto histórico hecho en circunstancia concretas y, por tanto, con fecha de caducidad y que tenía un objetivo concreto. La Transición fue hecha en un marco político y económico concreto. Su marco político fue la dictadura y la apertura de libertades. Su marco socioeconómico fue una economía nacional pésimamente planificada hundida por la crisis del petróleo. Su marco social una estructura desamparada por el estado -la sanidad, las pensiones y la educación universal son logros de la democracia-. Pretender que aquel proyecto  solucione ahora unos situación política nueva de pérdida de libertades y derechos -ganados además en la misma transición- y una situación económica de globalización, precarización de las clases medias y crisis financiera es desterrar la historia y la política como hechos concretos y arrojarse a la sub specie aeternitatis –esto último impresiona, ¿eh? Ya saben, de algo sirve ser doctor-. La Transición se hizo para crear un estado  democrático y no para gestionarlo.

La otra razón de la crítica a la Transición, y la defensa de eso que se llama memoria histórica, es el surgimiento de una nueva oligarquía política autoproclamado de izquierdas. Esta nueva oligarquía -con pretensiones de grupo dirigente- tiene un extraordinario problema de legitimación. Sin ningún currículo apreciable mas allá de su pertenencia a los cuadros de la organización política concreta, y sin más mérito que esto, necesita socialmente matar al padre -en expresión freudiana- al que debe realmente su posición, para legitimarse.  Con ello, busca eliminar de su presentacion social el hecho de que su poder es heredado, y no ganado por su mérito, y presentarse ante sí mismos y la sociedad como prístinos rebeldes. Mientras la legitimidad social de papá viene de la Transición -pensemos en el extraordinario papel del PCE o cómo los gobiernos de González, con todos sus fallos, fueron construyendo derechos sociales- ellos no quieren presentarse como herederos de esto, aunque realmente estén ahí por el aparato político formado entonces, sino remontarse míticamente en el tiempo y llegar a la República y la guerra civil -incluso pidiendo la prórroga o al menos los penaltis para ver si esta vez la ganan-. Del mismo modo que Paris Hilton o Hanna Montana buscan negar su origen presentándose como ahora muy rebeldes, el nuevo grupo dominante de la autoproclamado izquierda, y su elenco en las redes sociales, busca su rebelde legitimación en una guerra ocurrida hace más de 70 años pero hablando de ella siempre en presente. Y frente al mundo de la publicidad, D. Claudio Sánchez Albornoz.

11.- La democracia actual corre peligro. Y no es un peligro inventado ni una exageración sino un peligro auténtico. Se quiere acabar con la idea forjada en la transición de que España es un estado social y democrático de derecho. Pero nuestro enemigo no pertenece ni surge desde el pasado sino que es del presente. Y no es un enemigo meramente nacional sino internacional: es el proceso de precarización. La transición no puede responderle porque sus condiciones históricas fueron otras: ahí está su límite. Porque tan absurdo es echar la culpa de todo a la transición como pretender que ella arreglará todo. 


y 12.- La política no trata del pasado sino del presente para el porvenir. Al presente solo se le enfrenta con el presente. Pero cuando no se tienen ni análisis ni proyectos la repetición del pasado es una opción. Así se vio en la dictadura franquista con la España Imperial; así se ve en cada manifestación de la autoproclamada izquierda con la bandera republicana. Pero al repetirse la historia, como advirtió Marx, lo hace una vez como tragedia y la segunda como farsa.

miércoles, noviembre 20, 2013

20 DE NOVIEMBRE

Españoles...,
¡Franco ha muerto!

Y ahora dejen el tema y empecemos a pensar para que no nos roben la democracia.

viernes, marzo 30, 2012

MEMORIA HISTÓRICA (encima,...)

Hoy, hace dos mil sesenta y ocho años, 15 días y algunas horas y minutos era asesinado Julio César en las escaleras del Senado. Un silencio cómplice intenta que no hagamos memoria -histórica, por supuesto-.
Sin embargo, los pueblos que olvidan su historia están condenados a repertirla.

martes, enero 24, 2012

(algo sobre) FRAGA

La filosofía trata sobre el deber hacer, la política sobre el poder hacer. Las dos, no se dude, hablan sobre la realidad, pero lo hacen de distinta manera. La primera la analiza de forma radical, es decir: desde su raíz, y su único tribunal es la verdad. La segunda, sin embargo, tiene como tribunal la posibilidad real de su acción y el resultado final. La política, en términos futbolísticos, es resultadista: solo se juzga por lo que se consigue.

