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martes, enero 15, 2019

¿TIENEN DERECHOS LOS ANIMALES?/ y 4: CONCLUSIÓN

Por fin, exclaman ustedes, vamos a acabar la serie (Aquí la tiene: uno, dos y tres artículos anteriores). Y así es.
 Este artículo, el último de esta serie sobre los derechos de los animales, pretenderá tres cosas. 
Por un lado, hacer un resumen de nuestros razonamientos sobre por qué los animales no son sujetos de derecho.
En segundo lugar, explicar el motivo de por qué hemos tenido que hacer una disquisición metafísica, brillantísima por otra parte, para defender esa ausencia de derechos.
Por último, analizar qué consecuencias políticas puede tener el uso que los sectores de la izquierda más autoproclamada están haciendo de este y otros temas.

Empecemos.
¿Por qué los animales no son sujetos de derecho?

En primer lugar, hicimos una distinción entre ser sujeto u objeto de derecho. Por sujeto de derecho entendíamos aquel ser que tenía derechos por sí y en sí mismo. Por objeto de derecho, sin embargo, entendíamos aquello que puede tener derechos si le son concedidos por otro. Así, nosotros defendíamos que mientras todo ser racional, natural o artificial, es sujeto de derecho, los seres no racionales, vivos o inertes, naturales o artificiales, sólo son objeto de derecho.

Ahora bien, ¿por qué se unen racionalidad con ser sujeto de derechos? Y aquí, introducíamos una argumentación metafísica.
El mundo natural, defendemos, es el mundo del Ser. Este mundo, en su mera facticidad, solo existir, está carente de moral y proyecto porque carece de inteligencia. El mundo natural no tiene ningún elemento trascendente que vaya más allá de su propia existencia como hecho físico sin sentido (lo que no quiere decir que defendamos la existencia de una espiritualidad: supersticiones las justas). Sin embargo, la racionalidad tiene la necesidad en sí misma de crear un mundo del Deber Ser. Por este entendemos no un mundo espiritual sino cultural, material y real. Es el mundo de la historia, con todo lo bueno y lo malo que tiene, o de la tecnología, ídem, o de las construcciones culturales, reídem –nota: obsérvese mi capacidad de innovar incluso con las lenguas muertas-. Es, en definitiva, el mundo resultante de la acción racional sobre la realidad. Y es también el mundo de la moral. Así, la moral no pertenece al mundo natural sino al mundo del Deber Ser.  Por lo tanto, argumentábamos, el mundo de los derechos y deberes, los dos como realidades morales que son, solo podían aplicarse en ese mundo racional construido y, por lo tanto, solo serían sujetos de derechos y deberes aquellos seres que eran a su vez sujetos del mundo del Deber Ser. Por ello, los seres racionales, todos y cualquiera que sea su especie, son sujetos de derecho frente a los seres que solo habitan en el mundo natural, el mundo del Ser, que no pueden serlo. Y por eso, no se trata de un especismo, pues no se defiende desde la biología, sino que se tienen derechos no por especie sino por una característica concreta: ser racional.

Pero entonces, ¿los derechos serían una mera cuestión de consenso entre esos seres racionales?
Defendemos que no, sino una construcción universal, objetiva y necesaria de la Razón. La razón necesariamente construye lo universal para sí misma, el sujeto se construye como universal, y para la realidad ajena. Por eso, la acción moral no es particular, lo que implicaría la imposibilidad de su juicio, sino universal en cuanto se juzga toda acción así y no solo el hecho concreto enjuiciado. Y por eso, por esa universalidad que la razón lleva a en sí misma, que se ve asimismo en la construcción necesaria del concepto, los seres racionales son sujetos objetivamente universales y con derechos y deberes a su vez universales frente a la facticidad de los entes empíricos individuales. Y repetimos que no hay aquí ni un ápice de espiritualidad sino de puro materialismo.

Y es por ello, vamos ya nuestro segundo bloque, por lo que hace falta la fundamentación metafísica. 
Fundamentar es llevar un argumento hasta el final explicando el porqué de las cosas. Últimamente, la fundamentación o brilla por su ausencia o se queda en pura facticidad. Así, el argumento más usado para defender los derechos de los animales es que estos tienen la capacidad de sentir y, con ello, de sufrir. El problema concreto aquí es que la capacidad de sufrir es una facultad biológica del sistema nervioso, mientras que tener derechos no pertenece a ningún elemento biológico, con lo cual se procedería a un salto ilícito en la fundamentación. Pero hay otra cuestión más interesante: la fundamentación sobre la base del sufrimiento no es metafísica sino emotiva. La clave de la fundamentación metafísica es enfrentarse a la realidad para juzgarla mientras que la clave de la fundamentación emotiva es aceptar la realidad tal cual es para fundamentar desde la reacción a dicha realidad instituida definitivamente. Y esta cuestión es interesante. Y de esto deriva el problema político.

Efectivamente, el problema político -¿sigue alguien ahí? Pues ya acabamos- tiene una vertiente fundamental: el problema de la fundamentación. Y de aquí se deriva otra, que ahora no vamos a desarrollar, que es el problema de la diversidad, y que guarda relación con lo anterior.

Mientras que la fundamentación metafísica no solo describe la realidad sino que la juzga –y por eso Platón tuvo que inventarse un Mundo de las Ideas exigiendo más a la realidad de lo que esta daba-; la fundamentación exclusivamente emotiva, o moral simple, tiene que asumir la realidad tal y como es para desde ella fundamentar su cuestión. Así, la diferencia entre una y otra es fundamental –nota: obsérvese el ingenioso comentario-. La mera fundamentación moral parte de que la realidad, tal y como está constituida, es el fundamento último a priori de toda argumentación. La argumentación metafísica, sin embargo, a su vez plantea la cuestión sobre la fundamentación de la realidad tal y como existe, y por eso exige más. La fundamentación meramente moral es conservadora mientras que la fundamentación metafísica es revolucionaria. Por eso, la Posmodernidad -desde Foucault y en sus prólogos mucho más gloriosos intelectualmente comon Comte, Nietzsche, Wittgenstein, Husserl o Heidegger-  debe despreciar la fundamentación metafísica.

Y aquí entra el problema de la diversidad. La diversidad se construye desde la idea de la diferencia. Esto provoca que los colectivos sean distintos entre sí, cada uno con sus peculiaridades y características. Así, hay infinidad de colectivos rompiendo la idea de una realidad única pues la fundamentación no está en esta realidad sino en la perspectiva del propio colectivo. La realidad como totalidad desaparece y surge una nueva visión de la misma calidoscópica -me estoy gustando- donde ya no hay una explicación única sino diversas visiones: la objetividad no existe porque es, seguramente, heteronormativa o algo peor –nota: ¿hay algo peor que ser varón, blanco y heterosexual? Tal vez, ser marxista y defenderlo-. Y hay así la visión del hombre, de la mujer, del heterosexual normativo, del varón blanco, de los marginados, de…, los animales. Lo que aparentemente es un canto a la libertad, en el fondo es una exaltación del nuevo Capitalismo.

