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domingo, septiembre 13, 2015

REFUGIADOS (desde una perspectiva de izquierdas)

La diferencia fundamental entre filosofía crítica y política es que la primera puede limitarse a exponer y argumentar mientras que la segunda, si bien igualmente puede también hacer eso, debe necesariamente aportar además soluciones. Por eso, a veces, es más fácil ser  crítico profundo que buen político.

La crisis de  los refugiados de Siria parte de un error de concepto. No se trata de una crisis sino de algo ya cotidiano. Efectivamente, la palabra crisis tiene un trasfondo de excepcionalidad que no recoge bien este fenómeno tan común. Cada año salen miles de personas de sus países de origen, especialmente en África, huyendo literalmente de ellos: todos en realidad son refugiados. Y todos lo son porque la causa de su emigración es política, pues las condiciones que les llevan a la huida no son sino la situación socioeconómica de sus países de origen cuya responsabilidad primera, no conviene olvidarlo, recae sobre sus pésimos gobiernos. Así, el primer punto para hacer un análisis de izquierda es negarse a distinguir entre refugiados y emigrantes: todos son emigrantes y todos son refugiados en estos casos concretos –y no necesariamente en todos, lo que sería otro error-. Los sirios que vienen a Europa son refugiados e inmigrantes; los subsaharianos que vienen a Europa, también.

Ahora viene el problema ¿Es una solución política prohibirles la entrada y dejarlos a su suerte? Parece claro que no ¿Es la solución política entonces que vengan todos a Europa? Tampoco parece buena solución, al menos desde una perspectiva progresista.

¿Ah, no? ¿No será que soy un malvado sin corazón? Eso es más que probable, pero ni en la filosofía ni en la política deben priorizar el corazón sino el cerebro. Y esto nos hace humanos.

Generar una Europa de asilo y refugio generalizado como solución al problema es un error desde una perspectiva de izquierdas. Efectivamente el asilo universal y permanente no puede ser una solución estructural a los problemas de África, o de otras partes del mundo –por supuesto, otra cosa es la solución momentánea y puntual-. Y no lo puede ser desde una perspectiva de izquierdas y progresista por, al menos, dos motivos.

En primer lugar, desde los derechos humanos. Aunque pueda sorprender los refugiados lo  son porque no quieren abandonar su país sino porque son obligados a ellos. Por tanto, el hecho de ser refugiado ya es una violación de sus derechos y eso es algo que la izquierda no debe olvidar. Así, desde los derechos humanos el trabajo estructural de la izquierda debe ser impedir que haya refugiados, es decir: que haya la primera violación de los derechos humanos, y una acción coyuntural, y lógicamente necesaria, será crear medidas para ayudarles cuando se vean forzados a serlo. Esto implica que  la izquierda no debe centrarse políticamente en la recogida y amparo de refugiados -nota: recordemos que desde un discurso de izquierdas los inmigrantes deben ser considerados políticamente como refugiados- sino en evitar que a las persona se las convierta en refugiados –o en inmigrantes-. Porque cuando ya son refugiados, o tienen que emigrar, sus derechos humanos ya han sido violados.

 En segundo lugar,  porque la izquierda debe ser crítica efectivamente con el  colonialismo económico. La izquierda critica, y con razón,  el colonialismo económico que ejercen las grandes corporaciones y países desarrollados sobre los países no desarrollados. Sin embargo, y no de forma paradójica, inmigración y refugiados refuerzan este nuevo colonialismo.

Primero, porque los emigrantes/refugiados no suelen ser las personas menos preparadas de su país sino, al contrario, suelen pertenecer a los sectores con más preparación e iniciativa Y, por tanto, su marcha implica una descapitalización intelectual y social del propio país de origen. Y esto a su vez provoca la imposible aparición de clases sociales emergentes que puedan competir por el poder con los actuales gobernantes corruptos. Así, el ciclo refugiados/emigrantes es un círculo vicioso para el país de origen, pero un auténtico chollo para la oligarquía dominante pues ve como su posible competencia desaparece.

En segundo lugar, por el tema de las remesas, el dinero que los refugiados-emigrantes envían a sus países de origen. Efectivamente, las remesas se han convertido en una fuente permanente de ingresos para los países de origen que sin necesidad de invertir ni administrar políticas económicas eficaces reciben dinero de aquellos ciudadanos a los que previamente han expulsado. La oligarquía así comprende que la emigración resulta una inversión económica que además no genera riqueza estructural al país con lo que tampoco genera una clase emergente peligrosa para sus intereses. Mandar emigrantes/refugiados es una iniciativa emprendedora de éxito económico y social.

De esta forma, los emigrantes/refugiados –lógicamente de forma involuntaria y siendo ellos mismo víctimas- mantienen la situación de sus países de origen al reforzar la oligarquía allí dominante y el sustento de esta por el colonialismo económico.  Por lo tanto, y desde una perspectiva progresista la inmigración sí es un problema, pero no tanto para los países receptores como fundamentalmente para los países de origen, pues les impide cualquier proceso de progreso social.

¿Y entonces qué debería hacer una política de izquierdas ante este problema? A la izquierda se le llena la boca con la no intervención y es un error de base. Y lo es, a su vez, por dos motivos.

En primer lugar, porque si el análisis anterior es cierto la descapitalización social de los países de origen de refugiados/emigrantes evita cualquier posible cambio de progreso en los mismos. Efectivamente, ya lo hemos explicado, la salida de los individuos más capaces hace que la lucha por el poder sociopolítico solo se establezca entre los propias facciones ya dominantes socialmente –de forma social, económica, política o religiosa- pero impide la aparición de nuevos protagonistas que pudieran traer cambios radicales. El conservadurismo está servido.

Esto, a su vez, provoca la segunda consecuencia que es que el cambio interno se genera como imposible en estos países o, al menos, como imposible para el progreso. Por supuesto podrá haber cambio, pero lo será desde las propias facciones ya reseñadas que controlan en la actualidad el poder y cuya búsqueda absoluta del mismo desde luego no tiene una finalidad progresista. Por tanto, los países así establecidos no pueden cambiar hacia un progreso de libertades por causas internas, pero no por una incapacidad biológica de sus habitantes, como pensaría un racista, sino por la destrucción del tejido social que haría falta para ello. Esos países están configurados, desde el propio colonialismo económico y las oligarquías locales, para evitar cualquier movimiento propio de cambio y para ello se evita la creación de cualquier clase social emergente que no esté ya disfrutando –o sea, robando- del poder.

