martes, marzo 25, 2014

SUÁREZ (uno de los nuestros)

Nota: si se desea un análisis más concreto de nuestra opinión sobre la transición, aquí

La película es inolvidable: El hombre que mató a Liberty Valance. Seguramente, la mejor película política y, seguramente, la mejor película de la historia y la mayor obra de arte del siglo XX. En ella, se cuenta la historia de Ransom Stoddard, un abogado, que viene al oeste buscando un nuevo horizonte. Y allí, en una ciudad llamada Shinbone, se encuentra con Liberty Valance, matón de los oligarquía ganadera, que pretende mantener el orden prestablecido para siempre. Es la vieja lucha entre la civilización, la democracia, y la barbarie, la dictadura.

D. Adolfo Suárez ha muerto. Sería ingenio sin duda creer que Suárez era un idealista como el personaje ficticio de Ransom Stoddard, Pero es que yo tampoco lo soy. Suárez era, solo, uno de los nuestros.
¿Y quiénes son los nuestros aquí? Aquellos que creen que la política es la actividad no de los ideales inalcanzables sino de lo posible en el contexto histórico. Y aquellos que creen que lo posible ahora es un mundo mejor y más justo y la preparación para superar el capitalismo.

Hay, al menos, dos formas posibles de entender la política.
La primera, de influencia platónica, es la defensa idealista del político como un personaje puro y de una extraordinaria envergadura moral que desde su sabiduría teórica conduce al pueblo a un mundo mejor –y acaba estampado en una rebelde camiseta-. Pero, todo esto lo hace desde la creencia en una aristocracia del espíritu donde se considera que esa tarea debe ser dirigida para un pueblo al que se le ama, o no, pero al que siempre se le dirige. Así la política platónica está reservada a unos pocos: no se puede llevar en la camiseta la foto de todos los ciudadanos -por muy grande que se tenga, algo ordinario sin duda, el pecho- sino solo la del bondadoso líder o, tal vez, la del Gran Hermano.
La segunda, más aristotélica si se quiere decir, señala al político como alguien práctico, un oportunista que interactúa con la realidad buscando resquicios para transformarla. En la política aristotélica, así actualizada, no hay lugar para la aristocracia del espíritu. El político es aquel legislador capaz de llevar adelante los mejores fines posibles. Y es, así, un oficinista de la libertad: no brilla como un sol único sino si acaso luce como un faro que solo pretende que el barco no se estrelle.

Suárez era un político aristotélico. Es ingenuo pretender que era un idealista. Comprendió que el franquismo carecía de futuro y que, de intentar perdurarlo, la izquierda ganaría el poder. De ahí, su apuesta por la democracia: seguramente, más práctica que por convicción. Pero, también Suárez tenía algo más de aristotélico: su creencia de que la verdad pertenecía a este mundo y no al puro y superior pero lejano de las ideas platónicas. La mayoría del régimen, como se ve en la votación de la reforma política,  pretendía una salida democrática para España pero de una manera pintorescamente democrática; una democracia ideal, adaptada a la “circunstancia española”, una democracia, por ejemplo, sin partido comunista. El ideal era así una democracia guerracivilista de los vencedores. Se trataba de edificar un nuevo modelo político excepcional para España: un ideal antidemocrático. Suárez sin embargo, en modesta proposición aristotélica, debía pensar que no existía en la tierra una auténtica democracia sin legalización del partido comunista: se fijó en un mero hecho empírico desdeñando las enseñanzas de la academia y los libros. Abril de 1977, con la legalización del PCE, fue una respuesta a eso.

Pero, demasiado de este mundo, Suárez también debía pensar, otro golpe para la derecha que ahora le quiere hacer uno de los suyos, que una democracia no era solo votar sino también un sistema social. Así, bajo su gobierno, se inició una reforma fiscal inédita en España y comenzó la creación de un, siempre incompleto, estado de bienestar. Era una democracia muy vulgar, demasiado mundana para los platónicos. Era una democracia vulgarmente existente.

Carrillo había transigido con la democracia -por cierto, nunca se agradecerá suficientemente la generosidad de aquel partido comunista- por su mentalidad de estratega pensándola como paso necesario al comunismo. Fraga había transigido por su egolatría convencido de ser él el Churchill español, aunque no acabara siendo ni Berenguer. Suárez, diferente a ambos, lo había hecho con el espíritu del  oficinista: eso es lo que tocaba. Ni un ápice de grandeza heroica aunque, como todo oficinista,  con la ilusión de ser un héroe, con el sueño de la grandeza.