Me gustan los animales. Y también en el chiste fácil de comérmelos. Pero cuando identificamos el mundo de lo que hay con aquello que debería haber sólo hacemos apología del Capitalismo que es lo que hay. Aunque igual eso ya a nadie le importa, porque criticar el Capitalismo es tan vulgar, tan antiguo, frente a poder ser guai y atender a la diversidad…

domingo, noviembre 11, 2018

¿TIENEN DERECHOS LOS ANIMALES?/3: LA UNIVERSALIDAD DE LA RAZÓN

La presente serie de compone de 4 artículos:

Empezamos resumiendo. Señalábamos al principio de esta serie (artículo 1 y artículo 2) que el problema de los derechos de los animales no se agotaba exclusivamente en el ámbito de un concepción estrecha de la moral, entendida esta en su sentido lato tal y como piensa de ella la posmodernidad, sino que requería una explicación fundamentada y esto implicaba a la metafísica. Esta fundamentación metafísica empezaba por plantearnos la realidad y cómo, defendíamos, esta existía de dos formas: una como Ser, que se correspondería con la realidad natural, y otra como Deber Ser, que sería aquella realidad creada por la racionalidad, pero que no era algo trascendente sino también inmanente. Precisamente, y por ello, anticipábamos, los seres racionales tenían derechos inalienables por sí mismo mientras que el resto de los seres no racionales podían ser objetos de derecho, pues se les podían conceder o donar derechos, pero nunca sujetos de derecho ni tener, por tanto, derechos por sí mismos.

Corresponde ahora, lógicamente, explicar ya esto último y desarrollar, por fin, por qué los seres racionales, y los seres humanos como tales, son sujetos de derecho.
Hay una explicación muy errónea sobre los derechos humanos que los sitúan como si su fundamento fuera un acuerdo y ellos mismos por tanto fueran convencionales. Se dice: los derechos humanos son un convenio. Es un mantra, sin embargo equivocado. En realidad, los derechos humanos, los derechos de cualquier ser racional existente, son universales y van unidos necesariamente a su propio condición de ser racional. Y conviene explicar por qué.  Y la clave de toda la explicación es la propia racionalidad.

El sujeto racional se caracteriza por la posesión de la capacidad de la razón. La razón no es una experiencia particular o un forma de discurrir peculiar sino, y esto es clave, universal. Efectivamente, la racionalidad, y no solo en las reglas de inferencia lógica o el razonamiento de la matemática, sino también el anhelo que la racionalidad lleva en sí, implica la universalidad. La razón necesariamente tiende a generar universalidad y de ahí surge su figura clave que es el concepto. Este anhelo de universalidad, que no está exento de peligro por cierto en su realización política,  implica a su vez el tratamiento de lo real como universalizable y de ahí que podamos conocer: sólo transformado lo particular en universal, en concepto, es posible llegar a conocer, pues la infinitud de la experiencia particular nos impediría llegar a conocer nada. Así, al situar el universal “perro” podemos conocer intelectualmente la experiencia y no solo tenerla o padecerla como hecho perceptivo.

De esta forma, el sujeto racional en cuanto tal no es un mero individuo concreto, como el resto de los animales, sino un sujeto universal y creador material, y esta es la fundamental diferencia con el Idealismo, de la universalidad en cuanto transforma permanentemente  la realidad solo particular en una realidad del deber ser universal. En el mundo fáctico donde solo hay seres particulares sin sentido, y la razón impone un orden racional ajeno a ese mismo mundo natural. Y de ahí, por ejemplo, que la crítica auténtica a la Teoría del diseño inteligente no sea una prueba científica, que también puede ayudar, sino definitivamente comprender que en la realidad natural no existe ese diseño armónico que se pretende justificar: nada hay tan falso como la idea de una armonía natural. El mundo del Ser es un caos y solo la racionalidad lo transforma en orden o bien explicándolo o bien dominándolo materialmente.

Así, el sujeto racional reúne dos condiciones muy diferentes respecto al resto de los seres vivos: primera, la creación material y vivencia en un mundo nuevo que es el mundo del Deber Ser que se diferencia del natural; segundo, la capacidad de constituirse como sujeto universal. Y ahí están las claves de los derechos inalienables.

En primer lugar, los seres racionales tienen derechos inalienables como tales seres racionales, y no como individuo o especie animal, porque no pertenecen como tales sujetos racionales al mundo del Ser, la realidad fáctica natural. En la naturaleza no hay derechos ni deberes ni condición moral alguna. Sin embargo, esta condición sí aparece en el Deber Ser pues surge desde y exclusivamente la racionalidad. Por ello, los seres que solo viven en el mundo natural no tienen carga moral en sí mismos.

En segundo lugar, los animales no son universales sino particulares y concretos. Las especies no existen como tales y solo hay individuos. Sin embargo, los seres racionales son sujeto de universalidad, pues la están permanentemente formando en su pensamiento, y sujetos en el Deber Ser, pues este solo existe, y esto es importante de entender, a través de ellos. Así, el ser racional no es solo un ser individual sino que actúa como agente universal y transforma el mundo en esa dirección. El ser racional, le guste o no y esto también es importante, es un legislador universal en sí mismo al tener en su racionalidad el concepto de que todo lo que ocurre podría o debería ser de otra forma y que esa forma debería asumir todas las acciones relacionadas con esa.

Además, en tercer lugar, esta misma racionalidad le hace a su vez existir en la moral, repetimos: quiera o no, y poder pensar en la ética. Los seres racionales al vivir en el Deber Ser viven a su vez en la moral de una forma permanente y consciente. Esto es así porque son capaces de conocer las consecuencias de sus acciones; además, de juzgar y juzgarse; y, por último, de situarse a sí mismos como la causa última de su comportamiento. Así, el ser moral no pertenece al mundo natural sino al mundo racional. Y la moral, por ello, no es propia de los animales pero sí de los sujetos racionales. Aunque no queramos, aunque no nos guste, construimos un mundo moral, como muy bien sabía Nietzsche por cierto y de ahí toda su teoría.

¿Pero por qué derechos universales? Porque en esa perspectiva moral el ser racional, aquí y ahora el ser humano, actúa siempre como legislador universal. Cuando alguien piensa “Esto está mal/bien”, y lo pensamos constantemente, no lo dice de la situación concreta sino de la acción universal: cualquier acción en esa misma circunstancia estaría mal/bien. Y no lo dice solo para sí o para el sujeto responsable de la acción, sino para todo sujeto causante de la acción. E incluso el relativista lo plantea de modo universal al señalar que para todos debe ser relativo el juicio moral. La razón exige el juicio moral universal y por ello el sujeto universal. Y al hacerlo, exige que ese sujeto universal tenga universales derechos y universales deberes: ambos unidos.

Y así surgen los derechos universales. No son una mera convención, un acuerdo, sino una conquista y una construcción de la racionalidad. En la dialéctica Ser frente a Deber Ser –nota: es que me estoy emocionando- la racionalidad va ganando terreno y sitúa su afán de universalidad en la realización no solo de realidades materiales sino también culturales, que es en concreto donde cobran sentido los derechos universales. Los derechos universales, y los deberes universales a los que se asocian, forman parte de ese mundo del Deber Ser, como la tecnología o el mundo artificial: son realidades objetivas construidas, y no meras convenciones, por la racionalidad. Pero, como tales, no pertenecen al mundo natural y solo al mundo formado por la racionalidad.

