viernes, septiembre 09, 2005

CINDERELLA MAN

En 1942, el Hollywood clásico entregaba una pequeña joya a la historia de cine: El orgullo de los yankees, dirigida por Sam Wood e interpretada por Gary Cooper. En ella, se contaba la vida del jugador de béisbol Lou Gehrig. Era una vida de triunfo sobe la adversidad, pero al final había una escena desconcertante y triste. Durante la película, y cuando Gehrig no era famoso, su equipo visita a los enfermos de un hospital y él, aunque el niño enfermo quería ver a las estrellas del momento, se para en su cama exhortándole a no rendirse nunca. Años después, el protagonista sufre una enfermedad incurable y asiste a su último partido homenaje. Allí, en la puerta, le espera un joven que le cuenta que una vez le visitó en el hospital y gracias a su consejo ha derrotado a la enfermedad: “nunca hay que rendirse”. Sin embargo, Gary Cooper sabe que él va a su último partido y luego solo queda morir.

Cinderella man (El hombre cenicienta, que no se entiende esta manía de no traducir títulos) es la respuesta neocom a Million dollar baby. Efectivamente, si se comparan las dos películas se observará una curiosa coincidencia en la historia narrada, pero mientras que la película de Eastwood acaba en la dignidad del fracaso la de Howard acaba en la feliz alegría del triunfo y la ascensión social. Así, se podría considerar que Cinderella es la antítesis de Million: una familia feliz en la primera frente a unos miserables en la segunda; una ausencia de problemas morales frente a alguien castigado por la culpa; unos triunfadores por su esfuerzo frente a unos fracasados a pesar del suyo. Incluso esta contradicción se refuerza en una idea clave: mientras que en Cinderella se unen éxito y dignidad en Million la dignidad pertenece al individuo en un contexto (no olvidemos los secundarios del gimnasio con el ayudante (Morgan Freeman) o el personaje de Killer quien cree que algún día llegará a ser boxeador) de rotunda pérdida de los sueños que no deriva, sin embargo, en ningún relativismo moral. Además, en Cinderella man es curioso observar el trato que se dispensa al personaje del obrero comunista -un buen chico pero con una vida familiar rota, que busca jaleos (inefable la explicación de la carga policial que acabará con su vida, digna del general Arruche)- que al marchar por el camino equivocado no verá cumplidos sus sueños. Este personaje, que bien hubiera podido ser escogido como el contrapunto del interpretado por Crowe no es sino el ejemplo del error (los tiempos cambian desde el Henry Fonda de Las uvas de la ira) e incluso su entierro, en una película cargada de escenas que buscan la emotividad, está presentado sin la misma. Porque en la película no hay lugar para las sombras y todo aparece como el lado luminoso. E incluso el combate se filma de tal modo que uno desea que haya golpes y que el otro, nunca Braddock, reciba una paliza, (como en Rocky a la que también se asemeja en la forma narrativa) sin fijarse en la violencia y en la degradación que implica dos hombres golpeándose por espectáculo.

De esta forma, la película consiste no en el cine clásico (eso ya lo hace Eastwod) sino en hacer un nuevo tipo de cine donde las cosas, lejos de las complicaciones narrativas de ese Hollywood anterior, estén claras para un público que desea identificación. Un público, en fin, que quiere salir del cine antes de las duodécima campanada huyendo ante la posibilidad de que tras el hechizo del hombre cenicienta aparezca el Jack La Motta de Toro Salvaje.

2 comentarios:

Jordi Bargalló dijo...

Siempre ha existido el cine de evasión con final feliz y con personajes políticamente correctos.

Por cierto, no me gusto One milion dolar baby. Preferí mucho más la anterior, con un Sean Penn espléndido. Y un final fantástico.

Enrique P. Mesa García dijo...

Es cierto. pero el cine de evasión no está exento de lectura ideológica y es de lo que aquí se trata. Además, no olvide usted que, por ejemplo, John Ford o Casablanca eran cine apoyado por la industria de Hollywood cosa hoy día impensable.