lunes, abril 29, 2013

EL VELO Y LA ESCUELA


Comencemos por una declaración de principios: somos radicalmente contrarios al velo islámico. Lo consideramos un atentado fundamental contra la libertad no solo de la mujer sino universal. Hagamos otra declaración de principios: consideramos que todos los centros educativos deberían estar obligados por ley estatal a permitir su uso en el centro y, con ello, por supuesto a llevarlo puesto en el aula.
¿No es una contradicción? No, es coherencia. Y vamos a explicarnos.

¿Cuál es la finalidad de la educación en una sociedad democrática? La finalidad de la educación no puede ser neutral. De hecho, la educación no es ni puede ser aséptica: se educa para algo. Así, se debe educar en democracia para formar ciudadanos. Y esto es muy importante. La diferencia fundamental entre educación y socialización es que indudablemente la educación socializa pero no de cualquier manera. Toda integración social es socialización pero no toda socialización tiene el ideal ilustrado de la educación. Incluso, a veces hay que educar contra la sociedad. La educación tiene así un nivel cualitativo determinado y superior. La socialización es la integración pura, independientemente al valor cultural o moral de dicha integración. Sin embargo, la educación debe pretender integrar de una determinada manera cultural y moralmente superior. Así, la educación en democracia tiene un objetivo concreto que es la formación de la ciudadanía. Y la ciudadanía en democracia debe tener, también,  una forma de ser determinada: autonomía y pensamiento crítico. Por eso, la educación democrática no puede ser  neutral: la educación debe ser, y este es un término moral, también contra el velo. Pero volvamos, ¿por qué entonces permitirlo en el aula?

En primer lugar señalaremos que permitir legalmente algo no es estar necesariamente a favor de ese algo  y  tan siquiera de respetarlo: aquí no hay respeto alguno al bárbaro islam y su incultura. Sin duda, y como cualquier otra religión, el islam tiene un contenido de barbarie importante, mayor por cierto que el cristianismo. Pero cuando abogamos porque las niñas musulmanas puedan llevar el velo en clase no nos referimos a un afán de defensa multicultural: contentos estaríamos si pudiéramos ver tantas cultura como algunos señalan. Hay una diferencia.

Las ideas, y las religión es solo una idea y encima bastante absurda, no resultan en sí mismas respetables. Tampoco son respetables por sí mismas las culturas. Las personas, sin embargo, son respetables a priori. La diferencia es importante. Las ideas se pueden atacar desde la más acerba crítica; las personas deben respetarse. Por ello, podremos criticar lo que ha devenido como  barbárica religión musulmana –que cuando fue fundada, también por cierto, era progresista pero ya no- pero deberemos tener un respeto a los musulmanes. Pero, dicho respeto tampoco debe cegarnos sobre las consecuencias de sus atrasadas costumbres –uy lo que estoy diciendo-. No es, por tanto, el deseo de respetar otras culturas –en realidad: otras barbaries-  la razón que hace que defendemos la presencia del velo en la escuela.

También es cierto que un estado democrático, a diferencia de uno teocrático, no debe imponerse sobre sus ciudadanos. Sin embargo, en el ámbito concreto de la educación eso no es así. La educación es imposición, nos guste o no. La ñoña idea de que en la educación no hay imposición lleva a problemas irresolubles en el sistema educativo y a defender, de forma involuntaria seguramente, el triunfo definitivo de la socialización como la integración pura anteriormente citada. Así, las clases sociales bajas se soñarán como tales –ver Sálvame y hablar con la Jessica y el Jonathan- y las altas como dirigentes: conservadurismo social perfecto. Efectivamente, defender que en la educación no debe haber una imposición es defender, en coherencia, que solo debe contar la educación de la familia y del contexto y, con ellas, la división social que implica que la cultural se perpetúe. Es defender, en el caso que nos ocupa, que las niñas musulmanas deben llevar velo para siempre.

Pero, si defendemos que la educación es imposición ¿no sería la más efectiva la prohibición del uso del velo en la escuela? No y por tres razones distintas: la primera y la segunda son una razón práctica y otra educativa que se juntan; la segunda, y la más difícil de explicar bien, de humanidad.