Resumo –ya sé que me lo agradecen-. Los derechos universales pertenecen al sujeto racional porque es a su vez como tal ser racional un sujeto universal que vive en un mundo moral de derechos y deberes universales. Por supuesto, pueden, y en cierta medida deben, extenderse más allá como acción de ese mismo sujeto racional a otros seres no racionales. Pero, dicha extensión es producida precisamente porque esos seres no racionales no son sujeto de derecho sino objeto del mismo: los animales no racionales no tienen derechos en sí mismos.

Y ya viene el final –nota: no se emocionen, queda uno más-  ¿Pero esto del animalismo y demás ñoñerías posmodernas qué significado real tiene a nivel político? Pues, ya contesto: es pensamiento  reaccionario. Pero esto ya se lo explicamos en breve.

martes, octubre 09, 2018

¿TIENEN DERECHOS LOS ANIMALES?/2 METAFÍSICA: DEBER SER FRENTE A SER.

La presente serie de compone de 4 artículos:

En el artículo anterior de esta serie definíamos a los seres racionales (y entre ellos a los seres humanos) como sujetos de derecho frente a los seres no racionales (y entre ellos los animales) a los que categorizábamos como objetos de derechos.   La diferencia, señalábamos, estaba en que un sujeto de derecho tiene estos de una forma inalienable y por su propia condición, mientras que un objeto de derecho tiene derechos solo en tanto le son concedidos por otros.

Igualmente, hacíamos una distinción entre el Ser y el Deber Ser. Entendíamos por Ser la realidad natural y fáctica, el mero hecho de existir en tanto ser concreto. Sin embargo, el Deber Ser era una realidad proyectada hacia adelante pues se situaba en el podría o debería ser de otra forma. El mundo del deber ser no se limitaba a una facticidad, un mero hecho, ni era una identidad pura con lo existente sino que planteaba una diferencia: lo dado podría ser de otra manera. Y en este mundo del deber ser situábamos por ejemplo la acción humana técnica (en nuestro ejemplo, las cañerías o el grifo) o el discurso moral (en tanto que es plantearse si lo que existe no debería ser de otro modo y actuar en consecuencia).

Ahora nos viene una serie de cuestiones saltan ya a la vista. En primer lugar, de dónde sale el deber ser y si es real o mera especulación intelectual. En segundo lugar, qué relación hay entre este Deber Ser y la existencia de derechos inalienables. Y la tercera, consecuencia de las anteriores, por qué defendemos que los animales no tienen derechos y los seres racionales, y por ello los seres humanos, sí.

¿Existe realmente el Deber Ser?

Hemos señalado que existe el Ser y el Deber Ser. Por Ser, entendemos la realidad en cuanto naturaleza. Por Deber Ser, la realidad en cuanto creación racional. Es muy importante comprender tres cosas sobre esta creación racional: la primera, que es real y no solo ideal, y por tanto sus productos existen con el mismo grado de realidad que los propios del Ser; la segunda, que el Deber Ser se da de hecho en la Historia; la tercera, que el Deber Ser abarca todo aquello que podría ser y no solo lo que podríamos considerar como moralmente bueno. Pero, ¿de dónde sale este deber ser?

Mientras que el mundo del Ser está ya en su propia facticidad como realidad física, el Deber Ser se proyecta y surge en el futuro. El Ser, como es naturaleza, existe en una actualidad permanente sin pasado ni futuro (lo que no quiere decir sin cambio). Sin embargo, el Deber Ser necesita una concesión para su existencia que es la realización fuera de las leyes de la naturaleza. Efectivamente, el deber ser –desde las cañerías y grifos hasta los derechos- no surge del mundo natural sino que se construye desde fuera, y en contra, del mismo. Así pues, el mundo del Deber Ser no está en lo fáctico natural sino en la posibilidad racional ¿Pero, cómo surge?

Conviene primero asegurar que si el mundo del Deber Ser no es  lo fáctico natural no quiere decir que no es material, y esto es importante decirlo. La condición de posibilidad del mundo del Deber Ser, la existencia de seres racionales y de la Razón, surge por supuesto de la realidad natural, pues es un resultado de la evolución. Pero la consecuencia de esta Razón no forma parte de la Naturaleza sino que recrea otro mundo –nota: he estado a punto de hacer un juego heideggeriano y poner re-crea. Re-nota: por cierto, Heidegger y yo somos contrarios en todo, pero qué listo era el tío-. Por tanto, que nadie piense en la trascendencia o en Dios cuando hablamos de este mundo del Deber Ser.

¿De dónde sale y qué es este mundo del Deber Ser?  Como ya hemos repetido hasta la saciedad, el mundo del Ser es identificable con el mundo natural. El mundo del Deber Ser, no. El mundo del Deber Ser es un producto que se construye a partir de y más allá de lo natural. Los seres racionales proyectan desde su pensamiento una realidad distinta a la existente, desde la técnica a la moral pasando por las relaciones interpersonales, y construyen realmente un mundo desde eso. Así, el mundo del Deber Ser es un mundo objetivo y resultado de la acción racional, para bien o para mal pues este es un juicio moral complementario pero a su vez una exigencia necesaria también desde la propia racionalidad más allá de la naturaleza donde falta, que se realiza en eso que llamamos historia. Y es objetivo, y esto es importante, porque se da realmente.

El mundo del Deber Ser es así el mundo creado por la racionalidad frente al mundo natural. Y es un mundo, por tanto, que frente a la mera facticidad del mundo natural, donde no puede existir el juicio moral desde él mismo, implica el juicio moral sobre el bien o el mal de su realización. El mundo del Deber Ser, en definitiva, es la creación de los seres racionales sobre la naturaleza como materia prima. Y es un mundo tan real y objetivo, asómese a la ventana de su casa y mire su ciudad y sus relaciones sociales y personales, como la propia facticidad natural.

Pero, ¿qué tiene que ver este mundo del Deber Ser con la existencia de derechos?

La existencia de derechos se explica por tres posturas distintas.

Primera, son por naturaleza. Segunda, son una convención. Tercera, son una realización objetiva de la racionalidad. Nosotros vamos a defender aquí la tercera y para ello necesitamos haber dejado claro la existencia de ese mundo del Deber Ser (hacer, como decíamos al principio, Metafísica). Porque si comprendemos efectivamente de dónde surgen los derechos, podremos comprender, a su vez las consecuencias de su origen y su desarrollo. Y conocer que, si como defendemos nosotros los derechos inalienables no proceden ni de la naturaleza ni son una mera convención sino una realización objetiva de la racionalidad, entonces las cosas tornan de una nueva manera.

Por eso, ahora necesitamos otro nuevo texto para explicar las consecuencias de toda esta existencia objetiva del Deber Ser, porque esta, y no otra, es la clave de toda la cuestión sobre si los animales tienen derechos o no. Porque si es un problema es muy serio, y este lo es, no puede tener una explicación simple y emotiva. Así pues, la pregunta a contestar –nota: por fin, pero oigan que tengo que rellenar y esto les sale gratis, imaginen que fuera el libro de un profesor de universidad que además se lo cobra- es ¿por qué los seres racionales, y por ello los humanos, son sujetos de derecho, tienen derechos inalienables, y lo animales irracionales no?

Pero, eso ya en otro artículo. Y lo sé, están expectantes.

domingo, septiembre 30, 2018

¿TIENEN DERECHOS LOS ANIMALES?/1: SUJETO Y OBJETO DE DERECHO

La presente serie de compone de 4 artículos:

Esta serie pretende demostrar tres cosas.


