domingo, septiembre 13, 2015

REFUGIADOS (desde una perspectiva de izquierdas)

La diferencia fundamental entre filosofía crítica y política es que la primera puede limitarse a exponer y argumentar mientras que la segunda, si bien igualmente puede también hacer eso, debe necesariamente aportar además soluciones. Por eso, a veces, es más fácil ser  crítico profundo que buen político.

La crisis de  los refugiados de Siria parte de un error de concepto. No se trata de una crisis sino de algo ya cotidiano. Efectivamente, la palabra crisis tiene un trasfondo de excepcionalidad que no recoge bien este fenómeno tan común. Cada año salen miles de personas de sus países de origen, especialmente en África, huyendo literalmente de ellos: todos en realidad son refugiados. Y todos lo son porque la causa de su emigración es política, pues las condiciones que les llevan a la huida no son sino la situación socioeconómica de sus países de origen cuya responsabilidad primera, no conviene olvidarlo, recae sobre sus pésimos gobiernos. Así, el primer punto para hacer un análisis de izquierda es negarse a distinguir entre refugiados y emigrantes: todos son emigrantes y todos son refugiados en estos casos concretos –y no necesariamente en todos, lo que sería otro error-. Los sirios que vienen a Europa son refugiados e inmigrantes; los subsaharianos que vienen a Europa, también.

Ahora viene el problema ¿Es una solución política prohibirles la entrada y dejarlos a su suerte? Parece claro que no ¿Es la solución política entonces que vengan todos a Europa? Tampoco parece buena solución, al menos desde una perspectiva progresista.

¿Ah, no? ¿No será que soy un malvado sin corazón? Eso es más que probable, pero ni en la filosofía ni en la política deben priorizar el corazón sino el cerebro. Y esto nos hace humanos.

Generar una Europa de asilo y refugio generalizado como solución al problema es un error desde una perspectiva de izquierdas. Efectivamente el asilo universal y permanente no puede ser una solución estructural a los problemas de África, o de otras partes del mundo –por supuesto, otra cosa es la solución momentánea y puntual-. Y no lo puede ser desde una perspectiva de izquierdas y progresista por, al menos, dos motivos.

En primer lugar, desde los derechos humanos. Aunque pueda sorprender los refugiados lo  son porque no quieren abandonar su país sino porque son obligados a ellos. Por tanto, el hecho de ser refugiado ya es una violación de sus derechos y eso es algo que la izquierda no debe olvidar. Así, desde los derechos humanos el trabajo estructural de la izquierda debe ser impedir que haya refugiados, es decir: que haya la primera violación de los derechos humanos, y una acción coyuntural, y lógicamente necesaria, será crear medidas para ayudarles cuando se vean forzados a serlo. Esto implica que  la izquierda no debe centrarse políticamente en la recogida y amparo de refugiados -nota: recordemos que desde un discurso de izquierdas los inmigrantes deben ser considerados políticamente como refugiados- sino en evitar que a las persona se las convierta en refugiados –o en inmigrantes-. Porque cuando ya son refugiados, o tienen que emigrar, sus derechos humanos ya han sido violados.

 En segundo lugar,  porque la izquierda debe ser crítica efectivamente con el  colonialismo económico. La izquierda critica, y con razón,  el colonialismo económico que ejercen las grandes corporaciones y países desarrollados sobre los países no desarrollados. Sin embargo, y no de forma paradójica, inmigración y refugiados refuerzan este nuevo colonialismo.

Primero, porque los emigrantes/refugiados no suelen ser las personas menos preparadas de su país sino, al contrario, suelen pertenecer a los sectores con más preparación e iniciativa Y, por tanto, su marcha implica una descapitalización intelectual y social del propio país de origen. Y esto a su vez provoca la imposible aparición de clases sociales emergentes que puedan competir por el poder con los actuales gobernantes corruptos. Así, el ciclo refugiados/emigrantes es un círculo vicioso para el país de origen, pero un auténtico chollo para la oligarquía dominante pues ve como su posible competencia desaparece.

En segundo lugar, por el tema de las remesas, el dinero que los refugiados-emigrantes envían a sus países de origen. Efectivamente, las remesas se han convertido en una fuente permanente de ingresos para los países de origen que sin necesidad de invertir ni administrar políticas económicas eficaces reciben dinero de aquellos ciudadanos a los que previamente han expulsado. La oligarquía así comprende que la emigración resulta una inversión económica que además no genera riqueza estructural al país con lo que tampoco genera una clase emergente peligrosa para sus intereses. Mandar emigrantes/refugiados es una iniciativa emprendedora de éxito económico y social.

De esta forma, los emigrantes/refugiados –lógicamente de forma involuntaria y siendo ellos mismo víctimas- mantienen la situación de sus países de origen al reforzar la oligarquía allí dominante y el sustento de esta por el colonialismo económico.  Por lo tanto, y desde una perspectiva progresista la inmigración sí es un problema, pero no tanto para los países receptores como fundamentalmente para los países de origen, pues les impide cualquier proceso de progreso social.