Nos guste o no el velo musulmán es para quien lo lleva una cuestión de identidad personal fundamental: ella no se identifica sin velo. Un velo no se lleva por estética caprichosa -como sí se hace con la gorra del alumno horterilla que si la moda fuera llevar boina llevaría boina o casco romano o de bombero porquemolamazo- sino porque la niña cree, equivocadamente, que forma su propio ser como algo permanente. Si se le obliga a quitarse el velo en el aula lo que se hace es decirle implícitamente que la escuela no es su mundo pues le niega su –falsa- identidad. Así, la niña verá la escuela como aquello  que la impide ser un yo. Pero, además, como el velo surge en la vida en un momento concreto -con la pubertad momento a partir del cual por lo visto los buenos musulmanes no pueden ver ya a una niña sin excitarse- la niña, integrada hace tiempo en la escuela, ve como se rompe esa relación con el mundo educativo que hasta entonces había llevado sin problemas sin que ella haya cambiado nada: era una buena musulmana y lo sigue siendo. Así, volvemos atrás, solo comprende una cosa: si quiere ser ella misma –en esa falsa concepción que tiene de sí misma- la escuela ahora es su enemiga. Con todo esto, la prohibición del velo  produce el enfrentamiento de la niña con aquella institución que debería rescatarla de la superstición y hace imposible, de esta forma, el cambio en su opinión. Prohibir el velo hace que la niña deje de escuchar a la escuela porque es su enemiga irreconciliable y la educación –llevada ahora adelante por los profesores puros- se convierte en cómplice pasiva del secuestro de la identidad femenina porque ya solo ofrece enemistad al sujeto cautivo. Por ello, prohibir el velo es educativa y prácticamente un error.

Pero, además hay otro elemento fundamental: la compasión. La compasión tiene una mala prensa inmerecida. Nosotros entendemos por ella un sentimiento por el cual se juzga al  individuo desde algo que es distinto a su comportamiento propio y que se considera mejor que aquella idea que le ha llevado a comportarse así. Por ejemplo: sentimos compasión por las niñas musulmanas que llevan velo porque no las juzgamos desde su propia perspectiva islámica sino desde una que consideramos mejor. Pero, no es solo eso pues sino la compasión y un sentimiento de superioridad hacia el débil –la mirada olímpica de los dioses griegos ante los mortales- no diferirían demasiado. Efectivamente,  la auténtica compasión, el sentir con el otro, se da cuando se es capaz de  comprender el dolor del individuo porque en sus circunstancias se es consciente de que nosotros actuaríamos igual. Ejemplifiquemos: creemos que si fuéramos niñas nacidas en un ambiente estricto musulmán acabaríamos llevando velo. Y eso nos separa de los puros que se consideran a sí mismos como inmunes a toda circunstancia social. Como sabemos que las circunstancias sociales hacen también al individuo, sentimos con las niñas musulmanas que la culpa no es suya sino del ambiente. Y por eso queremos cambiar su ambiente por otro donde la razón, y no el sentimiento supersticioso, sea el modelo. Pero, para eso queremos que las niñas estén ahí. No queremos esconder el problema, como hacían los otros puros con los leprosos, sino acabar con el problema, como hace la ciencia con los leprosos. Por eso, en nuestra compasión no hay sentimiento ñoño sino, al contrario, una petición racional: queremos ayudar.

Este artículo lleva más de 1200 palabras. Las niñas víctimas de la barbarie islámica merecen más. Solo decimos a los profesores comprometidos y puros –esos profesores que no quieren en sus clases a alumnas con velo y luego siguen contando que ni a alumnas torpes, o a alumnas que no tengan nivel para estar ahí, o a alumnas que no entiendan nada,… - que  nosotros indudablemente no somos tan comprometidos como ellos, ni tan integradores como ellos, ni, en fin, defendemos los derechos de la mujer como ellos. Nosotros solo queremos que en la escuela entren todos para intentar, al menos, que esas niñas musulmanas dejen de llevar velo. No es gran cosa sin duda pero, también sin duda, es nuestro trabajo.


domingo, abril 28, 2013

VIDA INTERIOR/114: AMOR A LOS COLORES (o: sí, soy un idealista).