Primero, que el problema de si los animales tienen derechos o no es un problema filosófico que gira en torno al problema de qué es la Realidad, es un problema metafísico, y como tal hay que abordarlo -nota: ¿han flipado, eh? Pues lo peor es que es verdad.-.

Segundo, que vamos a defender que los seres humanos tienen derechos inalienables por ser seres racionales y por ello son sujetos de derecho, es decir: tienen derechos conferidos por su propia existencia, como ya desarrollaremos. Sin embargo, los animales efectivamente podrán tener derechos, pero no los tendrán por sí mismo, por su propia existencia, sino dados por otros: serán objetos de derecho. Y esta diferencia entre ser sujeto u objeto de derecho se dará, precisamente, por una cuestión filosófica y no emotiva. No se tratará, por tanto, de ser especista, que defendamos al ser humano como especie tal y como claman los animalistas, sino de defender la primacía de la razón como el campo de la libertad frente al totalitarismo natural.

Y, tercero, y como consecuencia de lo anterior, que detrás por lo tanto de las tesis animalistas no puede haber sino un movimiento reaccionario y totalitario al que la izquierda, si quiere seguir siendo progresista, debe atacar necesariamente.

Empecemos.
La primera parte de este escrito pretende contestar a la pregunta de si los animales tienen derechos. La respuesta, que para una mejor comprensión la haremos comparando con los seres humanos, es la siguiente: los animales tienen derechos limitados al ser objetos de derecho frente a los seres humanos que tienen derechos inalienables como sujetos de derecho. Ahora, se trata de explicar la causa de esta diferencia y explicarla.

En primer lugar, pasemos al hecho de ser objeto o sujeto de derecho. Un ser es sujeto de derecho cuando por sí mismo y autónomamente, por ser de esa manera y no de otra, tiene derechos inalienables propios.  Algo es objeto de derecho, por el contrario, cuando tiene derechos porque otro se los ha concedido. La diferencia fundamental radica en que un sujeto de derecho tiene derechos por su misma existencia y por sí mismo mientras que aquello que es objeto de derecho posee derechos donados por un tercero y, por tanto, bajo ciertas circunstancias. Para decirlo de forma clara: un sujeto de derecho nace con derechos y un objeto de derecho nace sin ellos pero se le pueden conceder. Nosotros vamos a defender aquí que cualquier ser racional, obsérvese que no ponemos persona ni homo sapiens y en seguida veremos por qué, es un sujeto de derecho pero los animales irracionales sólo podrán ser, y de hecho hay una obligación moral en ello que luego explicaremos, objetos de derecho. Por tanto, las personas en cuanto seres racionales, y no como especie animal, tendrán derechos inalienables pero los animales, o por ejemplo la propiedad, no.

Pero muy bien, dirán ustedes ¿Y esto por qué es así? Es decir, ¿por qué lo seres humanos tienen derechos inalienables y los animales no? Este es el auténtico meollo del problema y su clave.

¿Por qué los seres humanos tienen derechos y los animales no? La diferencia se fundamenta en la radical ruptura entre racionalidad y naturaleza.
Los animales –nota: a partir de ahora y para facilitar el texto cuando hablemos de animales excluimos al ser humano- pertenecen únicamente a la naturaleza. Por supuesto, el ser humano en cuanto animal también. Es decir, el ser humano como especie biológica, como homo sapiens, sería un ser que pertenecería a la naturaleza. Esta naturaleza es una realidad, un reino por llamarlo de forma poético/festiva/homenajeaKant, que tiene solo realidad fáctica. Es decir, es solo Ser, mera existencia concreta y nada sin más. Cuando usamos el término solo Ser no estamos pretendiendo contraponerlo a una presunta trascendencia, algo así como que pudiera existir otro mundo espiritual y superior, sino a que la naturaleza, el universo como tal, es meramente existencia sin más. Por eso, no se le puede aplicar un lenguaje más allá de lo fáctico, de lo concreto. Los seres naturales, por tanto y en cuanto seres naturales, no tiene ni proyecto de vida ni derechos ni deberes ni pueden ser juzgados moralmente, pues su existencia es solo existencia fáctica. Son y sólo son tal y como son.

Y aquí viene la diferencia con el ser humano pero no como ser natural sino racional. La racionalidad va más allá del Ser y tiene Deber Ser. Pero, ¿qué significa esto? Empecemos definiendo.

Por “Ser” entendemos las cosas tal y como son, lo concreto, fáctico y actual que se da como existente. Pongamos un ejemplo. Por Ser, los embriones del tiburón toro se devoran entre sí siendo el ganador el más fuerte. Por ser, en la naturaleza rige el principio de selección natural. Y por ser, todo esto ni está bien ni está mal pues es así y punto. El Ser es y nada más que es como es.

Pero Deber Ser, es otra cosa. Por deber ser se entiende algo que va más alIá de lo existente en un doble sentido: de realidad y de moral. De realidad, en cuanto a que deber ser se iguala con podría ser y es la capacidad de pensar y hacer lo real de otra forma distinta a como existe de hecho en la actualidad. De moral, en cuanto a que es la capacidad de plantearse que lo que hay no debería ser sino que debería, y no sólo podría como en el anterior, ser otra cosa distinta. Ejemplificamos para explicarnos mejor.
Yo podría decir, en el primer sentido de deber ser como podría ser de otra manera, que por ser, por lo que hay por naturaleza, las corrientes de agua corren por determinados cauces. Pero alguien podría ir más allá y considerar que podrían correr por otros: hacer cañerías y grifos. Así, el Deber ser (podría ser) se transforma en Ser. Yo podría lamentar que los embriones de los tiburones toro se devoren entre sí y señalar que no debería ser así sino de otra forma: así el ser se ve juzgado moralmente por el deber ser. De esta manera, hay un mundo del Ser (el natural, el universo) y un mundo del Deber Ser, el mundo racional, que no son el mismo y que ambos pueden crear Realidad.

Los animales pertenecen exclusivamente por sí mismos al mundo del ser. El ser humano en cuanto homo sapiens, especie biológica, pertenece igualmente al mundo del Ser pero en tanto ser racional pertenece al mundo del Deber Ser. Y ahora surgen nuevas preguntas.

¿De dónde sale ese mundo del Deber Ser?
¿Qué tiene que ver con el tema de los derechos?
¿Me pagarán bien por este artículo?

Eso lo contestaremos en el próximo escrito de esta serie. 
Y sí, ya les noto a ustedes expectantes.

jueves, julio 14, 2016

RESUMEN SAN FERMÍN 2016

12 animales heridos durante los encierros.
60 animales muertos en las plazas de toros.

La barbarie no es cultura.

miércoles, enero 06, 2016

VIDA INTERIOR/141: REYES MAGOS (y final de la navidad)



¿Quién de nosotros no tiene una vida interior muy grande? ¿Y qué poeta no nos la cuenta una y otra vez? En esta sección mi alma se desnudará. Incluso he comprado una nueva para tenerla más grande. Porque, en el fondo, yo también quiero ser  feliz.