Así, si la causa endógena queda descartada solo nos puede quedar una causa externa, es decir: el cambio debe ser impulsado fundamentalmente desde fuera. Y fuera somos nosotros.

¿Nosotros? Sí, la izquierda debe ser intervencionista. Pero, ¿qué significa esto?

Una diferencia fundamental entre el pensamiento de izquierdas y de derechas es la función del estado en la economía, en particular, y en la sociedad en general. Para la derecha, el estado es subsidiario y debe ser mínimo mientras que para la izquierda el estado tiene la obligación de jugar un papel fundamental. De hecho, con esa idea de estado intervencionista se construyó el actual sistema de bienestar europeo. Así pues, y esto es importante, la izquierda no puede defender el no intervencionismo ni en lo nacional ni en lo internacional.

Un factor fundamental de la globalización actual es la separación de la economía y la política. Esto ha sido sin duda el triunfo más importante de la derecha política. Así, la acción económica ha quedado fuera de la esfera política que hasta los años 80 del pasado siglo la controlaba. Alguien podría aseverar que no es así y que actualmente la economía sigue gobernada por instituciones políticas como la Troika. Y no le faltaría razón. Pero estas instituciones escapan radicalmente de cualquier control democrático directo. Es más, imponen sus decisiones sobre los gobiernos nacionales elegidos, más o menos, democráticamente. De esta forma el Nuevo Orden Internacional, no solo político sino también económico, se está construyendo no tanto desde los intereses del malvado Capitalismo como desde los intereses de la oligarquía dominante. 0 se interviene, otra vez la palabra, por tanto en este Nuevo Orden Internacional o nos quedamos para gritar  que no nos representan mientras realmente nos gobiernan.

¿Pero cómo hacerlo? Para intervenir en algo hay que ser sujeto de la acción.  El proceso de construcción del estado de bienestar europeo se explica por la intervención de los estados nacionales en la economía. El problema hoy en día es que dicha economía ya no es nacional sino globalizada y esto conlleva que meramente un estado nacional no pueda ya intervenir eficazmente pues carece de suficiente poder. Únicamente aquellos estados transnacionales, como Rusia, China o EEUU, cuyos intereses se implican estructuralmente más allá de sus fronteras y tiene el poder suficiente para actuar, dirimen la cuestión. Y esto explica el ridículo papel que Europa juega en el escenario internacional, no siendo ya más, como mucho, que la vieja potencia colonial: les robaban, pero ya ni pinchan ni cortan excepto para defender a la oligarquía local. Por ello, si se quiere influir en la creación del Nuevo Orden Internacional, y es necesario hacerlo porque si no se construirá sin una perspectiva progresista, se debe construir un sujeto fuerte que pueda ejercer presión diplomática, económica y, no lo olvidemos tampoco, a través de la amenaza de la fuerza militar en excepcionales casos.

Resumamos.

Primero, hemos visto que el problema de los refugiados/emigrantes debe ser tratado como un único problema  desde una perspectiva progresista, pues ambos colectivos sufren la imposición del destierro. Y que este problema no debe convertirse en un tema estructural en los países de acogida sino en su origen, pues este mismo hecho se trata ya de una violación fundamental de los derechos humanos.

Segundo, analizamos como la descapitalización social de estos países, a la que cómodamente se amoldan sus regímenes corruptos y el colonialismo económico, impiden una solución interna pues las clases emergentes, que podrían disputar el poder a las establecidas, son las que se abandonan el país.

Tercero, y como consecuencia de esto, defendemos que hace falta una actuación lo suficientemente fuerte para influir en el Nuevo Orden Internacional y que para ello, a su vez, se necesita un sujeto político capaz de ejercer dicha presión.

Ahora vuelve la pregunta fundamental: ¿quién y cómo?

Un sujeto fuerte en la escena internacional implica una economía fuerte. Alguna vez ya hemos hablado aquí de que una necesidad política de izquierdas para detener el proceso de precarización es la formación de Europa como un país. Igualmente, si se quiere influir en el nuevo orden internacional desde una potencia democrática no parece probable dejarle ese nuevo papel a China (nooooo, tampoco a Venezuela). Sólo un nuevo estado construido desde, al menos, una mínima democracia puede ejercerlo. Europa como país debe ser una prioridad de la izquierda: no solo ya a nivel interno, para parar el proceso de precarización europeo, sino también a nivel exterior, para la construcción de un nuevo orden internacional democrático.

Y ahora viene lo triste: la diferencia entre el ser y el deber ser ¿Cuál es la prioridad de la izquierda? Si uno se fija en el discurso de la autoproclamada izquierda notará una ausencia absoluta de política internacional o de análisis económico riguroso. Todo es  un discurso lleno de solidaridad, lenguaje demagógico y ñoñerías semejantes. Incluso, la tendencia de la izquierda que pretende ser transformadora es la del aldeanismo, convirtiéndose en un movimiento con fundamentos nacionalistas y defensas de patrias y pueblos diversos: en fin, unos paletos. Por eso, podrán llegar hasta a colgar pancartas de bienvenida a los refugiados, además en inglés porque son superpreparados,  o autonombrarse incluso ciudadesguiónrefugio, pero no podrán salir de ese espíritu de huchita del Domund que tan bien representaron, y en algunas izquierdas muy rebeldes aún representan, las bondadosas monjitas. Mientras se construye un Nuevo Orden Internacional la izquierda mira a las tribus autosatisfecha.

Y así, seguirá gritando que ellos no nos representan.
Y así, nos gobernarán a nosotros. Porque, déjese de sentimientos tribales y supersticiosos, todos los demás somos nosotros.

martes, junio 01, 2010

VIDA INTERIOR/51: ARIZONA

¿Quién de nosotros no tiene una vida interior muy grande? ¿Y qué poeta no nos la cuenta una y otra vez? En esta sección mi alma se desnudará. Incluso he comprado una nueva para tenerla más grande. Porque, en el fondo, yo también quiero ser feliz

Para aquellos que como yo admiran el cine del oeste, el desierto de Arizona es un lugar mítico. De hecho, uno siempre ha querido ir allí, al Monumental Valley -John Ford es el mayor artista del siglo XX- y al Gran Cañón del Colorado. Cosas de aquellas películas de Primera Sesión –chiste privado para los viejos-.
Un sueño.