Suárez efectivamente tenía, como usted y como yo, sueños de grandeza. Pero, al tiempo, su realidad era prosaica, poco poética y excesivamente mundana: evitar otra guerra civil. Algo muy vulgar para la actual izquierda antisistema, ¿antisistema?, que piensa que si ella hubiera estado allí la transición hubiera sido muy distinta,
y Franco no hubiera muerto en la cama,
y la guerra civil se hubiera ganado,
y Fernando VII no hubiera gobernado
y no hubiera habido inquisición,
y el Imperio Romano hubiera sido un lugar sin esclavitud
y, seguro, la evolución no se hubiera dado por la selección natural sino por la solidaridad entre los individuos.

Suárez, y usted y yo, resulta así vulgar. Porque solo logró, entre otras minudencias, que el pasado sábado usted y yo estuviéramos en una manifestación por la dignidad que se celebró de forma libre. Porque solo logró que yo pueda escribir en mi blog o usted en el suyo o él en el otro. En fin, poca cosa.

El resto de la historia es conocido. Los crímenes de ETA  y los GRAPO, que curiosamente, ¿o no?, atentaron más contra democracia que lo habían hecho en el franquismo; la amenaza golpista de un sector militar; el ansia de poder de sus propios barones; la irresponsable oposición del PSOE, AP y el PNV; la creciente desconfianza del rey; y, otra serie de circunstancias, unidas a sus propios errores, como en su vida y en la mía, fueron poco a poco eclipsando su figura. En enero de 1981, Suárez dimitía -otro hecho extraño en este país- y al hacerlo explicaba que no quería que la democracia fuera un paréntesis en nuestra historia.

Suárez es sin duda un mediocre frente a una derecha que pensaba y piensa que el país es suyo. Suárez es sin duda un mediocre ante una autoproclamada izquierda -excepción hecha de aquel PCE, y no curiosamente- que se siente moralmente superior a todo bicho viviente que no mire, impasible el ademán, hacia el infinito -pero no más acá-.

Efectivamente, Suárez es sin duda un mediocre como lo somos usted y como yo. Un mediocre que forjó la democracia en España. Un mediocre que sentó las bases de un estado de bienestar hoy en peligro. Un mediocre, en fin, que definió a España como un estado social y democrático de derecho.

Por todo ello, Suárez puede ser calificado sin duda de mediocre. Por todo ello era como usted y como yo. Por todo ello, la memoria de Suárez como el hombre que hizo eso debe permanecer viva frente a los esfuerzos de la miserable derecha que hoy quiere destruir ese legado. Por todo ello, Suárez era uno de los nuestros.

El hombre que mató a Liberty Valance tiene uno de los finales más hermosos. Tras enterrar al personaje interpretado por John Wayne, Ransom Stoddard y su mujer vuelven en tren a Washington donde él es senador. Él habla de volver a Shinbone e instalarse allí para pasar sus últimos años como un modesto abogado. Su esposa se muestra entusiasmada y le explica cuánto lo desea. Y entonces ella le cuenta todo lo que él ha hecho por aquella ciudad y por aquel país para por fin preguntarle: ¿no estás orgulloso? Pero, mientras el tren atraviesa el desierto, él no contesta.


5 comentarios:

Don Ricardo dijo...

En general, me parece un buen post. Sin embargo, haría tres matices:

1.- No entiendo su manía de insultar a la izquierda en todos y cada uno de sus escritos.

2.- Decir que ETA y Grapo le han hecho más daño a la democracia que el franquismo es una payasada. El franquismo causo 1.000.000 de muertos, una guerra civil y un cruel y férra dictadura que duró 39 años.

3.- en el paralelismo que hace usted con la película, yo no homologaría a Síarez con el jóven abogado interpretado por James Stewart, sino con el viejo matón de los caciques interpretado por John Waine, un hombre que sabe que su mundo ha pasado, y que decide sacrificarse ayudando a nacer al nuevo mundo.

Enrique P. Mesa García dijo...