Unos se van para siempre.


martes, septiembre 15, 2015

EL TORO DE LA VEGA Y LA BARBARIE

Hay, al menos, dos formas de enfrentarse a la barbarie. Una es insultarla sin más, otra es argumentar en su contra. Sin duda, hay un sentimiento noble cuando se la insulta pero, a su vez, entramos en su dinámica. Por eso, la verdadera respuesta ante la barbarie es la argumentación. Lo que ella nunca podría hacer.

Cada 15 de septiembre, un montón de bestias persiguen a un pobre toro para matarlo en una, por lo visto primitiva localidad, llamada Tordesillas. Yo también tengo una vida vacía pero me distingo de semejantes seres por dos motivos: por un lado, no disfruto con el sufrimiento ajeno; por otro, alguna vez leí y acabé un libro.

Pero mostrar la repulsa ante lo que ocurre entre seres elementales, a los que tal vez no quepa exigirles mayor responsabilidad moral que al mismo toro asesinado en aras de esa basura popular llamada tradición, no debe llevarnos como antes hemos señalado al insulto. Por eso, antes de topar con él, paramos aquí esta objetiva descripción antropológica de los hechos. 
Y por eso, pasamos a la argumentación.

Este artículo lo publicamos hace tiempo, sin embargo consideramos, tal vez por vagancia para no escribir otro, que conserva vigencia. El original está aquí, pero ahora, para mayor comodidad, se lo reproducimos.  

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Un proceso clave del desarrollo de la civilización y la cultura debería ser la eliminación de todo sufrimiento, pero especialmente del innecesario. Por tal, se entiende aquel que o bien puede ser eliminado de forma absoluta pues su cometido carece de sentido -por ejemplo los sacrificios rituales con la muerte de seres vivos- o bien aquellos cuyo fin puede ser útil pero pueden ser paliados, por ejemplo empleando la anestesia en las operaciones quirúrgicas o en el parto -nota: eliminar el dolor del parto es clave en la emancipación humana sin duda alguna-. Así, al juzgar algo donde existe el dolor y, con él, sufrimiento deberemos pensar, básicamente, el para qué se genera ese dolor y, luego, si es que resulta inevitable pues con él se consigue algo provechoso, si puede ser reducido o eliminado. Y por tanto, al pretender criticar algo e incluso exigir su prohibición, deberemos plantearnos si ese objeto que criticamos es o no un sufrimiento innecesario posible de eliminar. Y no solo posible, sino civilizatorio el hacerlo.

Las corridas de toros son sin duda un espectáculo cruel. En él se da el sufrimiento de un animal para el regocijo de otros. La cosa a primera vista parece clara: la exhibición pública de un ser vivo para causarle dolor cuya finalidad es la mera diversión no debería sino producir repugnancia y tristeza moral. Sin embargo, hay gente, lo cual nos despierta cierta sorpresa, que defienden dicho acto amparándose en cuatro argumentos fundamentales: primero, que se trata de un acto cultural -incluso que responde a problemas existenciales profundos, según la ministra-; segundo, que es una tradición a respetar; tercero, que aquellos que comemos carne, bien rica que está por cierto, no podríamos criticar esto pues se trataría de lo mismo; y cuarto, que su prohibición implicaría ir contra la libertad personal de las personas en poder elegir este espectáculo u otro.

¿Son los toros cultura? Para contestar a esa pregunta habría primero que responder a otra y es qué entendemos por cultura. Existen al menos dos definiciones generales de cultura que, creemos, pueden resumir cualquier otra. En la primera, de raíz antropológica, cultura es el conjunto de usos y costumbres de una sociedad determinada. En esta primera definición, sin duda alguna los toros forman parte de la cultura del mismo modo que el sacrificio humano para los aztecas o el campo de exterminio para los nazis, pues son usos y costumbres propios. Sin embargo, creemos que cuando los partidarios de matar toros hablan de esto se refieren al otro significado de cultura: algo que escapa al uso social y que se relaciona con un elemento superior de humanidad. Así, podríamos decir que en estos términos la cultura sería un elemento de distinción y enriquecimiento para los individuos, pues la idea sería que es mejor ser culto que no serlo ya que nos hace más humanos. Ahora bien, ¿enriquecen humanamente los toros? Si asistimos a su espectáculo veremos que la clave del toreo estriba en la violencia real, no ficticia, el sufrimiento también real y la humillación, otra vez real, de un animal. Así, la tortura sistemática producida hacia el toro, que comienza con la situación de estrés de verse encerrado para acabar en la muerte tras una tortura física de unos veinte minutos, solo añade más sufrimiento real al mundo y no parece enriquecerlo ni hacerlo mejor. Antes bien, la fiesta de los toros, o mejor: contra los toros que son los que fundamentalmente no disfrutan de la fiesta, no es sino la reproducción de aquello que ha sido la norma propia de la historia hasta ahora: la crueldad del fuerte sobre el débil. Es decir, si la cultura nos hiciera más humanos no parece que su camino fuera la repetición sistemática y programada de aquello que hasta ahora nos ha impedido serlo y contra lo que la misma cultura lucharía: la crueldad innecesaria. Y no vale aquí señalar que hay otros espectáculos crueles en el teatro o en las figuraciones –a través de asesinatos o violencia extrema- pues en ellos prima un hecho clave que está fuera de la llamada fiesta: la representación y fingimiento de dicha violencia. Efectivamente, en Hamlet mueren muchos personajes pero ninguna persona; en los toros mueren, y de verdad tras ser torturados, seres vivos. Por eso los toros no representan como las obras de arte sino que son el mundo: un lugar cruel y espantoso del que solo la cultura debería sacarnos. Y por eso, la cultura es ajena, por principio, al mundo de los toros –como lo es a este mundo-.

Pero, ¿no son los toros una tradición? Sí lo son. Y esto es sin duda, pero ahora la pregunta ¿y qué? Lo único que señala una tradición es que algo se ha mantenido en el tiempo con el permiso social de la clase dominante. Por ejemplo, ha sido tradición que los pobres pasaran hambre pero no se convirtió en ella seccionar limpiamente la cabeza de la aristocracia. Así, que algo sea una tradición no indica nada sobre su bondad o maldad. De hecho, el burka puede ser una tradición o la ablación y no parece, salvo distorsiones multiculturales, que representen elementos de cultura. Así, que algo cruel sea una tradición solo puede hablar mal del desarrollo histórico. Precisamente los toros son un ritual porque presentan la historia de la humanidad hasta ahora: crueldad. Además, seamos sinceros, que algo sea una tradición no quiere decir sino que ha sido una barbarie perpetuada.

¿Pero no comemos nosotros la carne? -ha quedado bíblico sin duda-. Pues evidentemente sí. Y la tomamos primero porque está muy rica. Y la tomamos también porque es sano e imprescindible. Efectivamente, no solo resultó clave en el proceso evolutivo del cerebro humano sino que además la ingesta de proteína animal resulta buena para el organismo. Es decir, la razón de que hagamos sacrificios animales para alimentarnos es que es necesario. No los matamos por placer. Y aquí surge, en relación con lo anterior, algo importante como es la distinción entre este dolor necesario y el ritual o el sacrificio de los toros o de cualquier otra fiesta de maltrato animal. En el sacrificio se consagra la forma de ser de las cosas y por eso tiene la idea de lo tradicional y acaba siendo un ritual y una tradición, sin embargo al asumir un mal necesario perpetuamente se busca la disminución del dolor y por eso hay progreso. Así, nosotros abogamos porque el animal sacrificado en el matadero lo sea de la forma menos cruel y dolorosa posible. Incluso opinamos que deberían prohibirse aquellas prácticas alimenticias, como el paté de ganso por ejemplo, que generan una relación entre el dolor del animal y la necesidad del producto desproporcionada. Sin embargo, el taurino festeja el dolor. Así no solo hay diferencia en la necesidad del hecho, entre los toros innecesarios y el matadero nutritivamente necesario, sino también en la forma. Al comer carne se lleva a cabo una necesidad donde la muerte del animal no se festeja; al hacer una corrida se celebra el dolor de la bestia –ahora nos referimos en la plaza solo al bovino-. Es la diferencia entre un anhelo de civilización y un deseo de permanencia en la barbarie.