Las autoridades de Arizona han dictado una ley por la que la policía puede parar a una persona de acuerdo a sus características físicas para pedirla la documentación –o sea: pararán a los que sospechen sean inmigrantes ilegales- y considerando la inmigración ilegal un delito. Yo me alegro de no vivir en EEUU, un estado sin duda fascista. Qué asco.

El otro día iba por los pasillos del metro de Madrid, en concreto la estación de Diego de León. Y al girar una esquina me topé con dos policías nacionales. Yo pasé. Al señor que venía detrás le pidieron la documentación.

Me sentí en Arizona. Y mi sueño, cumplido.

lunes, julio 07, 2008

RAZÓN INSTRUMENTAL

Podríamos definir la Razón Instrumental como una modalidad del pensamiento que prioriza la utilidad de las acciones y el uso de objetos de acuerdo a un proceso de medio-fin. Es decir: que hay cosas que se utilizan como medio para conseguir un fin, una meta, y que lo importante es esa meta sobre el medio interpuesto. La cuestión de la razón instrumental es pues un pensamiento pragmático en el cual lo fundamental es el criterio de utilidad: lo importante de algo es para qué sirve. Así, por ejemplo, si yo quiero clavar clavos utilizaré de acuerdo a la razón instrumental un medio, el martillo, para conseguir un fin que es lograr un objetivo. Pero si ahora no quiero clavar clavos el martillo será inútil. Si quiero comer sopa, el fin, utilizaré la cuchara, el medio. Pero no me servirá para comer filetes y la desecharé cuando ocurra esto. Así, la razón instrumental se une a la técnica y podríamos decir es su razón, y por ello, es también razón humana y resultaría ingenuo, y reaccionario, denigrarla como un modo de razonar menor. No lo es en absoluto y en ella hay también progreso y emancipación como lo hay en la propia técnica.

Sin embargo, la razón instrumental, como tal modo de razonar, posee, como todo, peligro. En este caso, el peligro fundamental es doble: por un lado, la razón instrumental objetiviza las realidades con las que trata independientemente de su categoría real: las convierte siempre en objetos, en instrumentos para algo. Por ejemplo, me daría igual, de acuerda a la idea de utilidad, estar en mi oficina bancaria ante un cajero humano o uno automático si lo que busco es sacar dinero: y tendría razón de acuerdo a la finalidad allí buscada. La razón instrumental todo lo objetiviza y esa es su fuerza en la utilidad pero su, primer, peligro en el discurso social pues así el cajero automático y el humano se igualan ya no sólo en su función laboral concreta sino en su realidad social: su medida social y real exclusiva es su rentabilidad económica. En segundo lugar, la razón instrumental es una razón ya caída en la falacia naturalista: en ella se identifica el ser con el deber ser. O diciéndolo de otro modo más comprensible, y tal vez por ello más cierto, la razón instrumental tiene una limitación conceptual grave: la aceptación acrítica de la realidad tal cual es. Efectivamente, la razón instrumental da por sentado el concepto de totalidad actual como algo ya definitivo y sin posibilidad de juicio y por ello lo que es útil o provechoso no viene sólo de la autonomía de los individuos y su proyecto o de la propia racionalidad sino, a su vez, de las condiciones que ha impuesto esa misma realidad a los seres humanos. Es decir: los intereses de los individuos no son sólo de tales individuos, esa tontería del yo hago lo que quiero, sino que están lógicamente mediados y casi siempre dominados por la propia realidad social en la que viven. Sin ir más lejos, si mis alumnos dudan entre estudiar ciencias o humanidades, lo cual, por cierto es una dicotomía falsa pues la ciencia es humanidades, acabarán, si siguen la razón instrumental, estudiando ciencias pues es lo útil. Pero, ¿lo útil para qué? Pues lo útil para el sistema económico que lo ha decidido así al identificar ciencia con tecnología productiva y al identificar esta con rentabilidad económica. Así, en la razón instrumental el sujeto pierde su autonomía y por ello al emplearla debemos limitarla solo a ciertos aspectos de la realidad y supeditada a fines racionales no instrumentales (en el caso de los alumnos, por ejemplo, qué deseo realmente hacer y qué seria lo justo o lo bueno). No se trata de hacer a la razón instrumental, por tanto, una crítica ontológica total y por ello reaccionaria, como la que hace Heidegger, sino una crítica de acuerdo a finalidades de emancipación humana: la razón instrumental no puede generar discursos emancipatorios en política. Su uso debe, pues, ser moderado.

¿Pero a qué viene todo este rollo? ¿Recuperando apuntes para el próximo curso? ¿Demostrando otra vez, y cuántas van, lo listo que nos creemos? No, sino a un tema muy interesante: la inmigración. Si ustedes recuerdan los argumentos a favor de la llegada masiva de inmigrantes durante los últimos años se dividieron en dos bloques: la necesidad de la economía española de mano de obra y el superávit de la Seguridad Social con su filiación. Así, la idea clave era que los inmigrantes eran necesarios como útiles de desarrollo económico. Efectivamente, en una economía básicamente planificada de acuerdo a dos sectores productivos sin necesidad de cualificación en sus empleos mayoritarios, los servicios y la construcción, la llegada masiva de mano de obra barata fue una bendición para la productividad. Y fue cierto que resultaron útiles: puras mercancías. E incluso los más progres se volvieron multiculturales y alabaron los grandes desarrollos culturales que la inmigración traía –ya se sabe que es lo bueno de la gente que tiene que emigrar: suelen ser los sectores más cultos de la sociedad-. Y así el pensamiento realizó una auténtica demostración de razón instrumental: era interesante, era útil, que hubiera inmigrantes.