¿Quién de nosotros no tiene una vida interior muy grande? ¿Y qué poeta no nos la cuenta una y otra vez? En esta sección mi alma se desnudará. Incluso he comprado una nueva para tenerla más grande. Porque, en el fondo, yo también quiero ser  feliz.


video

Por lo visto el Real Madrid me necesita el martes para remontar.
Espero ansioso empezar a discutir la prima.

jueves, abril 25, 2013

LA NOTICIA DEL DÍA




La auténtica noticia de hoy es esta
Curiosamente, los más radicales y rebeldes decidieron asediar, poquito, el congreso justo hoy que se iban a publicar los datos de la EPA.

domingo, abril 21, 2013

SOCIALISTAS EN RED: RESUMEN SEMANAL

Parece que fue la semana pasada...

Nota: observese el ingenio de poner el enlace en los puntos suspensivos. Superándome día a día.

miércoles, abril 17, 2013

ANÁLISIS SOCIAL Y ANÁLISIS MORAL (y más marxismo)/1


La historiografía antigua tenía una idea central clara: la historia la hacían los grandes hombres. Por eso, las obras históricas tenían como principales protagonistas a los héroes, inventados o reales, que a través de sus hechos marcaban el devenir histórico. Así, consecuencia del régimen de producción esclavista –nota: obsérvese la consigna marxista sin demostrar ni nada- lo que importaba era la vida de los amos y la sociedad se conformaba de acuerdo a ella. Además, a esta idea se unía que no existía la conciencia de progreso y, por tanto, en realidad los héroes no hacían tanto historia, en cuanto a que nada iba a cambiar sustancialmente, como particulares hazañas.

El comienzo de la transformación intelectual en este campo de la comprensión social y de la historia se inicia con el Renacimiento y tiene un nombre paradigmático: Maquiavelo. Maquiavelo explicita algo fundamental. Hasta él, el héroe tenía el poder porque debía tenerlo, no había duda sobre ello y esa idea moral de que lo que ocurría debía ocurrir, deber ser,  no era tanto un juicio moral como social: le correspondía tenerlo por su pertenencia a la oligarquía –la aristocracia: el poder de los mejores como exponía su etimología-. Y esto era, además y fundamentalmente, parte del orden natural del universo. Sin embargo, Maquiavelo  presenta un ideal distinto: el poder se toma. Esta toma de poder se da además no desde las cualidades propias de un héroe –como el honor, la lealtad, etc-  sino desde la astucia y la fuerza. El príncipe no era tal correspondiendo con el orden del universo, sino porque siendo astuto y fuerte conquistaba y defendía su mandato. Maquiavelo da así un paso importante: el poder no es un deber  ser que coincide con el orden natural puesto por la divinidad de turno sino un hecho que  se puede reducir al análisis político y social.

Pero hay aún en el pensador florentino una idea de hazaña: son los individuos extraordinarios, Borgia o Fernando el Católico, los que conforman la sociedad. Precisamente esto es lo que romperá el Liberalismo. La idea central del pensamiento liberal es doble: primero, la sociedad es el conjunto de los individuos; segundo, existe el progreso y por tanto cabe reconstruir la sociedad desde esa perspectiva de sumatorio: es la idea de contrato social para fundar una sociedad nueva. Así, los liberales rompen con los grandes hombres de la historia y con la concepcion clásica. Ni creen en que la sociedad se conforme con los grandes hombres  ni creen, aquí como Maquiavelo, que se corresponda el poder social con el deber ser: por eso hay que hacer el contrato y se puede cortar la cabeza al rey -incluso dos veces teniendo cuidado, eso sí, de que sean dos reyes distintos-. Sin embargo, aún permanece la visión subjetiva pues la sociedad es la suma de los individuos aislados. Así gente buena y honrada tendría como consecuencia una sociedad buena y honrada. Por ello, por ejemplo, la Constitución de Cádiz de 1812, de raíz liberal, señalaba que los españoles debían ser “justos y benéficos”, pues esa sería la garantía de una buena sociedad.