Pero, muy bien, clama el partidario de la fiesta de -contra los- toros: ¿no tengo derecho a ejercer mi libertad? ¿No puedo ver lo que me plazca? Por supuesto, la libertad individual es fundamental en democracia y el estado no debe ser, como aquí ya hemos defendido, un padre moral. Y precisamente por ello no puede prohibir, aunque pueda determinarse como inmoral por cualquier persona, cualquier práctica admitida entre todos sus integrantes. Así, la condición para realizar libremente una acción es, precisamente, primero que sus integrantes, todos aquellos que de un modo u otro intervienen, tengan capacidad de dar su consentimiento; y, segundo, que efectivamente lo den. Por eso, por ejemplo, el estado puede y debe prohibir la tortura pero no las prácticas sadomasoquistas. Sin embargo en el mundo del toreo hay un ser al que nadie le pide opinión: al toro. Efectivamente la libertad de asistir a los toros implica, de hecho, matar a un ser que no ha hecho nada con el único motivo de divertirse. El toro es una víctima inocente que sirve para la humillación, de hecho se llama engaño, y la crueldad.

Cuando uno va, especialmente antes, a un pueblo le llama la atención el desprecio con que los lugareños tratan a los perros: el mío va a mi lado. Tal vez sea hora de volver a señalar que la verdadera humanidad no está en contacto con lo sencillo, con la naturaleza y demás porquerías sino en la sofisticación del pensamiento. Precisamente, lo humano está en ver ese documental donde por fin el león capturó a la cebra y sentir lástima de ella mientras el resto del rebaño vuelve a comer sin remordimiento alguno: solamente existe el del espectador. La cultura es sofisticación y aquella, a su vez, exige desear el fin del siempre presente sufrimiento. Es ingenuo pensar que prohibir los toros sea un gran paso pero debemos considerar también que al menos ya no habrá seis animales torturados, seis, cada domingo en cualquier lugar de España si esto se consigue. Ni más sangre ni más moscas.

lunes, agosto 03, 2015

TENER PERRO

Es interesante que el primer animal domesticado por el ser humano haya sido el perro. Efectivamente, si hemos de hacer caso a las investigaciones y debemos hacerlo porque saben más que nosotros, el perro convive con los seres humanos desde hace más de 15.000 años. Y decimos que es interesante porque puede comprenderse desde el ámbito puramente utilitario que hubiera animales que fueran domesticados con la finalidad de la ganadería y para conseguir productos alimenticios. Pero no es la utilidad, o al menos no es la única razón, por la cual ser humano y perro conviven desde hace tanto tiempo y siguen haciéndolo.

¿Por qué tener perro? Es absurdo pensar que la gente que tuvo perro  durante siglos no tuvo también una razón utilitaria. Sin embargo, resulta a su vez interesante que una vez ha pasado esa necesidad, en la inmensa mayoría de los casos, la gente siga teniendo perro. Por tanto, la pregunta mantiene su sentido.
                                              
Evidentemente, y en primer lugar, el perro significa compañía. Día a día, en los parques o en las calles se puede ver a ancianos cuyo único compañero es su mascota y cuya única obligación para levantarse y salir a la calle sin quedarse para siempre en su piso es tener que bajar a un cuadrúpedo a hacer sus necesidades y pasear juntos. El perro así no es ya sólo un complemento de la vida, como podría ser el coche o un bolso, sino un compañero en la misma.  

Pero hasta aquí parecería que aún perdura el interés para tener perro: me acompaña. Y, sin embargo, hay algo más.  Efectivamente, deberíamos preguntarnos, y preguntarme, por qué nos da más lástima un perro abandonado que un vagabundo. Tal vez sea porque consideremos, equivocadamente o no, que un ser humano podría ampararse por sí mismo mientras que un perro es un animal que nos necesita. Y tal vez en la idea de que el perro nos necesita, en ese pensamiento de que hacemos falta al animal, radique la clave de toda la relación de convivencia entre los perros y los humanos. Mientras que el gato se nos presenta como un animal independiente, el perro se nos figura como un animal dependiente, como un niño que nunca va a crecer y que por eso mismo necesita nuestro cuidado. El perro nos pide ayudarle en su desamparo.

Sí nos pusiéramos filosóficos podríamos señalar que en el perro vemos la propia limitación de la realidad, vemos la naturaleza como algo inconcluso y que sólo puede ser terminado por nuestra propia racionalidad dotándole de un sentido. En la mirada del perro al inclinar la cabeza hacia un lado demostrando no haber entendido nada de lo que ha pasado no podemos sino ver la idea de que sólo la racionalidad puede darle sentido a la realidad y que por esa idea de desamparo en lo natural nos sentimos llamados a ir al auxilio del ser que está desamparado. Superar lo que para la naturaleza sólo es selección natural para ayudar al desamparado está también en tener perro. Tenemos perro para ir más allá de la naturaleza. Tenemos perro para, también, humanizar el mundo.

Pero, a veces, filosóficamente debemos no ser filosóficos. Tener perro es también sentarte, que alguien venga hasta ti y se tumbe a tu lado. Porque sí. Porque el mundo es así un lugar mejor: más humano. Y volvimos a filosofar.

Hay gente que dice que los perros son mejores que las personas. Se trata sin duda alguna de un error doble. Por un lado, es un error en la esencia de la propia relación pues los dos elementos de la misma son incomparables. Efectivamente, es equivocado intentar comparar la bondad de un ser humano, que viene dada por el empleo de su propia libertad al menos en una gran parte, con la fidelidad del perro, que viene dada por su propio instinto. El segundo error es pretender dotar al perro de sentimientos humanos situándolo así en el fenómeno que se llama antropomorfización. Ciertamente, los perros no son seres humanos sino sólo perros. Pero son, nada más y nada menos, que perros. Y les queremos porque no son humanos sino perros.

Nuestro perro se llamaba Ethan Edwards. No es difícil averiguar que era un homenaje a esa obra de arte que es Centauros del desierto, de John Ford. Sinceramente diré que no era el más listo y en varias ocasiones nos ocurrió que él pasaba por un lado de una farola, yo por el otro y la correa se quedaba enganchada en el medio impidiéndole continuar y quedándose sin saber qué hacer. Orgulloso, reconozco que yo tardaba menos en solucionar el problema.

Ethan tenía diecisiete años y dos meses y quince días. El pasado 30 de julio, a las 4’20 de la madrugada lo sacrificamos para evitar su sufrimiento por una enfermedad repentina. Incluso en eso cuidamos su desamparo y fuimos contra la naturaleza, maestra de la indiferencia. Incluso en eso el perro, nuestro perro, nos hizo humanos.