Pero, ¿y ahora? Ahora hay crisis, bueno: desaceleración, y los inmigrantes sobran. Y de acuerdo a la razón instrumental habría que, lógicamente, expulsarles. De hecho, y es coherente, los mismos que nos explicaron sus ventajas ahora les piden que se vayan a su …. país. Es razón instrumental y quienes ahora se escandalizan solo demuestran su incoherencia: si era bueno que estuvieran porque era útil, cuando son inútiles es lógico que se les quite. Es lo que tienen los instrumentos. Aunque siempre hay esperanzas para ellos. Así, la crítica parcial y de gestión al capitalismo demuestra su obsolescencia: no sirve para enfrentarse a su realidad. Y es que ya lo decía Marx: ser radical es atacar los problemas por su raíz (y añado yo: y no ser un folclórico).

Y, ya por último, -¿ha llegado hasta aquí?-, aunque no me puedo preparar todas las clases del año que viene porque todavía no sé lo que voy a dar –de eso hablaremos otro día- seguro daré 1º de bachillerato. Y hay nuevo currículo con la LOE. Y de Filosofía han quitado Metafísica- ¿fundamento último?, a quién le interesará eso- y le han puesto nuevo nombre: Filosofía y Ciudadanía. Pero está claro que esto –seguro, seguro, seguro- no tiene nada que ver con lo anterior. Así que ni sé en realidad para qué lo pongo.

domingo, junio 15, 2008

HELIOS GUEVARA CASTRO: ¡BERLUSCONI FASCISTA!

¿Quién es Helios Guevara Castro? Pues un ejemplar único, inclasificable tal vez, de la nueva y autoproclamada izquierda. Superador de Marx y de todas las corrientes etnocentristas, incluyendo la Ilustración, Helios Guevara preconiza el nuevo talante: tonto, muy tonto. Pero de izquierdas. Porque si no es del PP, es antiglobalización y apoya a Cuba , ¿de dónde podría ser?

¡Berlusconi fascista!.
Odio el fascismo. Incluso soy antifascista ante todo y sobre todo. Es que no soporto la injusticia. Soy un tío sensible. Soy un tío multicultural. Tomo cus-cus, compro batata, me encanta el ceviche. Cada vez que voy al Club del Gourmet de El Corte Inglés insisto en que me sirva la trabajadora inmigrante.

¡Berlusconi fascista!
Me encanta la música étnica. El eco de los acentos diferentes. Los bailes cargados de pasión propio de las razas sensuales que habitan el trópico y que llevan en su sangre el ritmo. Me gusta ver a los de color comportarse como de color, a los latinos comportarse como latinos, a los gitanos comportarse como gitanos. Cada uno en su sitio. Diversidad.

¡Berlusconi fascista!
No pienso tolerar el trato vejatorio ante los inmigrantes. Nos han traído tanto: casas más limpias, dvds más baratos, trabajadores ejemplares y sin quejas...

Por ello solo puedo gritar una cosa: ¡Berlusconi fascista!

miércoles, febrero 27, 2008

CULTURA, COSTUMBRE E ILUSTRACIÓN

Hay, al menos, dos significados de la palabra cultura: el primero, que podríamos calificar de antropológico, hace referencia al conjunto de normas sociales y costumbres que tienen lugar en una sociedad determinada y que se presentan de una forma descriptiva; el segundo, que podríamos denominar ilustrado, busca su significado en el juicio valorativo de que cultura es aquello que persigue la emancipación humana: la autonomía del sujeto y por ella, buscando una denominación breve, la capacidad de pensar por sí mismo. En la primera denominación prima el concepto de sociedad sobre los individuos y, con él, la socialización; en el segundo, el concepto de liberación de los sujetos. De esta forma, la denominada, desde la antropología, cultura popular suele ser desde el espíritu ilustrado algo barbárico. En ella se manifiesta la ignorancia, la generación de formas de socialización que, por eso mismo, solo buscan justificar la situación previa de dominio de unas estructuras sociales sobres otras. Así, eso que se denomina folclore o tradiciones populares suele ser un conjunto de actividades denigrantes o ridículas –aunque en las sociedades industriales avanzadas pueden estar tamizadas por el barniz del progreso con lo que dejan de ser populares y se transforman en algo, es triste decirlo, más avanzado como comerciales- en las que aparecen las peores cualidades humanas y el dominio social de un grupo sobre otro.

Pero, a su vez, no sería conveniente satanizar así toda tradición pues estas, merced a esa misma socialización, han acabado siendo parte de cualquier individuo y no necesariamente tienen un contenido moral. Así, por ejemplo, la hora de las comidas o la siesta, sin duda un pequeño paso para el hombre pero un gran salto para la humanidad, no serian sino costumbres ante las cuales no cabría el juicio ético. Al hablar de costumbres, pues, lo que importa al juzgarlas no es su pertenencia nacional o idiosincrasia, si son las nuestras o pertenecen a los otros, sino su racionalidad: las buenas costumbres serán aquellas que implican no una identidad social sino una liberación humana. Es decir, si queremos juzgar las costumbres y no solo describirlas es necesario recurrir a un criterio valorativo que sería, otros son posibles pero ninguno es más progresista, el ilustrado: ¿liberan al ser humano?. De esta forma, al lado de costumbres que no pueden ser motivo de exigentes juicios morales -tan emancipatorio es comer a la una del mediodía como a las tres, aunque a uno ya socializado sólo de pensar en comer un plato de lentejas tan cerca del mediodía no le hace sino producir extrañeza- existen otras -como las que atañen a absurdos tabúes religiosos, por ejemplo que haya animales impuros, o las que implican directamente la degradación humana, el velo musulmán por ejemplo- que si se quiere defender un ideal de emancipación humana solo pueden ser criticadas duramente y, con ello, exigir su desaparición.
Y hasta aquí lo obvio y ahora vienen las consecuencias.

¿Debemos respetar todas las costumbres? La respuesta clara -admitido lo anterior como seguramente usted, lector progresista, habrá hecho- es no, pues hay costumbres que implican una agresión directa contra el ideal de un sujeto emancipado. Y ello nos lleva argumentativamente a otra conclusión: no todas las culturas, pues estas son un conjunto de costumbres, son iguales ni merecen por tanto el mismo respeto. Pero, ¿cuál sería el criterio real, aparte de ese humanista principio de la emancipación en abstracto, que nos permitiría distinguir unas sobre otras?

