lunes, marzo 10, 2014

IZQUIERDA Y VERDAD: ¿POR QUÉ SE DEBERÍA SER DE IZQUIERDAS?/2

En un artículo anterior nos preguntábamos  por qué se debía ser de izquierdas. Señalábamos que, de esta manera, nuestra pregunta pretendía ir más allá de la mera descripción para pasar a cuestionarse por qué la gente debería ser de dicha tendencia política. Es decir, pretendemos no explicar meramente qué defiende ahora la izquierda, esa ñoña letanía de pobres pobres, sino su fundamento objetivo.

Y comenzábamos ese artículo de una forma negativa al explicar  que el fundamento de la izquierda, la razón última para ser de izquierdas, no podía ser la desigualdad o la pobreza pues no se es de izquierdas porque aquella exista o porque se esté en su contra. Toca ahora, por tanto, ya no el argumento negativo sino explicar cuál debe ser el fundamento de la izquierda y, con ello, cuáles deben ser los motivos objetivos para tener, y ser, de tal actitud política. Y escribimos motivos objetivos en contraposición a los aspectos subjetivos que remiten a la biografía personal, y que sin duda han contribuido a nuestra opción política y a la suya sea cual sea, pero que no resultan fundamentales para la teoría en sí. Así, de lo que aquí se trata es de explicar por qué cualquier persona, independientemente de su biografía, debería ser de izquierdas en la actualidad. O diciéndolo de otro modo: por qué la izquierda tiene razón ahora.

El hecho de que una teoría surja en un momento histórico concreto sin duda nos habla sobre dicha teoría y sobre su contenido. Y nos habla más allá de eso que se llama contexto histórico pues no nos referimos solo a qué influyó en ella sino a algo más: a su condición de posibilidad. Es decir, defendemos, y creemos que es fácil de aceptar desde la ciencia histórica, que las teorías exitosas tienen una condición de posibilidad por su momento histórico y que si este hubiera sido otro la teoría a su vez no sería la misma. Esto significa que si no se hubiese dado esa sociedad concreta, aunque el individuo concreto o autor de la teoría hubiera nacido, esa teoría nunca se hubiera dado. Han nacido, por ejemplo, muchos marxs pero solo aquel que tuvo la fortuna de nacer en un momento concreto ha pasado a la historia; nacieron muchos jesús, pero solo uno en concreto resultó el fundamento de una religión exitosa –y, sí, nacieron muchos epmesa, pero yo soy el más listo-. Así, las teorías pueden no llegar a darse nunca pero si se dan solo pueden aparecer en una época concreta y bajo unas condiciones determinadas. O dicho de otro modo, ver la época en que surge una teoría nos habla sobre la propia teoría. Apliquémoslo.

Nuestra hipótesis concreta será ahora la siguiente. Existe una relación entre el surgimiento de la izquierda y algo que existía en el contexto  de la época de su fundación que hemos datado en la Modernidad, en general, y en el siglo XVIII, en particular. Es decir, la izquierda surge en un periodo concreto porque está ahí su fundamento. Y ahora hay que buscar cuál es.

Como acabamos de indicar, la izquierda surge como pensamiento político en la época de la Modernidad y más en concreto en el siglo XVIII. Como explicábamos en el artículo anterior de esta serie esto nos impide situar su causa en la desigualdad o la pobreza pues no cabe duda de que estas existían antes de dicha época. Sin embargo, también es verdad que resulta cierto que la izquierda siempre ha estado contra la desigualdad y la pobreza. Por ello, esta oposición debemos verla no como el elemento fundacional sino como una consecuencia del fundamento. Así, la causa del nacimiento de la izquierda deberá ser otra.

Pero, ¿cuál es esta causa? Buscando en sus orígenes podemos encontrar la respuesta.

En la Modernidad hay un cambio fundamental que se desarrolla y alcanza su culmen en la Ilustración. Este cambio fundamental es en la idea de eso que en filosofía se llama sujeto. Y es necesario hacer aquí una aclaración. Por sujeto, en Filosofía, se entiende aquel que conoce el mundo: el individuo. Y como en Filosofía el conocimiento resulta fundamental al hablar de la idea de sujeto podemos referirla al ideal del ser humano: lo que el ser humano debería ser. Así, abrevio, cuando en Filosofía hablamos de “sujeto” hablamos del ideal del ser humano –nota: lo sé amigo filósofo, soy un simple-.

Durante el periodo clásico de la filosofía griega y la medieval en Filosofía se defendió, grosso modo, que el sujeto, el ser humano, era un mero espectador de un mundo ya formado, la naturaleza fija para los griegos o la creación para el cristianismo, y para conocer esa realidad solo había que observarla. Sin embargo, a partir de la Filosofía Moderna, inaugurada por Descartes en el siglo XVII, y especialmente a partir de Kant, en el siglo XVIII, el sujeto ya no es un mero receptor de la realidad exterior.

Efectivamente, antes de la Modernidad los seres humanos se movían en un mundo aparentemente fijo y estable, en una creación que o bien no se podía cambiar o bien era obra de  Dios y solo él podía modificarla. El cristianismo, es cierto, ya había incorporado la temporalidad, el transcurrir temporal desde la caída de Adán y Eva hasta el Juicio Final pasando por la venida del mesías, pero ese desarrollo le pertenecía a Dios y a su divina Providencia. Consecuentemente, el conocimiento era considerado parecido a la actividad de quien se sienta delante de una obra de teatro escrita por otro y no puede intervenir. Y en ese mundo, curiosamente aunque ya deberíamos saber que no tanto, no surgió la izquierda.

