Y en estos tiempos de rancio nacionalismo, les hablamos de tradiciones ancestrales y de su invención moderna: el espíritu de un pueblo es un producto de marketing.
En #RadioSofía, en Radio Municipal de Casares.
#EPMesaEstrellaFolclórica
"Ilustración es la salida del hombre de su culpable minoría de edad."
Decíamos ayer, homenaje a un asceta, que la mística, y con ella la superstición, están de actualidad. Podemos ver que hasta una estrella como Rosalía producida por una factoría multinacional, lo que por cierto no habla de su calidad para bien ni para mal, la ha exaltado en su último disco. Y Byung Chul Han también ha presentado la mística como una posible rebeldía, rarita conclusión, al mundo actual. Se trata, por tanto, de lo que podríamos llamar, sin riesgo de equivocarnos, una moda.
Y las modas deben tener causas.
Porque en una sociedad donde el consumo es la clave fundamental y existe el
materialismo en su sentido más peyorativo, y no en su sentido glorioso,
filosófico e ilustrado, se vuelve a poner de moda la mística. Pero, para
contestar al por qué de esto, debemos de nuevo dividir nuestra respuesta en dos
partes. Primero, señalar qué tipo de mística es la que se está presentando en
la actualidad y si es exactamente igual que la mística tradicional. Y segundo,
explicar entonces por qué esa mística tan concreta es la que se ha puesto de
moda y no otra.
Tradicionalmente, la mística ha
ido acompañada de una fase preparatoria como era la ascética. La ascética era
la renuncia al mundo físico y material, buscando precisamente que con esta
renuncia resurgiera con fuerza el mundo espiritual e interior, que
presuntamente se hallaba en contacto con la trascendencia divina. La ascética
era así puerta, aunque no la única evidentemente, a la conexión mística. La
idea respondía a un esquema que conceptualmente podemos relacionar con el
platonismo y con el neoplatonismo. Existe lo material, que es siempre
imperfecto, feo y sucio, y existe lo espiritual, desarrollado también en el
alma humana, que es perfecto y superior. La idea de que lo material ejerce como
prisión de lo espiritual, en la célebre frase estandarizada de Platón de que el
cuerpo es una cárcel para el alma, refleja perfectamente esto. Y la ascética,
aprobada por el cristianismo aunque siempre de una forma vigilada, era la
muestra de que la renuncia a lo material nos iba a permitir liberar lo
espiritual y, por lo tanto, paso previo general al éxtasis espiritual, aunque
no exclusivo porque podía haber mística sin este intermedio. Por lo tanto, la
inmensa mayoría de los místicos antiguos no podían desarrollar su vida mística sin
una privación de los bienes materiales. Y esto se ve muy bien también en los místicos
modernos, como Simone Weil que demostraba en su vida cotidiana una ascética de
renuncia a los bienes materiales que ella consideraba le iba a permitir llegar
al éxtasis y a la comprensión de lo trascendente, en una vana superstición.
Y por eso aquí viene un elemento
clave para entender en realidad lo que está ocurriendo. La mística actual,
frente a la tradicional que iba unida a ese rechazo al mundo material entendido
como vida de bienes particulares, no es así: la mística actual no necesita el
rechazo al bienestar material. La vida mística en el Nuevo Capitalismo es un
momento dentro del horario personal, de la agenda, que uno dedica a ejecutar su
presunta unión con lo trascendente. Una cantante como Rosalía, y estamos
hablando aquí de su presencia pública y no, por supuesto, de su vida personal,
que ni la conocemos ni nos interesa conocerla lo más mínimo, se presenta a sí
misma como una persona cuajada de riqueza material que exhibe sin pudor y que, curiosamente,
no sólo no la impiden desarrollar su acceso místico a la trascendencia, sino
que es una celebración más dentro de ese proceso de trascendencia. A las cuatro
de la tarde tengo pilates, a las cinco tengo conexión mística con Dios y a las
seis me voy a tardear durante un rato para luego cenar en el exclusivo
restaurante de moda: la vida del espíritu.
Esta, precisamente, es la mística
del Nuevo Capitalismo. Un proceso más de consumo personal y de exaltación del
yo. Efectivamente, quien ejerce esta nueva mística se siente por encima de
aquellos que viven en el mundo estrictamente material, presentando su falsa
dimensión espiritual como prueba, pero al tiempo participa de ese mismo mundo
material capitalista en la conversión de la mística como elemento absoluto de
consumo. Por supuesto, y como ya hemos señalado aquí, no se trata de que la
mística sea revolucionaria y haya ahora que domesticarla. Más bien, la mística siempre
ha sido absolutamente domesticada y una falsificación ideológica intelectual. Pero
hasta algo tan vacío de reflexión racional tenía su momento de verdad en la
diferencia entre la realidad y el ideal de un mundo mejor: entre el ser, la
realidad grosera, y el deber ser, que todo podía ser diferente e incluso
superior en lo espiritual. Sin embargo, ahora su nuevo destino es llevar a cabo
esa falsificación ideológica absoluta de una forma mucho más grotesca:
convertida ella misma en objeto de consumo y agenda de famoso. La mítica ya
entra en la aplicación del móvil iphone, por supuesto que para eso
tenemos trascendencia, entre el tínder y la tarjeta de crédito.