No valdría un mero criterio voluntarista, una idea de emancipación sin contenido real sino que deberíamos ir a algo más. De esta forma, proponemos la siguiente. Las culturas son una respuesta a las condiciones reales de existencia de una sociedad determinada. Cuando una cultura es incapaz de responder a la realidad circundante entra en crisis y se convierte en pasado. Y la expansión mundial del capitalismo es ya la única realidad existente. De esta forma, sólo aquella cultura que responda a esta realidad es rescatable y resulta por ello grotesco pretender que culturas nacidas para responder a otras condiciones reales -y por cierto con condiciones de dominación tan inmorales, al menos, como el propio capitalismo pero sin su, todavía, potencial liberalizador- puedan responder al dominio de este. Se entra así en una nueva idea de cultura: esta, al menos desde la perspectiva de una idea de emancipación humana, no se juzga desde el bobalicón respeto a toda manifestación humana -como si lo inmoral no fuera precisamente humano, demasiado humano- sino ante la perspectiva de qué podría aportar para la emancipación en las condiciones actuales. Y así, por ejemplo, el indigenismo, tan en boga entre ciertas corrientes autodenominadas izquierdistas de Suramérica, resulta ridículo: como si la respuesta al máximo desarrollo de la racionalidad explotadora, el capitalismo, estuviera en sanguinarias civilizaciones precolombinas y preilustradas. El capitalismo es fruto, también y sería ingenuo negarlo, de la Ilustración y sólo desde ella, desde una cultura que al menos tenga una mínima relación con esta, es posible su crítica. Por eso, sólo la cultura occidental, la cual no implica ya por ese mismo desarrollo mundial del capitalismo a los individuos occidentales, puede luchar contra él.

Cuando Rajoy ha propuesto su contrato de inmigrantes ha olvidado algo importante en él. Como buen nacionalista ha situado como fundamento del mismo las tradiciones del país de acogida, olvidando, como mal liberal, que las costumbres en democracia son libres. Sin embargo, los derechos y la libertad sí se pueden imponer y no hacerlo implicaría un perjuicio precisamente para las clases sociales menos favorecidas, y los inmigrantes lo son. Así, si Rajoy se hubiera atrevido a señalar que precisamente hay costumbres entre los inmigrantes que niegan la libertad humana y queremos prohibirlas precisamente por ello, tendría razón pero, entonces, su discurso se volvería, inmediatamente, en contra suyo: pues la misma conferencia episcopal, algo más racional sin duda que la corte de sacerdotes mayas pero menos, mucho menos, que la filosofía de la Ilustración, debería a su vez ser denunciada en sus llamamientos a la Ley Natural, pobre Santo Tomás en qué manos ha caído, como producto de la superstición; o, incluso, debería negar el propio desarrollo capitalista como auténtico negador del desarrollo ilustrado occidental. Rajoy, pues, no ha pasado de la idea de cultura como antropología y considera que esta representa la idiosincrasia de los pueblos. En el fondo, Rajoy es españolista como los del PSC-PSOE, los de ICV-EB-IU o los del PNV, ERC CiU, BNG son catalanistas, vasquistas o galleguistas: paletos y, por ellos, totalitarios. Y por eso mismo ni unos ni otros pertenecen, al menos positivamente, a la Ilustración.

miércoles, agosto 01, 2007

HACER MEMORIA (aunque no sea histórica)

El sábado vi Cimbelino de Shakespeare en el Teatro Español de Madrid. La representación en sí me ha parecido muy buena -debería aprender de ella por ejemplo ese pésimo director que es Calixto Bieito-. Sin embargo, no se trata, a mi parecer, de una gran obra aunque sea de Shakespeare -¡de Shakespeare!-. Y echo de menos en ella un personaje que siempre he admirado en la dramaturgia shakesperiana: el malo trágico. Aquí, el malo es demasiada caricatura -genial, por cierto, una escena de la obra en la cual, aprende otra vez Bieito, el malo canta cual Back Street Boys con sus secuaces una serenata-, le falta la grandeza de los personajes shakespearianos tradicionales: esos que hacen el mal de forma trágica, con una infinita tristeza.

No se deben decir las cosas en caliente. Corre uno el riesgo de emocionarse demasiado. Y las emociones no suelen ser buenas, al menos las precipitadas, para analizar los asuntos. Por eso hay que esperar. Además, es de justicia dar una oportunidad a quien se le va a acusar de miserable. Pudo haberse equivocado en el momento y luego rectificar. Eso, tal vez, no quitaría su culpa, pero sí al menos le haría humano más allá del ADN. Incluso uno podría pensar que no es un miserable.

Zapatero fue a México hacia la segunda semana de julio. Y allí habló. Pudo hablar de muchas cosas, pero allí dijo esto: no hay ni muro ni foso que prevalezcan frente al intento de conquistar un futuro en bienestar. Se refería, imagino, al muro que EEUU está construyendo en la frontera mexicana.

Pocos días después unas 50 personas desaparecían -eso es morir, no dormir, seguro que no soñar- en el muro que España, gobernada por Zapatero, y la UE han construido para evitar que los inmigrantes subsaharianos -o sea: los negros de África- vengan a Europa. Al resto los rescataba -o sea: los detenía, como por otra parte es su obligación- Salvamento Marítimo y la Guardia Civil. Podían haberlo intentado por los muros -cuestión semántica- de Ceuta y Melilla, pero son muy altos. Y cada vez más.

