martes, enero 22, 2013

¿ES ESPAÑA UNA DEMOCRACIA?


1.- Lleva generalizándose una idea entre la izquierda presuntamente más rebelde: España no es una democracia. Así se canta en las manifestaciones y así se escribe en internet. Hay, por tanto, que contestar a una pregunta: ¿es España una democracia?

2.- La Filosofía Analítica usaba una brillante fórmula. Cuando alguien pretendía decir algo hacía una petición de principio: ¿qué quiere usted decir cuando dice x? Parece poco, pero es mucho. Por eso es pertinente, en primer lugar, esclarecer el significado de los términos empleados. ¿Qué entiende usted por España y por democracia? Por España, podríamos llegar a un consenso,  nos referimos al país del que tenemos el DNI, es lo máximo que estoy dispuesto a admitir, y ahí parece no haber problemas. El problema en este juicio surge al hablar del término democracia.

3.- Podemos hacer, para abarcar varias acepciones, una triple definición de democracia. En primer lugar, por democracia se entiende un régimen político cuyas características principales serían elecciones libres, derecho a la asociación política, derecho a la libertad de expresión e igualdad ante la ley: en resumen,  soberanía popular. En segundo lugar, por democracia se entiende lo anterior añadiendo algo nuevo y generando así un régimen social: derechos sociales (salud y educación, fundamentalmente).  En tercer lugar, por democracia se puede entender ya no solo un régimen político y con derechos sociales sino un sistema económico y social que garantice la consecución de la autonomía de los sujetos y el fin de la explotación por un beneficio social y humano. Así, tenemos tres definiciones amplias de democracia.

4.- Pero, tener tres definiciones de democracia nos lleva a otro problema. Cuando se pregunta por algo, volvemos a la filosofía Analítica, uno debe, por cortesía y racionalidad, explicitar a cuál de las posibles acepciones se refiere en concreto. Efectivamente, si yo pregunto por la democracia puedo referirme al ser o al deber ser. Es decir, puedo referirme a qué debería ser una democracia o a qué es eso que se entiende en la actualidad, y no en el ideal, por democracia.
¿Ideal o realidad? Nadie debe entender esto en ese sucio juego de puro pragmatismo o absoluto idealismo sino en el problema de la clarificación de los conceptos. Efectivamente, el juicio “en España no hay democracia” debe explicarnos, sino quiere quedarse en mera consigna, si habla de democracia como ideal o como hecho actual.
 Si se habla como hecho actual, podemos referir el término democracia a una comparación con aquellos países a los que sí se puede considerar democracia. Exceptuemos aquí a Cuba y Corea del Norte, aunque seguramente para algún rebelde serán democracias auténticas, y centrémonos en las democracias tradicionales. Podemos así hacer una relación: si aceptamos que Francia o Reino Unido o Suecia son democracias y consideramos que el régimen político español es homologable al de estos países, entonces España será una democracia. Si no, no.

5.- ¿Es el régimen político español homologable al francés o al británico? Volvamos al punto 3: comparemos lo allí dicho en las dos primeras significados, el tercero era un ideal, con nuestro país. España debería ser un país con derechos políticos (asociación, expresión, voto,...) y con derechos sociales (educación, sanidad,...) ¿Lo es? Bien, aquí surge el empirismo puro: no hay más que observar.

6.- Vayamos primero a los derechos políticos: ¿existen en España? Pues resulta claro que no hay nadie que no los pueda ejercer libremente. Las redes sociales son un hervidero de ideas y críticas y cualquiera puede decir lo que crea -incluso que, en paradoja, España no es una democracia-. El gobierno es elegido por votación -aunque luego no cumpla nada de su programa y eso es un claro déficit democrático, pero antes también- y parece no haber problemas en asociarse. Esto no quiere decir, por supuesto, que no haya, y especialmente empiece a haber, una legislación que pretenda dificultar, que no regular, estos derechos. Pero no parece que la situación sea la de una dictadura.
Pero, entrando en el segundo significado, ¿y los derechos sociales? ¿Acaso aquí está España en condiciones de homologación? Reconociendo que España nunca ha llegado al gasto social medio de la OCDE, también es cierto que en los años de democracia se ha registrado un impresionante salto en este aspecto. Así, la sanidad española, mal que le pese al PP, es un ejemplo mundial y la educación tiene unos niveles de acceso homolagables, y en muchos casos mejores, al resto de los países. Así, por supuesto, si bien España no es lógicamente un paraíso terrenal, sí podemos afirmar que los derechos sociales han estado razonablemente cubiertos hasta ahora –y no pierdan esta idea: hasta ahora-. Alguien podría hablar del paro o los desahucios, pero quien así lo hiciera estaría ya hablando de un tercer nivel que es lo que aquí hemos señalado como ideal y que no cumple ninguna democracia. Por supuesto, es ingenuo defender que España es una democracia ideal, pero es ridículo defender, salvo que alguien demuestre lo contrario,  que no es una democracia homolagable. Es decir, quien señale que España no es una democracia debe, en el mismo juicio, añadir una conjunción: y ningún otro país lo es.

7.-  ¿Ya hemos acabado entonces? No, porque ahora viene realmente lo importante. Si España es una democracia, en el sentido anteriormente expuesto, ¿por qué esa manía en negarlo? Pero viene además algo más. ¿Y que España sea una democracia implica que no hay peligro de retroceso? En realidad las dos cosas van juntas.