Comte, el pensador francés de la primera mitad del siglo XIX, es un filósofo injustamente tratado. Es, sin duda, uno de los grandes y sin embargo suele ser menospreciado mientras se alaba a otros autores mucho menos interesantes que él. Entre las cosas fundamentales que legó Comte, y hay muchas, figura sin duda la creación de la sociología. Efectivamente, Comte es el primero que comprende que el análisis social no puede reducirse a creer que el colectivo no sea más que la mera suma de los individuos y sus características: es el primero que supera la idea subjetiva de sociedad. Así, Comte con su idea de sociología  supera el análisis liberal que pretendía que una sociedad no era nada más que el sumatorio de las distintas personalidades de sus integrantes. Frente a esto, para Comte la sociedad, y los grupos sociales que a su vez la conforman, adquieren categoría de sujeto de la  acción y, consecuentemente, deben ser estudiados como  tales pues poseen reglas propias y acciones que son independientes a la voluntad de sus particulares. Para entendemos, Comte piensa –si fuera periodista deportivo y si un periodista deportivo pensara- que no por tener, uno a uno, a los mejores jugadores del fútbol se tiene necesariamente el mejor equipo -que se lo digan al inútil de Mourinho-. O si fuera pedagogo –y, sí, otra vez pondría lo de antes-, que una clase no es la suma de sus alumnos sino una realidad propia que debe ser analizada como una unidad. Comte, en definitiva, es el primero que supera la idea de la sociedad como un mero agregado de elementos y comprende que tiene unas reglas propias independientes: la sociedad como unidad es el sujeto de estudio.

A partir de ahí, esta misma idea de Comte comienza a impregnar el análisis sociológico. Y con él a Marx. Efectivamente, el análisis que realiza Marx del Capitalismo es un análisis alejado desde sus orígenes de que este pueda ser explicado reduciéndolo a las circunstancias personales de sus integrantes. Incluso cuando Marx está aún realizando un análisis fuertemente clasista presentando a las clases sociales como las que constituyen la clave del Capitalismo -antes de empezar a comprender que el capitalismo es un sujeto independiente incluso de los intereses concretos de tales grupos- estas clases sociales no se conforman de abajo a arriba, de acuerdo a un proceso inductivo donde de las características de los individuos particulares surge la condición general del colectivo tal y como haría un liberal, sino de arriba a abajo: las clases sociales son entidades sociales  objetivas de acuerdo la posesión o no de los medios de producción y por tanto deben estudiarse y analizarse no tomando en cuenta las características de cada individuo sino como las de un único sujeto. Para Marx, y esto es clave en este Marx, los burgueses no forman la burguesía sino que la burguesía forma a los burgueses. Los proletarios no forman al proletariado, sino que el proletariado forma a los proletarios. Por ello, Marx evita, en consecuencia lógica, establecer criterios morales personalizados para cada uno de los miembros de estas categorías sociales pues sería absurdo. Para Marx, no importa lo que cada individuo de una clase piense o cómo actúe sino qué interés concreto tiene su clase social.  Podrá haber burgueses bondadosos –como hay, por cierto, empresarios hoy en día perdiendo dinero y evitando con su patrimonio personal echar a la calle a sus empleados- y proletarios malvados pero eso no es importante para el análisis de la sociedad. Lo que interesa es saber cómo actua la burguesía como tal sujeto único o el proletariado como tal sujeto, también, único. Lo que importa, al menos en esta etapa inicial del marxismo de Marx, es la clase social y su interés como tal clase.

Pero, incluso una vez superado el análisis clasista Marx posteriormente irá aún más lejos. Ahora, verán qué listo soy, vamos a hablar de Hegel. Hegel es un filósofo alemán del primer tercio del siglo XIX. Es famoso porque escribe raro -encima en alemán- y cuesta comprenderle: bueno, es que no escribe muy bien. También es famoso, pero menos, porque desarrolla la dialéctica. A partir de ahora si hay un filósofo -hay gente que firma así- en  la sala se va a enfadar y más si encima entendió algo de Hegel aunque esto reduce mucho el campo de acción-. Pero como dicen en ese maravilloso blog que es El Tamiz: antes simplista que incomprensible.