El reciente fallecimiento de Fraga y la histérica reacción de la mayoría de la opinión publicada y política, desde la hagiografía vergonzosa a la condena ñoña, nos permite plantearnos esta cuestión: ¿qué debemos decir ante su muerte? Pues curiosamente lo mismo que diremos ante la, esperemos que alejada, muerte futura de Santiago Carrillo.

¿Fraga y Carrillo comparados? Efectivamente. Los dos fueron políticos oportunistas, los dos defendieron dictaduras sin pestañear, los dos estuvieron implicados en crímenes por los que nunca respondieron ni presentaron muestras públicas de arrepentimiento. Los dos, en fin, son demócratas sobrevenidos y circunstanciales adaptados a la fuerza. Y los dos son protagonistas, junto con otros, del paso de una España dictatorial a una España democrática. Y a los dos algo de eso les debemos.

¿Era Fraga, es Carrillo, un demócrata? Por supuesto que no. ¿Ayudó Fraga a la democracia? Por supuesto que sí. ¿Debemos homenajear su figura? No, claro que no. ¿Debemos darle las gracias? Tampoco, porque todo lo que hizo no lo hizo por la libertad ni por nosotros sino por él. ¿Hizo algo por nosotros? Sí. Expliquémonos.

Fraga no era un demócrata. Nadie que entrara en el gobierno de Franco como y cuando él entró, no olvidemos que no fue al final sino en su apogeo (1962), podía serlo. Tampoco era un fascista, en un sentido amplio del término pues Franco tampoco lo era, sino algo que la tradición política española conoce muy bien: un liberal autoritario como Cánovas -algo que Franco no era tampoco-. La ideología de Fraga, como la de los nuevos cachorros del franquismo encabezados intelectualmente por Fernández de la Mora, era la defensa de una sociedad liberalizada en sus costumbres, con una libertad de pensamiento en las élites sociales, la aristocracia del espíritu, pero sin democracia política -todo, muy orteguiano-: era la defensa de una sociedad gobernada por ellos. Así, para este colectivo Franco sería una especie de general Serrano que permitiría, una vez muerto, una restauración donde curiosamente ellos mandarían en beneficio del populacho y, por supuesto, de la oligarquía de la que formaban parte. Y tan poca era la capacidad de análisis político profundo de Fraga que no comprendía que la coyuntura política y social hacía ya imposible ese sueño para él y pesadilla para nosotros.

Así las cosas, Fraga se encuentra con una transición a la democracia que no desea, liderada además no por él, que como Areilza se sentía ya llamado a dirigir España, sino por lo que él considera un advenedizo sin capacidad: Suárez -algún día este país agradecerá a Suárez todo lo que le debe-. Y ahí Fraga pudo hacer dos cosas: o bien mantenerse en su integridad personal y cerrar su carrera o bien traicionarse y entrar en el juego. Entró, por supuesto, en el juego porque a veces el ansía de servir desinteresadamente al país coincide con la ambición personal.

¿Por qué lo llamamos entrar en el juego y no luchar por la libertad? En 1976 las cortes franquistas se habían hecho el harakiri al votar la Ley de Reforma Política que comenzaba la democracia española. ¿Afán democrático? No, afán de supervivencia. La oligarquía de origen franquista- política, económica y eso que se llama espiritual o iglesia católica- había comprendido que su supervivencia pasaba por la compatibilidad con la democracia. Quien no lo entendió así, desapareció. Y ahí está el origen democrático de Fraga: oportunismo. De pronto, el fiel ministro de Franco se despertó demócrata de toda la vida, como por otra parte media España incluida la izquierda hasta entonces totalitaria, y decidió prolongar su carrera.

Pero si Fraga era un oportunista, ¿por qué no se fue, como hizo un importante grueso del franquismo, a la UCD? Por tres motivos: primero, por el desprecio que todos los que se consideraban estadistas tenían al advenedizo Suárez; segundo, porque Fraga sabía que irse a UCD era para ser segundo y él se sentía llamado, como Churchill pero en provincias, a ser líder; y, tercero, porque midió mal su fuerza.