8.- ¿Por qué negar que España sea una democracia homologable? La autoproclamada izquierda de verdad sufre dos problemas. El primero es la desaparición de un discurso social hegemónico como el que tuvo; el segundo, consecuencia del anterior, es la llegada así, o tal vez la vuelta, de una idea de aristocracia moral.

9.- La izquierda carece hoy de discurso político socialmente representativo. Efectivamente, si se observa el discurso social dominante se verá que aquello que ha calado en la opinión pública es un discurso basado en la reducción del déficit y en la supremacía de lo privado sobre lo público. No se trata de que la gente tras el desastre Zapatero -por cierto, ¿dónde estabais?- vote al PP sino que las ideas sociales hegemónicas son de derechas –y esto es algo que se ve muy bien comparando el cine clásico, americano y europeo, y el actual-. Así, el  discurso social mayoritario se ha vuelto de derechas -por ejemplo, lo fundamental es el déficit público y no el paro- y no, como lo fue desde la posguerra europea, socialmente de izquierdas. De esta forma, la hegemonía intelectual de la derecha es absoluta en cuanto que ella marca el contenido del discurso mayoritario. La derecha ha ganado la batalla social.

10.- Y aquí viene la consecuencia. Eliminada del discurso socioeconómico, que la izquierda ya solo hace para una élite social encantada de haberse conocido,  la izquierda busca refugio en una ideología que ya no habla de la realidad sino del ideal convertido, en su sentido de falsedad, en ideología. Ante el discurso social hegemónico de la derecha, la izquierda plantea un discurso beatifico como falsificada reacción: que si la república, que si el género, que si el multiculturalismo, que si los bancos son malos,… Y en dicho discurso, eliminada ya la reflexión socioeconómica, solo queda espacio para la indignación moral maximalista: una nueva fe, un nuevo creyente. Y de esta nueva fe, la indignación moral maximalista, surge curiosamente, o tal vez resurge con nueva fuerza, una idea de aristocracia moral. Efectivamente, el indignado ya no pretende una fuerza política mayoritaria, pues la mayoría se le presentan solo como un grupo aburguesado y vendido frente a su autenticidad de revolucionario –especialmente de internet-, sino que se dirige a una nueva secta de elegidos con supremacía moral: o estás conmigo o estás contra mí. Ahora ya se abandona el discurso sobre entidades objetivas y todo se antropomorfiza, como en los mitos, para explicarlo: el capitalismo, realidad objetiva, se convierte en los banqueros. Y así, no hay democracia porque nosotros no gobernamos así que tomemos (o rodeemos en su versión flower power) el congreso o, ahora, la calle. Porque ganar unas elecciones sería contar, piensan, con la chusma.

11.- Decir que no hay democracia implica cederle terreno al enemigo porque le permite ocuparse de la política real, la que tiene y gestiona el poder, y dejarle a la izquierda florida y virginal las redes sociales y la democracia virtual: incluso la calle convenientemente cortada.

12.- Y esto nos lleva a otra conclusión. Quienes gritan no hay democracia, quieren decir en realidad que no quieren democracia -y en esto se parecen a los dirigentes del PP-. Efectivamente, su idea de democracia, en ambos lados, es discrecional y no universal. Y es discrecional porque no creen en la democracia como una forma social de convivencia sino como un mero medio para la consecución del poder: la hay cuando lo tienen. Curiosamente, así, en realidad ambos mundos se unen en la creencia de que la universalidad de los derechos, y no que sean discrecionales a su antojo,  debe ser superada porque la forma de convivencia social debe ser la dominación.

y 13.- Soy marxista. No quiero vivir en un país en el cual no pueda ver un canal como Intereconomía o votar al PP.  

2 comentarios:

Dany Ríos dijo...

Estoy básicamente de acuerdo con su artículo, salvo en un punto que considero clave y que nombra usted en el epígrafe número 6: es cierto que se puede elegir libremente el gobierno, pero que este, una vez en el poder, no solo no cumpla el programa por el que fue elegido sino que le de radicalmente la vuelta no lo considero solamente un déficit democrático, sino la traición de uno de los principios básicos del sistema. Y obviamente, ni el gobierno del PP es el primero que lo hace ni es realista soñar con que el programa se vaya a cumplir punto por punto siempre -estoy de acuerdo con usted en su afirmación de que existe una especie de "ideal" en el que vive la izquierda para tapar su falta de discurso socioeconómico-, pero no por ello debe ser minimizado uno de los problemas más graves del sistema democrático español, que es ese, a mi juicio.

Tampoco comenta nada sobre la Unión Europea, en la cual muchas decisiones importantes (que en gran medida afectan a España) no las toma el Parlamento Europeo, asamblea elegida democráticamente, sino que se toman en otras instituciones como el Consejo Europeo donde, muchas veces, "el pez grande se come al chico" y se funciona más en base a intereses nacionales que supranacionales.

Un saludo

Pedro dijo...

Profesor,

Pues yo, que no soy Marxista, no estoy de acuerdo con usted, y mi explicación está aquí:

http://larepublicaheterodoxa.blogspot.com.es/2012/10/se-esta-convirtiendo-espana-en-una.html

Saludos,