Hay obras mejores de Shakespeare que Cimbelino. Muchas. Y en una de ellas, Macbeth confiesa algo: la vida es una historia contada por un idiota con ruido y furia y que no significa nada. Precisamente ese ruido y esa furia que ya no podrán ejercer, eliminada su vida -o sea: muertos- los inmigrantes subsaharianos mientras se dirigían a la España que gobierna el que criticó el muro de EEUU. Y el ruido y la furia que uno no ha notado en el ambiente progresista. Porque los subsaharianos -o sea: los negros de África- son un poco menos que los espaldas mojadas -o sea, los mexicanos- en un mundo regido por la oferta y la demanda en el brillo de la mercancía -o sea: la oferta electoral-.
Y que nadie lo olvide: pum, pum..., cierra la muralla.

lunes, octubre 02, 2006

HELIOS GUEVARA CASTRO: ¡PUM, PUM! ABRE LA MURALLAAAAAAAAAAAAAAAA

Helios Guevara Castro se ha hecho colaborador de nuestras páginas. Pero, ¿quién es Helios Guevara Castro? Pues un ejemplar único, inclasificable tal vez, de la nueva y autoproclamada izquierda. Superador de Marx y de todas las corrientes etnocentristas, incluyendo la Ilustración, Helios Guevara preconiza el nuevo talante: tonto, muy tonto. Pero de izquierdas.
Estaba yo en Melilla pensando en el muro que los americanos quieren hacer en la frontera con México y dejaba paso a mi indignación ante lo que supone un nuevo ataque a los derechos humanos. Y también ante la prepotencia americana, su imperialismo y su desprecio a los países americanos. Y así, allí en la frontera de Melilla, ante un hermoso forjamiento de hierros que han puesto donde hay ropa colgando de vez en cuando, debe ser una instalación artística pienso mientras de nuevo se vuelve a demostrar la idea tan europea del arte en la calle y nuestra supremacía intelectual, me indigno ante la situación.
Estaba yo en las hermosas costas andaluzas rodeado de balizas y demás elementos electrónicos dispuestos a lo largo de la costa y con satélites en comunicación permanente con las patrulleras y la guardia civil, imagino que para evitar que las ballenas se pierdan o, cansadas de la existencia y la contaminación de sus aguas, se suiciden, cuando he vuelto a leer que Bush ha decidido poner un muro en la frontera con México. Y he pensado: no hay derecho. Y he repensado: a esa manifa voy.

Estaba yo tomando el sol en Canarias mientras veía a lo lejos como buques de guerra se iban a las costas africanas a vigilar las aguas, porque allí las ballenas también se pierden y es un rasgo solidario ayudar a las ballenas también de otros continentes, cuando escuché en mi emisora que el próximo sábado iba a ser la protesta contra el muro de los americanos. Y que iban a ir actores e intelectuales comprometidos y me dije yo: miraré mi agenda. Y como no tenía ninguna otra cita me prepare para ir.

Estaba yo en la manifa coreando consignas contra el racismo y la xenofobia
¡Yo también soy chicano!
¡Yo también soy chicano!
al lado de unos inmigrantes ilegales cuando de pronto me llamó la chacha ecuatoriana para preguntarme no sé qué de la plancha. Y yo le dije que para eso que no me molestara ahora.
Y añadí: - Ah, y eso también lo limpias.

sábado, septiembre 16, 2006

INMIGRANTES/3: DERECHOS Y DEBERES

¿Cómo integrar a los inmigrantes? Antes de nada debemos contestar a una pregunta previa: ¿por qué hay que integrar a los inmigrantes? Porque la respuesta a esa pregunta es la clave de la integración. Es decir, primero habría que contestar si hay que integrarles o no, si tienen dicha obligación ellos además, y luego dar la razón de esto.
En primer lugar pues habría que ver si debemos integrar a los inmigrantes, es decir, socializarles en nuestro modelo. Si se defiende un multiculturalismo no se entiende muy bien por qué habría que integrar a alguien pues todas las culturas tendrían el mismo valor. Así pues, desde la perspectiva de una ideología multicultural no cabría la imposición de la integración pues tan válida es una como otra cultura y cualquier intento de integración no sería sino una especie de imperialismo encubierto. O diciéndolo de forma directa, la cultura del islamista es tan valida como la del occidental y no se entendería muy bien, por tanto, la necesidad de su integración (que siempre implicaría, necesariamente, la pérdida de esos valores culturales propios). Por tanto, el multiculturalismo, cuyo referente filosófico sería hoy el relativismo cultural tan en boga entre la autodenominada izquierda, no podría ni querría exigir al inmigrante que se integrara.
Una segunda opción, y ya partidaria de la integración, es la de que los inmigrantes deben integrarse por respeto a las costumbres propias del país de acogida. La idea clave sería la de la idiosincrasia nacional, cuya parte fundamental sería precisamente la costumbre, que se supone esencia de la forma ser (catalán, vasco, español,…).
Sin embargo, estas dos posturas aparentemente enfrentadas tienen un mismo fundamento pues en ambas no se sitúa el valor en la racionalidad o no de las culturas y costumbres sino en la idiosincrasia del pueblo y demás zarandajas pseudorománticas. Así, se cumple, en ambas, la falacia naturalista: lo que es es lo que debe ser. Si la costumbre es esa, por ejemplo hacer castillitos humanos absurdos con niños en lo alto o bailar levantando la pierna izquierda en lugar de la derecha, es porque la costumbre debe ser esa en ese territorio y por lo tanto los seres humanos que allí viven deben cumplirlas. Y por ello, ambas teorías, tanto la multicultural como la nacionalista, tienen un marcado carácter totalitario pues es el hecho social, independientemente de cualquier otra condición, la que se impone sobre los individuos.