Si ha habido en este país una figura vilipendiada por derechas franquistas y autoproclamadas izquierdas ha sido Suárez. Y ese desprecio llegaba a lo personal: cuando todos se imaginaban como héroes un muchachito de Ávila lo era. Demasiado para el ego de quien creía haber nacido para ser Churchill. Era necesario fundar un partido que jugara con la ambigüedad del respeto al dictador y, al tiempo, la adaptación a la democracia: nació Alianza Popular.

Pero su nacimiento implicó un error de cálculo. Fraga creyó que España era franquista o mejor aún: que él era España -no hay que olvidar que presumió de que la calle era suya-. Sin embargo, AP, entre la nostalgia y la presunta aceptación democrática, solo tenía una fortaleza: no era su electorado, escaso, sino la aún poderosa oligarquía franquista. De hecho, tan poco calado social tenía que el gran estadista nunca tuvo el poder democráticamente y su partido tardó más de 20 años en conseguirlo.

Y así, como representante de esa oligarquía franquista que quería adaptarse, pero no demasiado, Fraga entró a formar parte del proyecto constitucional. Y ahí estuvo, por fin, su auténtico papel democrático. Fraga pudo tensar la cuerda, irse. Se quedó. Muchos miembros de su partido le dejaron solo. Él siguió defendiendo el proyecto. De pronto, pudo ser oportunismo pudo ser responsabilidad, España tuvo algo que agradecer a Fraga. Y cuando decimos España, aquí no somos paletos, no decimos sino usted y yo. Y mi posibilidad ahora de escribir esto.

La filosofía es hermosa porque carecemos de responsabilidad: nadie nos escucha. La política es triste porque todos la sufren. La filosofía es dura porque la verdad es su vida. La política es leve porque admite la circunstancia. Pero admitirla no es necesidad: unos políticos la aprovechan para algo de progreso y otros no. A veces si querer. Sin embargo, quienes lo hacen son mejores. Estoy seguro de que si Fraga hubiera sido presidente del gobierno en lugar de Suárez la transición no se hubiera realizado. Estoy convencido de que si Fraga fuera presidente del gobierno y tuviera poder para ello estaría prohibido este blog, y cualquier elemento de la libertad de expresión, como ya hizo antaño. Sin embargo, también sé que el papel de Fraga en la transición acabó siendo positivo por las circunstancias. Pero también por su respuesta a las mismas. Es la paradoja.

Hoy en día un montón de pijos autosatisfechos critican la transición. Sin duda ellos lo hubieran hecho mejor. Sin embargo, jamás en su historia España -o sea: usted y yo- hemos disfrutado de tanta prosperidad y paz. Si yo fuera un pijo autosatisfecho, pero indudablemente progresista, no dudaría en desear que Fraga se pudra en el infierno. Si perteneciera a la oligarquía, o fuera un perro fiel de ella, no dudaría en exaltarle. Soy, sin embargo, un mediocre. Por eso, solo puedo al conocer su muerte desear que descanse, para siempre, en paz.

martes, julio 19, 2011

VIDA INTERIOR/79: (des)MEMORIA HISTÓRICA

¿Quién de nosotros no tiene una vida interior muy grande? ¿Y qué poeta no nos la cuenta una y otra vez? En esta sección mi alma se desnudará. Incluso he comprado una nueva para tenerla más grande. Porque, en el fondo, yo también quiero ser feliz.

¡Vaya!, si ayer fue 18 de julio.
¡Ah!, pero de 2011.

domingo, junio 27, 2010

ALGO DE CORDURA: Duelo por la República Española

En estos tiempos en que tanto individuo parece dispuesto a pedir que la guerra civil se eche a los penaltis –obsérvese la metáfora futbolística- merece la atención fijarse en un muy buen artículo publicado por Santos Juliá el viernes 25 en el diario El País y titulado Duelo por la República Española. Cuando otro lo dice mejor, y con más conocimiento, de lo que uno sería capaz de hacerlo, es justo presentarlo sin enmienda. Y señalando que estamos de acuerdo.

