domingo, noviembre 23, 2008

UNA DEL OESTE

Las películas del oeste son la épica de la Ilustración. En ellas se presenta la tarea que la modernidad se dio a sí misma: la creación por parte de los sujetos de un mundo justo. Se genera así la imagen permanente de la creación de un mundo donde las personas puedan, en frase siempre repetida, vivir, con todo el significado que tiene ese verbo, por fin en paz. Así, lo fundamental de las películas de vaqueros no es el mantenimiento del status quo, la sociedad vigente, sino la creación de un orden nuevo que implica precisamente la lucha contra ese status y su destrucción: no hay que conservar sino crear una nueva sociedad. De esta forma, la moral individual y social es la esencia de las películas del oeste.

Pero, ¿por qué entonces hay esa tristeza siempre presente en los grandes western? ¿Por qué, al contrario de como era el musical, otro maravilloso género genuinamente americano, el cine del oeste aparecía rebosante de melancolía? ¿Por qué surgía siempre ese sentimiento de culpa que asolaba a los personajes? Si uno repasa las películas más importantes de este género verá, con cierto asombro, un mundo cargado de pérdida y perdedores: pistoleros arrepentidos, vengadores cansados, borrachos que buscan una expiación, gente que una vez lo tuvo todo y ahora no tiene nada, el sheriff abandonados por su pueblo, granjeros que tienen una tierra desértica, prostitutas que sueñan con un marido e hijos,... Ese grupo humano, que se verá perfectamente resumido en los pasajeros del viaje formal y ético de La diligencia serán los que, de esta manera, pueblen la épica moderna. Y es, frente a dioses, héroes o caballeros andantes, un extraño grupo para plasmar los ideales de una epopeya. ¿Por qué ellos?

Tres elementos impregnan todo el ideario de las películas del oeste: la idea de justicia, el deber y el sentimiento de culpa. Y los tres se juntan en la construcción del mundo, pero de un modo diferente.

Los dos primeros, la idea de justicia y el deber, proceden de la tradición ilustrada. El hecho de que todos los buenos, buenos culpables sin embargo por algo, tengan unos principios morales profundos y lleven consigo una idea de justicia irreductible implica una diferencia ya con la épica clásica pues esta idea de justicia no es social sino individual. Efectivamente, lo que está en juego en la épica clásica es el honor, como se ve muy bien en su burla que es El Quijote. El honor es un término social referido al buen nombre y al prestigio ante los otros. Sin embargo, lo que se juega en los western es la dignidad -el cumplimiento del ideal que el propio individuo se ha hecho de sí-. Lo que busca el vaquero no es congraciarse con el sistema social reinante sino reconciliarse con el propio ideal de sujeto, reconciliarse consigo mismo. Pero, para hacerlo, no puede sino transformar el mundo. Efectivamente, el tan cacareado individualismo del cine del oeste no es tal, pues la acción del protagonista siempre se encamina a la comunidad y no a sí mismo. En su búsqueda de dignidad el protagonista debe realizar una acción que implica siempre lo externo. De esta forma, la tonta meditación trascendental y el mundo interior son ajenos al western pues el héroe se desarrolla en el mundo actuando sobre él: no es pues individualismo sino autonomía moral. El protagonista de las películas del oeste es un sujeto moderno y la idea de justicia que utiliza solo puede surgir de su propia razón. Por eso la posición social no sólo no importa, cosa que es fundamental sin embargo en la épica clásica, sino que al remarcar su carácter de marginación -pistoleros arrepentidos, borrachos, fracasados, prostitutas,...- se remarca esa distancia con lo social. El héroe del western se siente extraño ante el mundo pero, al contrario, no ajeno a él.

Y por eso surge la tercera idea, esa tristeza que impregna al western y que quien mejor ha sabido captar ha sido sin duda John Ford. Efectivamente, es el sentimiento de culpa otro elemento fundamental de este género. Y un sentimiento de culpa doble: por un lado el reflejado en sus protagonistas; por otro, el de la propia obra.