No obstante, nosotros también defendemos no solo el derecho sino la obligación, así de fuerte, que tienen los inmigrantes de integrarse. Pero, no sería por supuesto desde la visión, tal y como pretenden los nacionalistas, de la costumbre y la idiosincrasia de un pueblo (patochada que no esconde nada más que la barbarie paleta). ¿Entonces por qué deberían según nuestra opinión integrarse?
Nosotros vivimos en, con todos sus defectos, una sociedad democrática. En ella, la palabra clave no es súbdito, ni patriota, ni compadre ni tribu sino ciudadano. Y creemos que eso es no solo un término legal sino, y esencialmente, un término moral. Ser ciudadano es moralmente superior a ser súbdito o miembro de una tribu y la democracia es superior moralmente a cualquier otra forma de gobierno actualmente existente. ¿Quiere esto decir que la democracia occidental es perfecta? No, por supuesto pero sí que es moral, intelectual y en cuanto a forma de progreso humano superior a las otras formas de gobierno existentes en la tierra –y por ello, paradójicamente, más responsable y culpable del estado del mundo-. La sociedad capitalista occidental, así de claro, es moralmente superior al resto porque es la única que encierra en sí una promesa que ni ella misma cumple: la libertad humana. MIentras que en el resto de sociedades la promesa de la libertad ni existe, subyugada por el colectivo cuando no por memeces religiosas, el capitalismo desarrollado la lleva traicionada. Y además, ofrece las condiciones de desarrollo para cumplirla. Precisamente los inmigrantes tienen la obligación de integrarse por eso, es decir: porque tienen la obligación moral, como cualquier otro ser humano, de buscar conseguir su autonomía y uno de los motivos que frena dicha búsqueda es su cultura, por llamarla así, anterior. Las culturas, sociedades, de procedencia de los inmigrantes son inferiores a la nuestra por la sencilla razón de que no son potencialmente democráticas y es este el auténtico discurso de izquierdas.
Así, no se debe hablar por tanto de la posibilidad de la integración sino de la obligación moral de los inmigrantes de integrase en democracia porque lo que se quiere para los hijos blancos se debe desear, a no ser que uno sea racista, para cualquier otro ser humano. Así el inmigrante tiene la obligación de integrarse en una sociedad democrática y esta tiene el derecho y el deber de exigirle esa integración pues se trata de un problema moral, no de costumbres, donde podemos decir que se debe obligar a ser libres. Y este ser libres implica romper con ciertas costumbres barbáricas, que pasan desde la ablación hasta el velo musulmán, y pasa por la obligación del estado de no respetar bajo ningún concepto aquellos comportamientos que van contra la libertad y contra la democracia. Por ello, cabe exigir la superación de las mal llamadas cultura gitana, si no inmigrante sí barbárica donde la tribu sobre el individuo, islamista o sudamericana. Si se cree realmente que los inmigrantes son iguales que nosotros, e imagino que se cree, no se puede permitir que sus hijas sean humilladas con el velo, que conduzcan sin seguro o que hagan de un parque una aldea barbárica de mercadillos varios. Porque lo que está en juego no es algo así como nuestras costumbres, sino la pervivencia de la esperanza que la Ilustración trajo para un mundo libre. También para ellos.

domingo, septiembre 10, 2006

INMIGRANTES/2: ¿DERECHO AL VOTO?

Recientemente la polémica, aunque no tanta, ha surgido: ¿deben los inmigrantes tener derecho a voto? Igualmente, y ante los recientes acontecimientos de Londres, donde un grupo de insurgentes como diría la prensa socialdemócrata, pretendía volar aviones en pleno vuelo, surgió de nuevo al polémica sobre la integración de los inmigrantes y, en la prensa socialdemócrata incluso se llegó a analizar que occidente, así de grande, había fracasado en la integración de los inmigrantes. Por ello, opinamos sobre esto.
¿Deben poder votar los inmigrantes? Nuestra respuesta es clara: NO. Y ahora cabe la pregunta doble: en primer lugar, qué entendemos por inmigrante y, en segundo, por qué confesamos que no deben tener derecho al voto.
Cuando se habla del voto inmigrante se habla de aquellas personas que no cuentan con un pasaporte de la UE. Se podría excluir, por motivos obvios que en realidad se reducen a económicos, a los ciudadanos de los países ricos con lo cual, y para ser sinceros, al hablar de inmigrantes en realidad hablamos de habitantes de países pobres que vienen a España a buscar un medio de vida.

Pero, ¿por qué defendemos que los inmigrantes no deben poder votar? Pues precisamente, por su excesiva homogeneización de intereses. Efectivamente los inmigrantes, por sus características tienen unos intereses comunes y básicos generales que les hacen fácil presa del voto cautivo y caciquil. Precisamente por eso, los partidos, excepto ciertas formaciones nacionalistas como luego analizaremos, están de acuerdo en pedir su voto: se trata de un voto fácil de manipular porque las promesas a realizar son colectivas y específicas. Y, a su vez, fáciles de incumplir pues la propia dinámica social se encargará de hacerlas realidad para un bloque importante de esa población que creerá, sin embargo, que su mejora se debe a la intervención y preocupación política. Así, cuando los partidos, como elementos oligárquicos aunque no los únicos oligárquicos, deciden pedir el voto inmigrante lejos de su integración piensan en generar un clientelismo. Clientes con voto cautivo, ya se hace en varias autonomías, que votan al partido político reconvertido en cacique que ha donado graciosamente un derecho al pueblo.

Ahora bien, ¿y por qué CiU, por ejemplo, está en contra? Pues por la misma razón, pero al tiempo la contraria. CiU, como cualquier partido nacionalista, sabe que su voto tiene un fuerte componente paleto de afecto al terruño y que esa razón les aleja de los inmigrantes, que amarán su terruño también pero que resulta ser otro. Además, hay un problema en la política lingüística, siempre hábilmente explotada por los partidos nacionalistas como se puede verse en la colocación en la administración pública y cuya última tontuna ha sido pedir como requisito imprescindible saber gallego para apagar incendios, que aleja de ellos el voto inmigrante pues esto bastante tienen con socializarse en español como para aprender otras lenguas. Así, para los partidos nacionalistas el voto inmigrante es muy difícil de conseguir, pues serían ahora votos de primera generación, y por lo tanto no tenderían hacia el nacionalismo (ya veríamos en la segunda o tercera, pero ya estarían nacionalizados). Pero lo que importa aquí es que tanto a partidarios como detractores les mueve esa idea del voto uniforme y, por ello, fácil de manipular. Y por so, y solo eso, están a favor o en contra.

Ahora bien, ¿si no les damos el voto cómo integrarles? Porque aquí, según los voceros, se trata de integrar a los inmigrantes. Y es más, ¿no estaremos, al no darles el voto, condenándoles a una permanente posición social inferior? En primer lugar, si el análisis anterior es correcto el dar el voto al inmigrante sería desastroso para él pues precisamente se le da por su condición de no integrado y, por tanto, interesaría mantenerle en dicha disposición. Así, la concesión del voto inmigrante no sería sino, como en varias comunidades autónomas del país, una especie de voto cautivo que hay que conservar. Y para ello sería obligatorio, precisamente, conservar sus características, es decir: su marginalidad y no integración para que siga siendo, de manera perpetua, una masa uniforme en intereses concretos. Por todo ello, el voto inmigrante no es la respuesta a la integración sino, precisamente, su definitiva negación.