DUELO POR LA REPÚBLICA ESPAÑOLA, de Santos Juliá.

En la noche del 22 al 23 de agosto de 1936, Manuel Azaña y su amigo y abogado Ángel Ossorio mantuvieron una larga y dramática conversación en el Palacio Nacional. Habían llegado a Palacio las noticias de las atrocidades cometidas por milicianos en el asalto a la cárcel Modelo de Madrid, donde fueron abatidos o fusilados varias decenas de presos, entre otros Melquíades Álvarez, antiguo jefe político de Azaña en el Partido Reformista. Azaña no puede soportar el duelo inmenso por la República, la insondable tristeza que le produce la matanza y siente veleidades de dimisión. Ossorio, que ha sido llamado por Cipriano de Rivas, cuñado del presidente, intenta tranquilizarlo recurriendo a un argumento que irrita a su amigo, pero que acaba por calmar su ansiedad: las muertes de aquellas personas, muchas de ellas encarceladas con el único propósito de garantizar su seguridad, entraban en la "lógica de la historia".

Esa conversación, que Azaña reproducirá en su diario y en La velada en Benicarló, condensa como ninguna otra el drama político y de conciencia vivido por un puñado de republicanos -y por algunos socialistas- ante la enormidad de los crímenes cometidos en los territorios que habían quedado bajo autoridad nominal del Gobierno legítimo. Lo vivían, ese drama, quienes, sabiendo de los crímenes y sintiendo repugnancia por tanta sangre derramada, decidieron mantenerse leales a la República. No se lo plantearon los que mataban, que consideraban la muerte de los representantes del viejo orden social como una exigencia de la revolución; tampoco quienes, sin matar, los justificaban por alguna necesidad histórica o porque antes de la revolución fue la rebelión, como el católico y jurista Ossorio; ni, en fin, quienes apoyándose en su comisión se apresuraron a poner tierra por medio para refugiarse en una tercera España que se pretendía neutral y se constituía, en París, como reserva de futuro.

De modo que el debate sobre la naturaleza y alcance de los crímenes cometidos en territorio de la República como consecuencia inmediata de la rebelión militar es tan viejo como aquellas semanas de julio y ha suscitado no solo apasionados enfrentamientos, sino grandes obras literarias, como el paseo por Madrid del profesor particular de filosofía Hamlet García, un álter ego de Paulino Masip; o la atormentada angustia de un joven juez durante los Días de llamas, de Juan Iturralde; o los cortos, magistrales, relatos de Manuel Chaves Nogales. Tal vez si nos situáramos en esa larga y honda corriente y abandonáramos la vana pretensión de decir algo grande y definitivo -esa "puñetera verdad" a la que se refiere Javier Cercas- que no se haya dicho ya mil veces sobre nuestro horrible pasado, evocaríamos los crímenes entonces cometidos en zona republicana como una tragedia por la que todos tendríamos que hacer duelo. Porque el duelo del que hablaba Azaña obedecía a la evidencia -insoportable para quienes esperaron algún día que la República significara el amanecer de un nuevo tiempo-, de que esas matanzas nada tenían que ver con su defensa ni con los valores por ella representados, sino con el comienzo de una revolución social que, entre otras catástrofes como acelerar la derrota, significaría, de triunfar, el fin de la misma República. Cuando se comparan los crímenes de los rebeldes con los de los leales, al modo en que Ossorio se lo decía a Azaña: ellos comenzaron; o se insiste en que fueron menos: ellos matan más; o se reducen a desmanes de incontrolados: ellos planifican; lo que se olvida es que esos crímenes obedecieron a una lógica propia, reiteradamente publicitada desde discursos de líderes anarquistas, comunistas y socialistas, repetidos cada vez que se cometía un crimen masivo: que era preciso destruir desde la raíz el viejo mundo, prender fuego a sus símbolos y proceder a la limpieza de sus representantes.