D. Ricardo, sobre su punto 2 yo revisaría el artículo porque no digo eso. Digo que ETA y GRAPO atentaron más contra la democracia que contra el franquismo.

Ricardo Royo-Villanova dijo...

Ah, perdón: le he entendido mal. ¿Y el tercer punto? No le parece más acertado el paralelismo con el personaje de John Wayne que con el de James Stewart, personaje, po rotra parte, mucho más interesante, por contradictorio.

Don Güapo dijo...

Resulta difícil un análisis objetivo de su figura pues se tiende a reflejar en él los prejuicios políticos, hoy todavía en rescoldo, aunque más intensos en el tiempo que le tocó gobernar, nacidos de la Guerra Civil y en el franquismo posterior.

Fue ambicioso en lo político, valiente ante la toma de decisiones transcendentales y con tendencia al socialconservadurismo en lo económico. Le tocó vivir una época convulsa debido principalmente al terrorismo ideológico y territorial, hoy vencido por la globalización capitalista. Tuvo su respaldo entre una mayoría que se veía en él, como ante un espejo, para no pronunciarse políticamente. El centrismo era eso, una tendencia hacia posiciones a la derecha de gentes de izquierda pero que habían prosperado moderadamente en el franquismo y que no deseaban equipararse a los primeros, generalmente por cuestiones relacionadas con asuntos familiares y de origen. Por eso Suarez tuvo en la derecha a sus principales enemigos.

Ahora bien, como político, una vez modificadas las estructuras franquistas (de la Ley a la Ley por la Ley, gracias a él y a otros) demostró poca valía. No supo consensuar un poder entorno suyo, abandonó por insistencia de otros, cuando tenía que haberlo hecho por sí mismo. El paso posterior por el CDS resultó de un populismo penoso y no midió bien la altura política de su oponente entonces, FG, que realizó las reformas (OTAN, MC, reconocimiento de Israel, mercado de trabajo, arrendamientos, etc.) que él nunca hubiese hecho.

En mi criterio, Suarez es político importante pero ahora sobrevalorado. La moderación de Carrillo, gracias a su exilio, la de Fraga (embajador en Londres), la entonces potente figura del Rey, Torcuato Fernández Miranda, verdadero hacedor en la sombra de los cambios legales, otros más como Gutierréz Mellado o Tarancón y la imprescindible tutoría vigilante, discreta, de americanos y alemanes, contribuyeron a lo que, de otra forma, hubiese acabado mal por los enconos entre una derecha cerril, hoy afortunadamente desaparecida y una izquierda que, como en la actualidad, seguía con sus ensoñaciones y sus eternos problemas con las matemáticas de la economía.

Anónimo dijo...

“Nam proprius actus propriam potentiam requirit” para los que no sabemos latín es “Toda forma sustancial requiere en su materia una disposición orgánica apropiada”. Algo así como esto que decía Santo Tomas para explicar cuando le llegaba el alma al feto humano, entiendo que es lo que explicaba UD. en su comentario sobre “¿Por qué se debería ser de izquierdas?”.

Las cosas ocurren cuando se dan las circunstancias para que ocurran. Desconozco la obra de Suarez no he leido nada, unicamente lo que encuentro contextualizado en otras lecturas. Pero sabiendo como somos y como hemos sido, el que no nos hubieramos matado al morir Franco no creo que sea labor ni consecuencia de un proyecto, por muy bueno que sea este.

La transición, pacífica o no, estaba en manos del Partido Comunista. Si el PCE hubiera querido España hubiera vuelto al 36. El sueño de Carrillo de verse como el primer presidente comunista de una nación europea democrática (no popular). estaba respaldado por un informa USA que aseguraba que el PCE, sólo tardaría dos elecciones en llegar al poder. Sólo eso explica su ejemplar comportamiento, excepcional mejor dicho, tras el asesinato de los abogados laboralistas de Atocha.

Todo estaba dispuesto, incluso los planetas alineados, y enbaselinado para que Suárez nos metiera la democracia suavemente.

USA, cuando libro a Europa de nazismo también la libró del comunismo. Estoy seguro de que también fué el “angel de la guarda” responsable de que Carrillo creyera que iba a ser y no fuera presidente.

“Cuando se va al galope hacia la victoria nadie le dice al jinete que sus espuelas están gastadas” (Gregorio Morán)

Un Oyente de Federico