Sin embargo, con Descartes surge una idea en la Filosofía aparentemente irrelevante pero que va a tener una proyección extraordinaria: el pensamiento piensa ideas. Este principio, que parece tonto, es sin embargo clave por el siguiente motivo: desliga absolutamente el mundo mental subjetivo –el mundo individual- del mundo real. Y curiosamente así surge el fundamento de la izquierda. Expliquémoslo.

Cuando Descartes presenta su tesis sobre el pensamiento lo separa radicalmente del mundo externo y, con él, separa al autor de ese pensamiento, el ser humano, de la realidad circundante. Así, el sujeto, el ideal de ser humano, y la realidad se separan como dos cosas radicalmente distintas que, sin embargo, hay que volver a unir. Y esa unión se convertirá en la idea de verdad. No vamos aquí a explayarnos en la filosofía cartesiana –pero podríamos, ¿eh?- sino que lo vamos a intentar ejemplificar: muchas tragedias de Shakespeare son la idea de un mundo que se derrumba y un protagonista que busca darle orden. Frente a la tragedia griega, donde los personajes aceptan su destino, la obra shakesperiana está llena de rebeldes –y esola hace moderna frente a, por ejemplo,  el estatismo calderoniano-.

Así, y como consecuencia de lo anterior, el concepto de realidad mismo cambia radicalmente en la Modernidad. Esta pasa de ser algo fijo, una necesidad o una creación de Dios, a una materia prima a partir de la cual construir una realidad nueva cuyo centro sea el propio sujeto humano. Este desplaza a Dios de la creación y se convierte en el nuevo orfebre: la hibris es el espíritu del capitalismo –a veces me pongo pedante, perdonen: quiero decir que el antiguo pecado griego de la soberbia ante los dioses disputándoles su creación es el ideal del nuevo espíritu moderno-.

De esta forma, surge un nuevo ideal humano: un ser racional y autónomo.
Racional, porque su característica fundamental será un pensamiento analítico y crítico ante la realidad, ajeno al principio de autoridad de las creencias religiosas.
Autónomo, porque ese mismo criterio racional propio será el fundamento de su acción y ya no la obediencia a las leyes naturales o a la palabra de Dios. Y precisamente ese sujeto moderno que deviene en ideal es la clave de la izquierda.

Pero, el lector, que también se pone pedante a veces, puede estar pensado en dos contraejemplos: el liberalismo, como pensamiento de derechas, y Rousseau como pensador anti ilustrado pero clave en la izquierda. Y hace bien en pensar así y hay que explicarlo.

Así, tenemos una tarea por delante.
Primero, explicar ahora por qué el sujeto moderno, una vez hemos marcado su importancia, es la clave del pensamiento de izquierdas y qué consecuencias tiene eso.
Segundo, explicar ese contraejemplo del liberalismo y de Rousseau.

Pero, yo ya he terminado el pacharán nocturno. En breve, más.  

3 comentarios:

Anónimo dijo...

No he leido todavía su comentario pero me es oportuno.
Tal día como hoy, 11-M, hace diez años, yo, que nunca había votado ni me interesaba especialmente la política, decidí votar a la derecha para contribuir a que no ganara esa izquierda tan obsesinada con Aznar que le impedía percibir la tragedía.

Un Oyente de Federico

Enrique P. Mesa García dijo...

D. Oyente, eso que cuenta demuestra claramente que una persona tan inteligente como usted puede ser engañada por un gobierno que tuvo un comportamiento tan miserable como aquel en aquellas fechas. No se me olvida: "quien no piense que ha sido ETA es un miserable".

Anónimo dijo...

Lo primero es notificarle que el enlace con “¿Por qué se debería ser de izquierdas?/1” no funciona. remite, otra vez, al “¿... izquierdas?/2”

Lo que puedo entender como izquierda, supongo que es el objeto que han pretendido cada vez que se definía un proyecto social en cualquiera de sus formas. Es ir un poco, o todo lo que se pueda, mas allá del apoyo mutuo que traemos de serie.

Para Marx el mundo tenía que ser obra humana y para el cristianismo divina, pero ya siendo el aglutinante la Humanidad o Yavé el objeto de las normas y leyes de ambos, es que el hombre sobreviva y progrese. La diferencia está en el método y en los resultados.

Por lo que creo que sería facil argumentar que lo que entiendo que Ud. plantea como “izquierda” viene de antiguo, enriqueciendose con el rodar del tiempo, hasta ahora que le hemos añadido nuevos requerimientos como la paz y el medioambiente. El hito está en que en el siglo XVIII, se hizo de la utopía el objetivo de la política de estado.

En el ¿Por qué se debería ser de izquierdas?1 y 2, veo muy lógica su explicación. Pero le espero cuando escriba lo de“¿Para qué se debería ser de izquierdas?”. A ver si ahí está tan atinado.

Respecto al 11-M.
Yo era de los que desde el primer momento pensó “han sido los moros”. Hacía poco habían hecho lo mismo (con suicidas de verdad, no de los de Gabilondo) en un cercanías de Moscú. Justifique al gobierno porque sabíamos lo de la furgoneta con explosivos para atentar en los trenes detenída pocos días antes y en la tensión de dar datos minuto a minuto.
No encontré justificación alguna para el repugnante respaldo al anuncio de “Golpe de estado” anunciado por Almodóvar y al acoso y violencia visceral resentida contra los que sólo eran adversarios electorales y una victima más, como todos los españoles, hubieran sido los que fueran los autores de los atentados.

Un Oyente de Federico