De esta suerte, muchos miles de asesinados en las semanas de revolución no lo fueron por franquistas ni por apoyar a los rebeldes: de lo primero no tuvieron tiempo ni de lo segundo, ocasión. Murieron porque quienes los mataron creían que una verdadera revolución -que es una conquista violenta de poder político y social- solo puede avanzar amontonando cadáveres y cenizas en su camino. Fue en ese marco y movidos por estas ideologías y estrategias por lo que se cometieron en territorio de la República, durante los primeros meses de la guerra, crímenes en cantidades no muy diferentes y con idéntico propósito que en el territorio controlado por los rebeldes: la conquista, por medio del exterminio del enemigo, de todo el poder en el campo, en el pueblo, en la ciudad. Luego, desde los hechos de mayo de 1937 en Barcelona, la guerra continuó, la República consiguió rehacer un ejército y un mínimo aparato de Estado y, aunque no se puso fin a las ejecuciones sumarias, al menos se controlaron las matanzas.

Solo ahí comienza la verdadera diferencia en la que tanto insisten quienes califican de desmanes los crímenes de unos y de genocidio o crimen contra la humanidad los de otros. La diferencia consiste en que, a pesar de su rearme, la República no logró conquistar nuevos territorios, y dentro del suyo la limpieza ya había cumplido la tarea que se le había asignado sin que la revolución social hubiera culminado como revolución política: en un territorio progresivamente reducido era inútil -y ya no había a quién- seguir matando a mansalva, como en las primeras semanas de la revolución. Los rebeldes, sin embargo, cada vez que ocupaban un pueblo, una ciudad, proseguían la implacable y metódica política de limpieza valiéndose de la maquinaria burocrático-militar de los consejos de guerra. Eso fue lo que cavó un abismo entre la rebelión triunfante y la República derrotada, un abismo en el que sucumbieron otros 50.000 españoles fusilados tras inicuos consejos de guerra una vez la guerra terminó.

Uno de los vencedores, Dionisio Ridruejo, definió hace ya varias décadas la política de limpieza realizada por su propio bando como una operación perfecta de extirpación de las fuerzas políticas que habían patrocinado y sostenido la República y representaban corrientes sociales avanzadas o movimientos de opinión democrática y liberal. Una represión, escribía Ridruejo, dirigida a establecer por tiempo indefinido la discriminación entre vencedores y vencidos. ¿Cómo se podía derribar esa barrera divisoria, cómo se podía iniciar un proceso que clausurara esa discriminación? La historia se ha contado ya mil veces: no existía posibilidad de reconstruir la mínima comunidad moral en que consiste cualquier Estado democrático si gentes procedentes de los dos lados de la barrera no establecían una corriente en ambas direcciones para sentarse en torno a una misma mesa, hablar, negociar y llegar a algún acuerdo sobre el futuro.

Y eso empezó a ocurrir, en España y en el exilio, desde los contactos de la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas y del PSOE con la Confederación Monárquica al final de la II Guerra Mundial, y siguió con los encuentros de hijos de vencedores y vencidos en las universidades desde mediados los años cincuenta, con la política de reconciliación aprobada por el Partido Comunista en junio de 1956, con el coloquio de Múnich de 1962, con las reuniones de las comisiones obreras -entonces todavía con artículo y minúsculas- y de movimientos ciudadanos en locales facilitados por parroquias y conventos, con las iniciativas de diálogo y colaboración entre comunistas y católicos en los años sesenta y las Juntas Democráticas de los setenta. En todos estos encuentros se trataba de mirar al futuro sin dejarse atrapar por la sangre derramada en el pasado, de hablar por eso un lenguaje de democracia que daba por clausurada la Guerra Civil o, para decirlo como entonces se decía, que consideraba la Guerra Civil como pasado, como historia, no como algo presente que pudiera determinar el futuro.

Esta visión, y las consecuencias políticas de ella resultantes, es lo que está a punto de ser arrojada al basurero de la historia con la creciente argentinización de nuestra mirada al pasado y la demanda de justicia transicional 35 años después de la muerte de Franco. Denostada hoy como mito y mentira, la Transición fue el resultado de una larga historia española iniciada por un sector de quienes fueron jóvenes en la guerra y continuada por un puñado de quienes fueron niños en la posguerra. No es una historia de miedo ni de aversión al riesgo; consistió más bien en mirar adelante, recusando la herencia recibida, y no a los lados, desde donde no se esperaba ningún impulso democratizador. Esas gentes construyeron una democracia -imperfecta, deficitaria, como todas- sobre una experiencia política de diálogo y reconciliación en la que nadie pretendió defender las razones que pudieran haber asistido a sus padres cuando empuñaron las armas. Si cada cual, a la muerte de Franco, hubiera puesto encima de la mesa su puñetera verdad, es posible que todos nos hubiéramos ido a hacer puñetas dejando como única herencia el lamento por otra gran ocasión perdida.