La Ilustración había dado a la razón su máxima importancia señalando cuando menos el anhelo de un mundo gobernado por ella. Así, por ejemplo, la razón había llegado a explicar el mundo natural, con Newton, que hasta entonces se le presentaba oculto. De esta forma, el discurso de progreso ilustrado presentaba que la razón iría así conquistando cada vez más espacios y, por tanto se sabría más. Hegel hace a partir de esto algo parecido a lo de Comte al independizar la razón de los individuos concretos. Para él, la Razón se convierte en un sujeto en sí mismo, como si fuera un espíritu, que al ir recorriendo la historia va conquistando nuevos espacios de conocimiento. Así, el desarrollo histórico es el desarrollo de la Razón -diga usted del Espíritu y epate a sus vecinos- hasta que se llegue a conocerlo todo y hacer toda la realidad racional  -diga usted llegar al Espíritu Absoluto y tendrá a sus pies a la vecina buenorra-. Los individuos concretos son así instrumentos de ese desarrollo de la Razón.

Además, añade Hegel, este desarrollo de la Razón no se genera desde fuera, por motivos ajenos a esa misma razón, sino que surge desde ella misma de una forma que Hegel llama dialéctica: del mismo modo que un niño, e incluso un ser humano, va desarrollando su cerebro que ya está en él sin añadirle nada externo pero al hacerlo renuncia a sus anteriores etapas no puede ser adulto y niño a la vez- o las matemáticas se desarrollan desde ellas mismas, la razón se despliega desde sí misma a lo largo de la historia hasta llegar al conocimiento absoluto. El espíritu, esa razón, es por eso el auténtico sujeto de la historia. Y ahora pedimos perdón a Hegel y volvemos a Marx.

Marx recoge esta idea de despliegue de la razón pero cambia al protagonista: pone la dialéctica boca abajo. Lo que se ha desarrollado en la historia -Hegel entérate- y ha sido a su vez causa del desarrollo histórico, no ha sido la razón sino las formas de producción -el esclavisrno, feudalismo o capitalismo- y por ello hasta ahora el sujeto de la historia ha sido estas formas productivas y no los individuos que han sido instrumentalizados por ellas. Y esto sigue pasando ahora, añade Marx, y con mayor fuerza en el Capitalismo. El Capitalismo no es el resultado de los malvados burgueses avariciosos e insolidarios sino que la burguesía y el proletariado son el producto del Capitalismo. Y aquí está el cambio con el anterior Marx: no es que burguesía y proletariado formen el capitalismo, cosa que se defendía antes, sino que el capitalismo forma a la burguesía y al proletariado y, así, a todos y cada uno de los seres humanos. El sujeto de la historia actual no es los empresarios o el pueblo, sino el capitalismo que tiene leyes propias y objetivas. Los hombres no hacen libremente ni su historia ni su vida y por eso, para ser libres todos, hay que hacer la revolución. Y con ella se pasará de la prehistoria a la historia de la humanidad.

¿Y a qué viene todo este rollo? Aparte de a demostrar lo mucho que sé –una barbaridad, oiga y si yo le contara- a algo más. Hay dos formas de entender, por tanto, la sociedad. La primera es aquella que defiende que la sociedad es la suma de sus individuos y por tanto hay una conexión necesaria entre como sean estos y cómo resulte el resultado final: es la idea liberal –y, curiosamente, en cierta medida la anarquista-. La segunda, explicada aquí, es aquella que defiende que la sociedad es un sujeto propio con leyes autónomas, independientes a los individuos. Ninguna de las dos, quede claro, excluye el juicio moral pero son juicios morales muy diferentes. Y hay una que es progresista, aquella que defiende la objetividad social, y hay otra conservadora, la que defiende la sociedad como la suma de sus miembros. Pero ahora, curiosamente, se está desarrollando desde la izquierda la segunda opción de raíz liberal  y, eso, es estéril políticamente y socialmente peligroso. Pero, si alguno sigue ahí, lo analizaremos en otra entrega para explicarlo.

miércoles, abril 10, 2013

ANTE LA MUERTE DE LA SEÑORA THATCHER


Yo es que soy muy rarito.

No puedo calificar moralmente a la señora Thatcher porque no la conocía.

Solo puedo decir que sus ideas políticas me parecían nefastas e inmorales y que su acción política no me gusta un pelo. Puedo decir que toda su actividad en el gobierno británico, excepto la guerra con Argentina paradójicamente, fue en beneficio de la oligarquía. También puedo decir que llegó al poder porque ganó unas elecciones.  Y que gobernó en contra de la propia democracia entendida como un sistema de convivencia social.  En fin no puedo decir nada bueno de su acción política.