Pero ahora bien, ¿y la integración? Eso, pues esto ya es muy largo y la respuesta a su vez lo será, para otro artículo.

martes, agosto 29, 2006

INMIGRANTES/1: LA LLEGADA

La reciente, y no tan reciente, oleada de inmigrantes a las costas de Canarias ha traído el problema de la inmigración a un primer plano. Además, a esto se ha unido el nuevo despropósito de las fuerzas políticas, siempre en busca de voto cautivo, proponiendo el derecho de voto de los inmigrantes. Vamos a intentar analizar las dos cosas. Y en primer lugar, la inmigración en general.
Los cayucos llegan a la costa de Canarias de manera desenfrenada: eso es un hecho. Y la única manera de controlar la situación que se le ha ocurrido al gobierno, tan autoproclamado por el mismo y por sus medios afines como progresista, es la de blindar la frontera. Ya se blindó la costa andaluza, ya se subió la valla de Melilla y, ahora, se pretende blindar la costa atlántica africana. O diciéndolo de un modo menos fino: se pretende encerrarles para que mueran sin hacer ruido. Así, un problema social se convierte en un problema de seguridad de una forma característicamente caciquil: los inmigrantes son tratados como delincuentes al tiempo que la ideología oficial presenta la alianza de civilizaciones. Pero no, por lo visto, de personas.
Pero analicemos, por una vez, racionalmente el tema. ¿Cuál es el fundamento para negarle a nadie la entrada a un país? Si tenemos en cuenta que nosotros somos españoles por una cuestión de azar, es decir, de haber nacido en Senegal seríamos senegaleses, uno no entiende muy bien, al menos racionalmente, la idea de fundamento de esto: los emigrantes no tienen derecho a estar aquí.
Pero, ya se escucha la voz: seamos realistas. Y aquí es donde la idea del nuevo pensamiento político, del cual la socialdemocracia por cierto fue pionera, se desvela: ser realista significa desterrar la justicia y situarse en la pragmática. O diciéndolo con palabras de nuestro progre presidente: tener cintura. Efectivamente, ser realista es sencillamente encerrar a los negritos en sus reservas, que se autodenominan países, y dejarles gobernados por políticos corruptos y miserables –recordar por cierto que la responsabilidad de todo esto no es solo del primer mundo- y que allí mueran sin mucho ruido: excepto en los festivales de música “étnica” (o sea, folclore) donde siempre se podrá escuchar aquel comentario, tan racista él, sobre que los negros, o ahora la gente de color como si el blanco fuera incoloro, tienen el ritmo en la sangre. Así, el realismo es la muerte de los africanos, y en general de los habitantes de los países pobres mientras se alianzan las elites.
¿Pero qué hacer? Porque hasta aquí el lector habrá percibido un tono demagógico que ha consistido en decir que la gente tienen derecho a vivir en cualquier lugar del mundo. Demagogia pura, vaya. Y claro, busca soluciones pragmáticas. Pues vamos a ello. Resultan sorprendentes algunas cosas.
En primer lugar, que nadie señale, a las claras, que el drama de la inmigración no es un drama tanto para el país de acogida, mano de obra barata que se asume por parte de un gobierno que suelta a los inmigrantes ilegales a la calle sin más para pasar así a engrosar la larga lista de la economía sumergida, sino que es un drama para el país de salida pues pierde su única riqueza que es el capital humano (o sea, la mano de obra). Así, la emigración implica el cierre del círculo pues no solo condena al inmigrante a entrar en el lumpenproletariado sino que genera una desigualdad creciente entre países y colabora a la existencia de gobiernos miserables en los países tercermundistas. Y por eso, estos gobiernos permiten la inmigración pues saben que es una válvula de escape de situaciones que podían llegar a ser peligrosas para ellos mismos al tiempo que, de vez en cuando, puede cualquiera de sus embajadores corruptos ponerse digno sobre el trato que se les da aquí a sus ciudadanos (que mientras estuvieron allí fueron súbditos). Así, el primer punto que sorprende es la ausencia de crítica hacia los países que procuran emigrantes tanto en la derecha (que siempre los presenta como una especie de hecho exótico a lo Kipling), como en la izquierda (que siempre echa la culpa a los EEUU y por cierto nunca a Francia)
Pero en segundo lugar, ¿por qué se suelta a los inmigrantes ilegales? Resultaría lo lógico que si no se les puede repatriar, y tratándose de seres humanos, se les mantuviera en condiciones dignas internados hasta que se viera qué se puede hacer con ellos. Pues no, bocadillo, orden de expulsión y a la calle. ¿Por qué? Porque en España, según fuetes oficiales, hay un 20% de economía sumergida, es decir, nuestro Producto Interior Bruto depende en un 20% de la economía sumergida. Y ni usted, ni sus hijos ni yo vamos a trabajar ahí. Pero alguien tendrá que hacerlo: moros, sudacas, rusos y los negratas.
Y hay un tercer punto aún más escandaloso. Cuando alguien sale de su país para probar suerte en otro no lo hace de vacaciones ni de turismo (excepto con una beca Erasmus). Lo hace porque tiene la percepción, cierta en este caso, de que en ese país no hay ya ni futuro. La UE, al igual que EEUU, gasta un 35% de su presupuesto en una agricultura donde trabaja, en la mejor de las cifras, el 5% de la población. Una agricultura hipersubvencinada, inútil, con productos de bajísima calidad pero rentable políticamente. Mientras, los países tercermundistas se despueblan. Nadie relaciona ambos hechos. Pero resulta curioso conocerlos.

Hay una historia espeluznante en Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll. En ella, la morsa y el carpintero invitan a cenar aun grupo de pequeñas ostras. Solo hay un pequeño problema: la cena son las mismas ostras. Y mientras las devoran lloran desconsolados porque las engañaron para acudir.

lunes, febrero 13, 2006

LA GRIPE AVIAR/1

Titular de EL MUNDO en Internet (15:55)

España aumentará el control de migraciones de aves para evitar la llegada de gripe aviar


Solución propuesta por un servidor:
subir aún más la valla.