viernes, abril 16, 2010

GARZÓN (como excusa para, pretendidamente, más)

En este país hay más de cuatro millones de parados, según las últimas estadísticas. Un 30% de la población activa tiene un contrato precario que cuando acabe no recibirá indemnización alguna por él. Un 60% de los asalariados gana menos de mil euros mensuales. El estado tiene una de las tasas más bajas de gasto social de la Unión Europea. La educación tiene un 30% de fracaso escolar y es un auténtico desastre. La sanidad pública languidece dejada de la mano de unos gobiernos autónomos más interesados en coros y danzas que en cualquier otra cosa. La división entre la España rica y la pobre se apoya en estatutos, como el catalán bendecido por la autoproclamada izquierda, que pretenden que haya menos reparto de la riqueza y por ello menos justicia interterritorial. La izquierda mientras tanto calla. Los sindicatos callan. Pero al fin han abierto los ojos para dar un grito de guerra: ¡Franco es culpable!
Eso se llama política de lo real.

¿Hay que juzgar los crímenes franquistas? Por supuesto que hay que hacer un juicio sobre el franquismo y sus crímenes. Lo hacemos: fue una dictadura que a través del crimen defendió los intereses de la oligarquía española. Esto es el juicio moral e histórico objetivo sobre dicho régimen. Sin embargo, quienes hablan de juicio no hablan de esto sino de una cuestión legal. Y es ahí donde se produce la confusión: se está identificando moral y derecho. La moral compete a todo asunto que esté bien o mal; sin embargo, la ley solo debe competer a aquellos asuntos que estando bien o mal ponen en riesgo a la sociedad. Es decir, ley y moral no se pueden identificar pues la moral es pura en su juicio, no importan las consecuencias al cumplirla, el tiempo, la peligrosidad u otros factores a la hora de realizar su juicio, mientras que en la ley un factor fundamental es la defensa social: la ley está para defender la sociedad y los derechos de los ciudadanos a través del monopolio de la fuerza ¿Es hoy en día un peligro social el franquismo? La respuesta solo puede ser no cuando han pasado treinta y cinco años. Por ello la ley ya no debe actuar. Pues si no las víctimas de la Inquisición, del Califato o de la conquista romana -tal vez parientes de Viriato u oriundos de Numancia- podrían bajo la misma fórmula pedir juicio. La justicia moral no caduca, la legal sí.

¿Acaso nos estamos burlando? No nosotros sino quienes, de forma inconsciente esperamos, presentan la idea de juzgar legalmente el franquismo como una necesidad moral. La moral es universal en el sentido de que su juicio sobre la injusticia lo es. Así, una victima de injusticia lo es en tanto cual y no por ser ella quien fuera concretamente. Es decir, tanta víctima inocente es quien fue represaliado en el bando republicano como nacional. Y el problema, aquí está, es que esto no es así para ese sector que lanza la moral como bandera. En 1998 Garzón, con buen criterio, desestimó una querella para juzgar legalmente los crímenes de guerra de Paracuellos. Sin embargo, ahora se exige juzgar, en aras de la moralidad, los crímenes del franquismo: hay víctimas de primera, los buenos que son los nuestros, y víctimas de segunda, los otros. Y además se añade una segunda falacia que solo ensucia el nombre de estas víctimas acaecidas en zona republicana: la dictadura de Franco ya los resarció. Y es una falacia porque una dictadura criminal como fue aquella no puede en modo alguno dar justicia moral a víctima inocente alguna: la víctima inocente está por encima, en tal condición de víctima, de su presunto benefactor. De esta forma, el anhelo de justicia absoluta auténtico -al identificar moral y derecho- implicaría juzgarlo todo. De lo que se concluye que no pedir este juicio total, a uno y otro bando, de la guerra civil y la posguerra no es justicia sino, por fin estarán pensando algunos, revancha. Para eso que lo echen a penaltis.