Hay gente que cree que la muerte es un tránsito: la superstición es libre. Ethan Edwards ha dejado de existir. Han pasado 13.700 millones  de años desde el inicio de nuestro universo. Diecisiete años no son, desde luego, muchos en comparación. Pero, qué duda cabe, al caminar por la calle y pasar junto a una farola se echa de menos ayudarle a resolver por qué lado salir de ella.

Adiós, Ethan Edwards.           




miércoles, enero 30, 2013

VIDA INTERIOR/109: EL GATO NEGRO (o blanco, o pardo, o...)

¿Quién de nosotros no tiene una vida interior muy grande? ¿Y qué poeta no nos la cuenta una y otra vez? En esta sección mi alma se desnudará. Incluso he comprado una nueva para tenerla más grande. Porque, en el fondo, yo también quiero ser feliz.

Por fin se puede demostrar lo que siempre sospechamos. Lo sabía Poe (¿se imaginan El gato negro protagonizado por un perro oscuro?). Lo sabía yo. Ahora, lo pueden saber ustedes.
Los gatos son malos.
Y yo,no tengo tiempo de decir otra tontería.


sábado, marzo 24, 2012

¡¡¡OLÉ!!!

Voy en el metro y veo en las pantallas del vagón -es chulo el metro, ¿eh?- que la Comunidad de Madrid ha creado el Premio de Cultura en Tauromaquia para reconocer la fiesta nacional.
¡¡¡Olé!!!

Y que está dotado con 18.000 euros.
¡¡¡¡¡Ooooooooooléééééééééé´!!!!!

Y yo me pregunto, ¿lo puedo ganar un toro?

sábado, agosto 27, 2011

VIDA INTERIOR/84: VIDA AUTÉNTICA (Las fiestas del pueblo)

¿Quién de nosotros no tiene una vida interior muy grande? ¿Y qué poeta no nos la cuenta una y otra vez? En esta sección mi alma se desnudará. Incluso he comprado una nueva para tenerla más grande. Porque, en el fondo, yo también quiero ser feliz.

1.- Despertar con charanga
2.- Tortura de animales, generalmente toros. Animales por las calles. Además, hay también toros por las calles.
3.- Llegada a la plaza del pueblo. Se suelen soltar más animales. Además, suelta de vaquillas.
4.- Desayuno con vino.
5.- Vino.
6.- Romería de la Virgen del pueblo que es bien distinta de la del pueblo de al lado.
7.- Qué guapa está la virgen, ¿eh?
8.- Eh
9.- Más vino.
10.- Paso a la cerveza
11.- Comida.
12.-Están quedando bien las fiestas, ¿eh?
13.- Eh.
14.- Paso al gin tonic: ginebra de importación, abundante hielo, tónica de nombre raro y una rodaja de pepino.
15.-Cómo nos lo estamos pasando, ¿eh?
16.- Eh.
17.- Siesta.
18.- Anochece.
19.- Los anocheres en el pueblo qué bonitos son, ¿eh?
20.- Eh.
21.- Cena: vino y cerveza.
22.- Ya hay el doble de gente.
23.-Como la comida natural del pueblo no la hay en la ciudad, ¿eh?
24.- Eh.
25.- Baile.
26.- Gin tonic.
27.- Mira cuántas estrellas, ¿eh?
28.- ¿Eh?
29.- Cópula.
30.- Esto es vida, ¿eh?



martes, agosto 03, 2010

TOROS Y BARBARIE/ y 3

Un proceso clave del desarrollo de la civilización y la cultura debería ser la eliminación de todo sufrimiento, pero especialmente del innecesario. Por tal, se entiende aquel que o bien puede ser eliminado de forma absoluta pues su cometido carece de sentido -por ejemplo los sacrificios rituales con la muerte de seres vivos- o bien aquellos cuyo fin puede ser útil pero pueden ser paliados, por ejemplo empleando la anestesia en las operaciones quirúrgicas o en el parto -nota: eliminar el dolor del parto es clave en la emancipación humana sin duda alguna-. Así, al juzgar algo donde existe el dolor y, con él, sufrimiento deberemos pensar, básicamente, el para qué se genera ese dolor y, luego, si es que resulta inevitable pues con él se consigue algo provechoso, si puede ser reducido o eliminado. Y por tanto, al pretender criticar algo e incluso exigir su prohibición, deberemos plantearnos si ese objeto que criticamos es o no un sufrimiento innecesario posible de eliminar. Y no solo posible, sino civilizatorio el hacerlo.

Las corridas de toros son sin duda un espectáculo cruel. En él se da el sufrimiento de un animal para el regocijo de otros. La cosa a primera vista parece clara: la exhibición pública de un ser vivo para causarle dolor cuya finalidad es la mera diversión no debería sino producir repugnancia y tristeza moral. Sin embargo, hay gente, lo cual nos despierta cierta sorpresa, que defienden dicho acto amparándose en cuatro argumentos fundamentales: primero, que se trata de un acto cultural -incluso que responde a problemas existenciales profundos, según la ministra-; segundo, que es una tradición a respetar; tercero, que aquellos que comemos carne, bien rica que está por cierto, no podríamos criticar esto pues se trataría de lo mismo; y cuarto, que su prohibición implicaría ir contra la libertad personal de las personas en poder elegir este espectáculo u otro.

¿Son los toros cultura? Para contestar a esa pregunta habría primero que responder a otra y es qué entendemos por cultura. Existen al menos dos definiciones generales de cultura que, creemos, pueden resumir cualquier otra. En la primera, de raíz antropológica, cultura es el conjunto de usos y costumbres de una sociedad determinada. En esta primera definición, sin duda alguna los toros forman parte de la cultura del mismo modo que el sacrificio humano para los aztecas o el campo de exterminio para los nazis, pues son usos y costumbres propios. Sin embargo, creemos que cuando los partidarios de matar toros hablan de esto se refieren al otro significado de cultura: algo que escapa al uso social y que se relaciona con un elemento superior de humanidad. Así, podríamos decir que en estos términos la cultura sería un elemento de distinción y enriquecimiento para los individuos, pues la idea sería que es mejor ser culto que no serlo ya que nos hace más humanos. Ahora bien, ¿enriquecen humanamente los toros? Si asistimos a su espectáculo veremos que la clave del toreo estriba en la violencia real, no ficticia, el sufrimiento también real y la humillación, otra vez real, de un animal. Así, la tortura sistemática producida hacia el toro, que comienza con la situación de estrés de verse encerrado para acabar en la muerte tras una tortura física de unos veinte minutos, solo añade más sufrimiento real al mundo y no parece enriquecerlo ni hacerlo mejor. Antes bien, la fiesta de los toros, o mejor: contra los toros que son los que fundamentalmente no disfrutan de la fiesta, no es sino la reproducción de aquello que ha sido la norma propia de la historia hasta ahora: la crueldad del fuerte sobre el débil. Es decir, si la cultura nos hiciera más humanos no parece que su camino fuera la repetición sistemática y programada de aquello que hasta ahora nos ha impedido serlo y contra lo que la misma cultura lucharía: la crueldad innecesaria. Y no vale aquí señalar que hay otros espectáculos crueles en el teatro o en las figuraciones –a través de asesinatos o violencia extrema- pues en ellos prima un hecho clave que está fuera de la llamada fiesta: la representación y fingimiento de dicha violencia. Efectivamente, en Hamlet mueren muchos personajes pero ninguna persona; en los toros mueren, y de verdad tras ser torturados, seres vivos. Por eso los toros no representan como las obras de arte sino que son el mundo: un lugar cruel y espantoso del que solo la cultura debería sacarnos. Y por eso, la cultura es ajena, por principio, al mundo de los toros –como lo es a este mundo-.