La expiación ante la culpa es una constante del cine del oeste y sus héroes. El peso de un pasado que ya no se puede resolver, como en el caso paradigmático del pistolero arrepentido, lleva a los protagonistas a una culpa que les acompaña. En la épica clásica el héroe está orgulloso de sí mismo, su linaje y su tierra; en la épica del western el linaje no existe y no hay hogar: el extrañamiento es total. Y este sentimiento de culpa está a su vez en el género. El western es un género fundacional y en concreto trataría, al menos superficialmente, del origen de los EEUU. Así, y en buena lógica patriotera, debería ser algo alegre y edificante –imaginen algo así en cualquiera de nuestras paletas autonomías-. Sin embargo la paradoja es que si hay una épica nacional antinacional esa es el western. Ciertamente, los personajes carecen de hogar y orgullo patrio. Pero aún hay más. El western se hace cuando el sueño ya ha terminado y la realidad social está lejos de cumplir ese mismo sueño fundacional. Si el western siempre defendió a los pequeños agricultores frente a la oligarquía ganadera al final la oligarqoía ha ganado y el mundo es, en el sentido de la metáfora, de los ganaderos.

Y así en el western late esa tristeza entre lo que la realidad es y lo que debería ser. Esa tristeza fruto de su propia conciencia de la realidad. Y es precisamente el surgir del desencanto, del enfrentamiento entre la realidad y aquello que debería haber sido la realidad, lo que hace triste las películas del oeste. El regusto amargo que dejan, con demasiados personajes que pierden aun después de haber cumplido con su deber o incluso mueren negándoseles cualquier recompensa – y sería interesante observar a este respecto como el western es el género en que más protagonistas o secundarios con papeles de bueno mueren o pierden todo- es así fruto de su propia constitución. Pues las películas son hechas en la actualidad, cuando ya conocemos que nada de lo prometido se cumplió, y con ellas presente se desvela esa diferencia entre lo que debería haber sido y lo que se es.

El western ha muerto como lo ha hecho la propia Ilustración. La desaparición del ideal de sujeto arrastra con él sus consecuencias. El cine del oeste nos ayudó a exigir la justicia y a sentir el deber. Nos dijo que más allá de nuestra felicidad existía esa misma justicia y la vida de otros. Y nos enseñó a sentirnos culpables porque el mundo no fuera hermoso. Todo era demasiado humano, en el sentido más noble de la palabra, para que perviviera ante el totalitaritarismo del desarrollo capitalista. Imposible así de recuperar, el western ha desaparecido y, como en su imagen mítica final, aquellos ideales que forjaron la esperanza ilustrada cabalgan hacia el crepúsculo.

2 comentarios:

Don Güapo dijo...

Nació con "La diligencia", vivió su zenit con "Centauros del desierto" y "Johnny Guitar" y murió con "Sin perdón"

En realidad ha muerto porque su génesis es local, su naturaleza no es intemporal y estéticamente es limitado. Por eso, aunque ha dado grandes obras cinematográficas, las mejores (El embrujo de Shangay, Tiempos Modernos, Blade Runner, Dersu Uzala, Casablanca -que tiene algo de western- El Padrino, o Fanny y Alexandre entre otras), no son de ese género.

Le pasó como al cine musical. Aunque esperemos que no resucite con un High Schooll Musical...

odradek dijo...

Como forma narrativa, el western sigue bastante vivo, tanto en el cine como en la novela. Las famosas noveluchas del oeste que alquilaban los quioskeros -en Italia aún se leen-, la premiada Brokeback Mountain -novela y película-, el homenaje de Baricco en City u otra novela como El hombre que se enamoró de la luna así lo prueban.

Otra cosa es que poco o nada tengan que ver con el mundo de John Ford o que puedan clasificarse y calificarse como postmodernas, líricas, gayas o etcétera y carentes por supuesto de los ideales del sujeto moderno y el llanero solitario (aunque no de un cierto sentimiento de lo humano y de una idea de la justicia y la comunbidad), pero el western como atmósfera y continente, como mundo narrativo, sigue bastante vivo.

Y la modernidad?
Depende de la soberbia del moderno.

Yo, por no ser absoluta ni relativamente absolutista lo veo todo desde un relativo relativismo (de camino, me temo, hacia el más absoluto relativismo) y creo que diagnosticar la muerte del western o de la novela o proclamar el fin de la historia son decisiones discursivas caprichosas pero interesadas que expulsan de la realidad la parte que ignoran o que voluntariamente quieren ignorar. Me temo que es el caso.

¿Atención selectiva de una memoria histérica? ¿O una necesidad de atrezzo discursivo para esa clase de filósofos que, como curas laicos, pueden llegar a coincidir con los no laicos sobre la conveniencia del olvido selectivo para una memoria selectivamente amnésica?

Cosas veredes.