¿Entonces no tienen razón los partidarios de Garzón? Es que aquí hay que distinguir algo. A Garzón se le acusa judicialmente de prevaricar lo que es una causa exagerada e imposible de demostrar, creemos, en este caso pues se retiró al avisarle una instancia superior de que no tenía jurisdicción. O sea, que quienes consideran que el Supremo está cometiendo un error judicial seguramente estén en lo cierto. Pero lo importante es que la autoproclamada izquierda no está cuestionando aquí un debate legal sino uno moral. Y desde ahí es, como vemos, falso. Y se ve perfectamente, además, cuando la queja es porque el acusador ha sido Falange con lo que se viene a decir que no todos los ciudadanos deben tener los mismos derechos: si había víctimas guays, para emplear un discurso que puedan entender las nuevas generaciones de la juventud comprometida y solidaria que da educación para la ciudadanía, hay también ciudadanos guays y otros que no deben tener derechos. En fin, puro pensamiento franquista. Pero de izquierdas.

¿O sea, las familias no tienen derecho a recuperar a sus muertos? Por supuesto que sí lo tienen. Si bien es discutible ese afán, todo es discutible, no cabe duda de que es un derecho, aunque no estemos de acuerdo con él. Es más, creemos que el estado debería tener la obligación de ocuparse de dichas exhumaciones y aprovechar esto para, en colaboración con los historiadores, elaborar un estudio de la represión en la guerra civil y posguerra. Pero un estudio histórico que implicara devolver los restos de los asesinados a sus familias y conocer la verdad histórica de lo ocurrido. Nada más. Y nada menos.

Pero, ¿si todo es tan claro por qué la –autoproclamada- izquierda monta esto? Los mitos implican la identificación del pensamiento. Las emociones son fáciles de manipular. En los mitos y las emociones cualquier pensamiento intermedio sobra: no pienses, siente. Y si piensas eres el malo, el enemigo. La ausencia de discurso racional de la izquierda no es nuevo, ¿dónde están, memoria histórica, aquellos que se paseaban con fotos de Stalin o Mao?, pero toma caracteres de discurso oficial en la actualidad. Mientras que antes incluso a Stalin se le defendía con (falsas) teorías como las chorradas del Materialismo Dialéctico, hoy todo se defiende con sentimientos, viejecitos entrañables –nota: no todo viejecito es entrañable. Serrano Suñer no lo es, la Pasionaria no lo era-, falsificaciones históricas –“luchadores por la libertad”- y chorradas semejantes. Sin razonamientos surge, como en los movimientos totalitarios, la identificación pura y dura.

El sábado estaba en el Bernabéu –siempre perdiendo- y un aficionado nos increpó por analizar críticamente el patético planteamiento del entrenador -¿entrenador?- del Madrid. Y nos dijo: aquí se viene a animar al equipo no a criticar. El pensamiento, sin embargo, es crítico. Y el fútbol es –nota: desarrollar esto porque es así de triste- la vanguardia de la acción política.
Visca el Barça.
Hala Madrid.
Viva la República.

lunes, junio 15, 2009

32 AÑOS DE DEMOCRACIA

Hay cosas que de vez en cuando hay que recordar. Una de ellas es que alguien como yo puede escribir sin problemas en España solo desde hace 32 años. Porque hace 32 años se celebraron las primeras elecciones generales en España tras la muerte del dictador. Y porque, aún hay que recordarlo, no hay democracia sin elecciones ni partidos.
Es solo memoria histórica.

martes, noviembre 18, 2008

ALGO DE RACIONALIDAD: SOR MARAVILLAS

La pregunta -personalmente tal vez injusta pero racionalmente irrenuncionable- que debe hacerse, y con ella va la crítica, ante el hecho de la placa que se pretende poner en el Congreso dedicada a sor Maravillas es sencilla: ¿si Kant no tiene ahí una placa cómo se les ocurre ponérsela a alguien que decidió renegar de su racionalidad, y con ella de su autonomía moral, en aras de una ridícula trascendencia?

Y es una pregunta muy radical. Porque ante esta idea de la señora Elena Valenciano seguiría viva. Pues la racionalidad no es el empate a uno en la irracionalidad.