Pero, ¿no son los toros una tradición? Sí lo son. Y esto es sin duda, pero ahora la pregunta ¿y qué? Lo único que señala una tradición es que algo se ha mantenido en el tiempo con el permiso social de la clase dominante. Por ejemplo, ha sido tradición que los pobres pasaran hambre pero no se convirtió en ella seccionar limpiamente la cabeza de la aristocracia. Así, que algo sea una tradición no indica nada sobre su bondad o maldad. De hecho, el burka puede ser una tradición o la ablación y no parece, salvo distorsiones multiculturales, que representen elementos de cultura. Así, que algo cruel sea una tradición solo puede hablar mal del desarrollo histórico. Precisamente los toros son un ritual porque presentan la historia de la humanidad hasta ahora: crueldad. Además, seamos sinceros, que algo sea una tradición no quiere decir sino que ha sido una barbarie perpetuada.

¿Pero no comemos nosotros la carne? -ha quedado bíblico sin duda-. Pues evidentemente sí. Y la tomamos primero porque está muy rica. Y la tomamos también porque es sano e imprescindible. Efectivamente, no solo resultó clave en el proceso evolutivo del cerebro humano sino que además la ingesta de proteína animal resulta buena para el organismo. Es decir, la razón de que hagamos sacrificios animales para alimentarnos es que es necesario. No los matamos por placer. Y aquí surge, en relación con lo anterior, algo importante como es la distinción entre este dolor necesario y el ritual o el sacrificio de los toros o de cualquier otra fiesta de maltrato animal. En el sacrificio se consagra la forma de ser de las cosas y por eso tiene la idea de lo tradicional y acaba siendo un ritual y una tradición, sin embargo al asumir un mal necesario perpetuamente se busca la disminución del dolor y por eso hay progreso. Así, nosotros abogamos porque el animal sacrificado en el matadero lo sea de la forma menos cruel y dolorosa posible. Incluso opinamos que deberían prohibirse aquellas prácticas alimenticias, como el paté de ganso por ejemplo, que generan una relación entre el dolor del animal y la necesidad del producto desproporcionada. Sin embargo, el taurino festeja el dolor. Así no solo hay diferencia en la necesidad del hecho, entre los toros innecesarios y el matadero nutritivamente necesario, sino también en la forma. Al comer carne se lleva a cabo una necesidad donde la muerte del animal no se festeja; al hacer una corrida se celebra el dolor de la bestia –ahora nos referimos en la plaza solo al bovino-. Es la diferencia entre un anhelo de civilización y un deseo de permanencia en la barbarie.

Pero, muy bien, clama el partidario de la fiesta de -contra los- toros: ¿no tengo derecho a ejercer mi libertad? ¿No puedo ver lo que me plazca? Por supuesto, la libertad individual es fundamental en democracia y el estado no debe ser, como aquí ya hemos defendido, un padre moral. Y precisamente por ello no puede prohibir, aunque pueda determinarse como inmoral por cualquier persona, cualquier práctica admitida entre todos sus integrantes. Así, la condición para realizar libremente una acción es, precisamente, primero que sus integrantes, todos aquellos que de un modo u otro intervienen, tengan capacidad de dar su consentimiento; y, segundo, que efectivamente lo den. Por eso, por ejemplo, el estado puede y debe prohibir la tortura pero no las prácticas sadomasoquistas. Sin embargo en el mundo del toreo hay un ser al que nadie le pide opinión: al toro. Efectivamente la libertad de asistir a los toros implica, de hecho, matar a un ser que no ha hecho nada con el único motivo de divertirse. El toro es una víctima inocente que sirve para la humillación, de hecho se llama engaño, y la crueldad.

Cuando uno va, especialmente antes, a un pueblo le llama la atención el desprecio con que los lugareños tratan a los perros: el mío va a mi lado. Tal vez sea hora de volver a señalar que la verdadera humanidad no está en contacto con lo sencillo, con la naturaleza y demás porquerías sino en la sofisticación del pensamiento. Precisamente, lo humano está en ver ese documental donde por fin el león capturó a la cebra y sentir lástima de ella mientras el resto del rebaño vuelve a comer sin remordimiento alguno: solamente existe el del espectador. La cultura es sofisticación y aquella, a su vez, exige desear el fin del siempre presente sufrimiento. Es ingenuo pensar que prohibir los toros sea un gran paso pero debemos considerar también que al menos ya no habrá seis animales torturados, seis, cada domingo en cualquier lugar de España si esto se consigue. Ni más sangre ni más moscas.

viernes, julio 30, 2010

TOROS Y BARBARIE/2

Hoy toca solo barbarie.

La Comisión de Trabajo e Inmigración del Congreso ha aprobado la reaccionaria, porque restringe derechos, reforma laboral de aquel que dijo que nunca, pero nunca, haría recortes sociales. Pero lo interesante no es esto, porque ya se sabe que hoy no hubo voto en conciencia sino solo el de pago, sino la reacción de la prensa que, comparando, no le ha dado ni la mitad de tiempo o espacio a este hecho

-por cierto, lo que me costó a mí entender la Teoría de la Relatividad y para ello recomiendo el libro de Landau ¿Qué es la teoría de la Relatividad? que a su vez alguien que sabe me hizo leer-

frente a la prohibición de la barbarie torera.


Tal vez, sea, porque como señala la ministra de cultura, los toros son un ritual que nos enfrenta a dilemas de la existencia muy profundos –yo no entiendo lo que quiere decir pero igual me faltan estudios-.

Eso, eso, dilemas de la existencia muy profundos -¿cuáles serán?, ¿cuáles serán?- y no preocuparse porque a uno le pongan en la calle de forma más barata. Por fin algo de cultura.


miércoles, julio 28, 2010

TOROS Y BARBARIE/1

Una cosa. Llama la atención en la votación de hoy en el parlamento catalán que los diputados de CiU y PSC hayan tenido libertad de voto. O sea, como se dice en lenguaje político, pudieran votar en conciencia. ¿Y el resto de las veces en qué votan? ¿Y cómo votaron el resto de los diputados? Y si no votan en conciencia siempre, ¿para qué tanto diputado? Porque igual esto se resuelve con una fórmula matemática de proporcionalidad y nos ahorramos una pasta.

Otra. Es una alegría que por lo menos en Canarias y en Cataluña no se pueda matar a un pobre toro para la diversión de la gente. Aunque se les pueda humillar o haya peleas de gallos. La misma barbarie.

Y una tercera. Mañana, más.


domingo, junio 07, 2009

UNA DE MERECIMIENTOS

David Attenborough gana el Premio Príncipe de Asturias: se lo merece. A muchos nos enseñó infinidad de cosas; al ave lira de Australia, en el vídeo, no le hizo falta para imitar los sonidos más extravagantes. Un consejo: hay que verlo hasta el final.
Y por todo, gracias señor Attenborough