Pero, de ella como persona no puedo decir nada bueno ni nada malo: no la conocía. No sería justo insultarla personalmente. Y tampoco después de muerta.

No sé, a veces noto que me falta aire revolucionario para escribir.

lunes, abril 08, 2013

MORAL, POLÍTICA Y ESCRACHE


1.- La reciente utilización de eso que se llama escrache ha generado una cierta polémica. Como todo, es la caducidad de cada mercancía, acabará pronto, así que es importante tratarlo. Pero tal vez corresponda no tratarlo solo como un hecho concreto de desahucios sino como algo que implica más. Y este algo que subyace es, creemos, la clave para apoyar o no los escraches.

2.- La gente que apoya el movimiento de los escraches suele hacerlo desde una perspectiva –por decirlo así-  humanitaria: ante el drama real y cotidiano de los desahucios algo hay que hacer. Pero, esta perspectiva del activismo deviene en falsa siempre en política. No se trata de que algo hay que hacer sino de que hay que hacer lo correcto en un doble sentido: primero, como acción eficiente; segundo, como acción que responda a un correcto código moral. La pregunta por tanto es si el escrache es una correcta práctica política y moral.

3.- ¿Qué es un escrache en la actualidad? Consiste en que un grupo de personas se presentan en la casa de un político que no apoya sus ideas –en este caso concreto la Iniciativa Legislativa Popular presentada por la Plataforma de Afectados por las Hipotecas- y por ello se le insulta y presiona al tiempo que se advierte al resto del edificio del carácter inmoral de su vecino. Observese esto. Al político no se le discute su error o su equivocación al no apoyar las teorías del grupo en cuestión sino que se remarca su inmoralidad.  Así ocurrió, y en un ejemplo que es categoría pues se trata de algo premeditado y no un arranque emocional, cuando la presidenta de dicha plataforma, la señora Colau, fue al congreso a hablar y calificó al representante de la banca como criminal. Es decir, como no defendió lo que ella defendía no podía caber duda: era un criminal. Y luego la masa indignada irá a su casa y gritará mirando también a las ventanas colindantes.

4.- Criminal, ladrón, asesino... Calificativos morales.  Y aquí empieza lo interesante verdaderamente. Los escraches, como casi todo el discurso lanzado últimamente desde la autoproclamada izquierda, reducen la política a una discusión moral sobre comportamientos individuales: los que no piensan como ellos son ladrones o asesinos. Los que no les apoyan fielmente son cómplices del mal. El mundo se divide en malos y en buenos –y estos son pero que muy buenos e irreprochables-.

5.- La primera consecuencia de esto  es que lógicamente, al presentar todo como una situación moral reducida a los comportamientos personales –no un análisis moral de las ideas- hay un juicio sobre el bien o el mal para dichos comportamientos individuales. No hay ideas erróneas o correctas sino maldad o bondad personal.  
Y esta maldad o bondad no se refiere a un juicio sobre las ideas sino que se juzga a los sujetos que las mantienen. No se señala las consecuencias morales de las ideas sino que quien mantiene una idea determinada es buena o mala persona. Así, la conclusión política, segunda consecuencia,  es que hay personas buenas y malas de acuerdo a su adscripción a unas ideas políticas u otras. Las buenas, lógicamente, serán aquellas que tengan las ideas moralmente buenas. Las malas, es fácil de adivinar,  serán las que mantengan las ideas equivocadas. Resumen: nosotros somos los buenos y ellos son los malos.
 La tercera consecuencia es que se produce así, paradójicamente, un reduccionismo de lo moral. La moral queda reducida a juzgar vidas completas por ideas concretas defendidas. Un triunfo de la moral, sin embargo, fue defender que la intención, y no el acto, era el fundamento para el juicio sobre la moralidad de las acciones; ahora, en el infantilismo de la autoproclamada izquierda, la vida de una persona puede ser juzgada por una idea defendida sin ni tan siquiera conocer qué argumentos se dan para ello.
Y, la cuarta consecuencia, conclusión de las tres anteriores a su vez, es que la política se va a identificar, a confundir sería mejor,  con ese reduccionismo moral. No hacen falta ya desarrolladas argumentaciones políticas  ni un complejo discurso que distinga ideas defendidas de acciones realizadas. Basta una moral primitiva basada en la emoción y hablar con ese tono curil característico, como si a uno le doliera cada niño pobre.