El Nuevo Capitalismo desenmascara
definitivamente a la propia mística como una pose, como un punto determinado
donde la falsa subjetividad vive una exaltación sin precedentes frente a la realidad
objetiva explotadora y total del propio sistema. La mística ha entrado en el
basurero de la historia, por más que esté de moda y precisamente por ello, y
germina sus restos como abono del inmenso vertedero que es la sociedad del
Nuevo Capitalismo.
Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.
James Joyce, "Los muertos"
#EPMesaSePonePedante
La mística está de moda. Recientemente, Rosalía, publicitada en todos los medios de comunicación, incluyendo los telediarios de la televisión pública, ha presentado un disco que, al parecer, demuestra su querencia por la trascendencia y la búsqueda de Dios. Hace bien en buscar a Dios y muchas reproducciones en Spotify. Y, por supuesto, no cabe duda de que todo esto es hermoso, sobre todo para aquellos que crean en la superstición.
Pero, lo interesante aquí no es
solamente desmontar la mística presentada como elaboración intelectual profunda,
cuando en realidad es la negación del pensamiento. También debemos plantearnos por
qué en el Nuevo Capitalismo, una sociedad absolutamente consumista y
materialista en su sentido más grosero, se presenta una obra de linaje místico
y trascendente (y repita conmigo: supersticioso) desde una artista apoyada por
una gran corporación, y esto no debe entenderse como crítica sino sólo como
descripción, e incluso se pone de moda esa misma mística.
Se trata, en definitiva, pues, de
dos tareas. La primera, desenmascarar a la mística como lo que es: meramente
una superstición y una basura intelectual. Y, la segunda, presentar por qué y
cómo esa superstición gana patrocinio en la sociedad del Nuevo Capitalismo.
El fin de la mística sería el
acceso a la trascendencia. Este acceso, para ser místico, no se realiza de
cualquier forma, sino en una inmediatez, el éxtasis místico, que hace que el
individuo llegue a ese estado de contacto y fusión con lo trascendente: un
estado alterado de conciencia. No hay pues necesariamente mística, por ejemplo,
en las religiones cuando señalan que al final de la vida nuestra alma, y la de
casi todos, ascenderá al cielo. Esa mentira no es mística. Porque la mística lo
que señala es que determinados individuos, y sólo determinados y además en
determinadas ocasiones, lograrán un ascenso directo a la comunión con Dios, la
común-unión que diría un cursi heideggeriano.
Y este ascenso directo no lo es tampoco
por un proceso de argumentación o por un esfuerzo de investigación y compresión
racional, y por tanto universalizable, como lo es la ciencia o la filosofía,
que pueda ser seguida por otros individuos. Lejos de esa democratización del
pensamiento, la mística defiende un determinado estado alternativo de
conciencia alejado de cualquier racionalidad argumentativa y que más tiene que
ver con una fusión individual y selectiva, incluso elitista, hacia esa misma
trascendencia que con una realidad universal de la propia razón.
Así, la mística tiene dos
elementos claves.
El primero, es la aceptación a
priori de la existencia de una trascendencia a la cual debe rendirse el ser
humano pues su finalidad es fundirse en ella. Y esta aceptación a priori
implica una creencia, una presencia en plan cursi, que se siente, pero no se
demuestra en la argumentación.
El segundo, es que el fin último
del sujeto no es su autonomía ni su desarrollo sino su fusión en Lo Otro, así
con mayúsculas cursis. Es decir, es la idea de que el auténtico valor y dignidad de las personas
no reside en ellas mismos sino en esa trascendencia que les da sentido y que
solo al fundirse en ella, y por eso perder su autonomía, adquieren su sentido. La
heteronomía más pura.
Por todo ello, lógicamente, la
mística puede ser defendida y continuada por teorías que no consideren que la
razón universal sea un elemento constitutivo y fundamental de la experiencia
humana, sino que consideren que esa misma fusión con la trascendencia marca el
momento más humano posible: lo más humano no es la racionalidad universal, sino
la capacidad selectiva del éxtasis y la rendición de la individualidad y el
pensamiento racional.
Por lo tanto, aquellos que
sentimos apego por la Ilustración y apego por una razón argumentada y
universal, y cuando decimos universal queremos decir no solamente capaz de
conocer la realidad sino también perteneciente a todos y cada uno de los seres
humanos, no nos sentimos a gusto con la mística. Es más, consideramos que las
ideas místicas, que parten necesariamente del supuesto de la existencia de una
trascendencia y necesariamente también del supuesto de que esa trascendencia
tiene que ser accesible sólo a determinados individuos bajo determinadas
prácticas de fusión con ella, no esconden sino, en realidad, un espíritu
absolutamente supersticioso. Y por eso, la despreciamos.
¿Pero por qué, y esta sería la
pregunta fundamental, al parecer se ha vuelto a poner de moda la mística? Y,
elemento importante, ¿la mística que se ha puesto de moda es la clásica o
pertenece a otra condición? Pues eso,
otro día. Y no porque entre en éxtasis sino porque, materialista sin corazón,
me voy a dormir.