6.-  Pero, ¿estamos nosotros en contra de que política y moral se relacionen?
Las ideas políticas -y las económicas, históricas, científicas, artísticas y de cualquier otro índole- tienen sin duda un contenido y un significa moral. Esto no es lo falso. Pero es que esto no es tampoco lo que se señala en estos movimientos. Lo que se dice en ese empleo de los términos por parte de la autoproclamada izquierda, y en el escrache, es que defender o no defender unas ideas va necesariamente unido a un juicio moral sobre la persona que en concreto piensa así. Es decir, que el juicio moral no se refiere a las ideas como teoría sino a las personas en concreto y a su comportamiento vital. Por eso, volvamos al ejemplo, la señora Colau puede deducir el carácter moral del representante de la banca: si defiende ideas distintas a mí es, sin duda, un criminal y hasta le tiro casi un zapato.

7.- De esta forma la moral infantil sustituye al discurso político y la política deja de estar dividida entre oponentes ideológicos, personas que piensan distintos pero que conviven y para las que es necesario construir una sociedad donde todos puedan convivir, para pasar a ser un mundo de enemigos personales. La sociedad así ya no es un lugar de convivencia para esas personas distintas sino coto de caza del diferente. Pensar distinto es ser el malo. Y, por qué no decirlo también, esto mismo lo ha dicho el PP: los de la Plataforma son de ETA.

8.- Y esto tiene una curiosa lectura política. Efectivamente, esta ideología política lo que hace en realidad es defender implícitamente que las instituciones sociales y la misma sociedad son solo la suma de cada uno de los individuos y no realidades objetivas. Esta idea, que es la clave para el liberalismo o el infantil anarquismo –lo sé, alguien se ha indignado- no es sin embargo asumible para explicaciones sociológicas algo más elaboradas. Así, como en el ñoño anuncio del derechista gobierno de Madrid sobre que la comunidad es la suma de todos, en esta teoría subyace el viejo concepto liberal de que la sociedad no es más que la suma de sus individuos. El capitalismo es malo –pero mazo de malo- porque los banqueros son malas personas –pero mazo de malas-.  Y se acabó el análisis.

9.- Pero hay algo peor que ser un liberal. Efectivamente, la teoría aquí analizada, la sustitución del análisis político por una simpleza de buenos y malos, tiene un efecto en la práctica social claro. Si la sociedad se divide en buenos y malos, la única forma de acción coherente entonces es la eliminación social, o física, de los malos. Si el adversario político  -es decir: quien no piensa como uno- lo es por su inmoralidad personal es lógica la solución de su extirpación  social.

10.- Lógicamente, ninguna de las personas que participan en los escraches desea esto -bueno, menos los de Batasuna que ya tienen experiencia. Pero lo importante es que políticamente hablando el escrache y, con él, el discurso político de la actual izquierda es políticamente irrelevante. Y no lo es curiosamente por incapacidad, pues la propia ILP resulta bastante interesante para iniciar una discusión y análisis desde una perspectiva de izquierdas, sino porque lo que subyace en cualquiera de sus discursos, incluso en los interesantes como el ya citado de la ILP, es el presupuesto presentado en el punto  4 de este escrito: la sociedad es el conjunto individual de buenos y malos. Y aquí se ve el carácter absolutamente ñoño de todo este pensamiento. Podrán crear una fe pero no un discurso político.

11.- El domingo, en un edificio ocupado cerca del cementerio de la Almudena (Madrid), estaba puesta una pancarta: La  ILP no se toca. Al lado del edificio, unos señores y señoras tomaban unas litronas mientras escuchaban algo así como música a todo volumen con una vestimenta que sin duda era de atrezo. Cerca de allí, alguien además había colocado una pegatina: Barrio antifascista. Al que pillemos lo vamos a hostiar.   Canta la Internacional que la tierra será un paraíso, patria de la humanidad. Que recuerde, no dice nada sobre el ideal de un cementerio. 

miércoles, abril 03, 2013

SOBRE LA IGUALDAD

Resulta que a un imputado se le llama Iñaki.
Resulta que a otro imputado se le llama Doña Cristina.

Resulta curioso.