¿Y entonces qué debería hacer una política de izquierdas ante este problema? A la izquierda se le llena la boca con la no intervención y es un error de base. Y lo es, a su vez, por dos motivos.

En primer lugar, porque si el análisis anterior es cierto la descapitalización social de los países de origen de refugiados/emigrantes evita cualquier posible cambio de progreso en los mismos. Efectivamente, ya lo hemos explicado, la salida de los individuos más capaces hace que la lucha por el poder sociopolítico solo se establezca entre los propias facciones ya dominantes socialmente –de forma social, económica, política o religiosa- pero impide la aparición de nuevos protagonistas que pudieran traer cambios radicales. El conservadurismo está servido.

Esto, a su vez, provoca la segunda consecuencia que es que el cambio interno se genera como imposible en estos países o, al menos, como imposible para el progreso. Por supuesto podrá haber cambio, pero lo será desde las propias facciones ya reseñadas que controlan en la actualidad el poder y cuya búsqueda absoluta del mismo desde luego no tiene una finalidad progresista. Por tanto, los países así establecidos no pueden cambiar hacia un progreso de libertades por causas internas, pero no por una incapacidad biológica de sus habitantes, como pensaría un racista, sino por la destrucción del tejido social que haría falta para ello. Esos países están configurados, desde el propio colonialismo económico y las oligarquías locales, para evitar cualquier movimiento propio de cambio y para ello se evita la creación de cualquier clase social emergente que no esté ya disfrutando –o sea, robando- del poder.

Así, si la causa endógena queda descartada solo nos puede quedar una causa externa, es decir: el cambio debe ser impulsado fundamentalmente desde fuera. Y fuera somos nosotros.

¿Nosotros? Sí, la izquierda debe ser intervencionista. Pero, ¿qué significa esto?

Una diferencia fundamental entre el pensamiento de izquierdas y de derechas es la función del estado en la economía, en particular, y en la sociedad en general. Para la derecha, el estado es subsidiario y debe ser mínimo mientras que para la izquierda el estado tiene la obligación de jugar un papel fundamental. De hecho, con esa idea de estado intervencionista se construyó el actual sistema de bienestar europeo. Así pues, y esto es importante, la izquierda no puede defender el no intervencionismo ni en lo nacional ni en lo internacional.

Un factor fundamental de la globalización actual es la separación de la economía y la política. Esto ha sido sin duda el triunfo más importante de la derecha política. Así, la acción económica ha quedado fuera de la esfera política que hasta los años 80 del pasado siglo la controlaba. Alguien podría aseverar que no es así y que actualmente la economía sigue gobernada por instituciones políticas como la Troika. Y no le faltaría razón. Pero estas instituciones escapan radicalmente de cualquier control democrático directo. Es más, imponen sus decisiones sobre los gobiernos nacionales elegidos, más o menos, democráticamente. De esta forma el Nuevo Orden Internacional, no solo político sino también económico, se está construyendo no tanto desde los intereses del malvado Capitalismo como desde los intereses de la oligarquía dominante. 0 se interviene, otra vez la palabra, por tanto en este Nuevo Orden Internacional o nos quedamos para gritar  que no nos representan mientras realmente nos gobiernan.

¿Pero cómo hacerlo? Para intervenir en algo hay que ser sujeto de la acción.  El proceso de construcción del estado de bienestar europeo se explica por la intervención de los estados nacionales en la economía. El problema hoy en día es que dicha economía ya no es nacional sino globalizada y esto conlleva que meramente un estado nacional no pueda ya intervenir eficazmente pues carece de suficiente poder. Únicamente aquellos estados transnacionales, como Rusia, China o EEUU, cuyos intereses se implican estructuralmente más allá de sus fronteras y tiene el poder suficiente para actuar, dirimen la cuestión. Y esto explica el ridículo papel que Europa juega en el escenario internacional, no siendo ya más, como mucho, que la vieja potencia colonial: les robaban, pero ya ni pinchan ni cortan excepto para defender a la oligarquía local. Por ello, si se quiere influir en la creación del Nuevo Orden Internacional, y es necesario hacerlo porque si no se construirá sin una perspectiva progresista, se debe construir un sujeto fuerte que pueda ejercer presión diplomática, económica y, no lo olvidemos tampoco, a través de la amenaza de la fuerza militar en excepcionales casos.

Resumamos.

Primero, hemos visto que el problema de los refugiados/emigrantes debe ser tratado como un único problema  desde una perspectiva progresista, pues ambos colectivos sufren la imposición del destierro. Y que este problema no debe convertirse en un tema estructural en los países de acogida sino en su origen, pues este mismo hecho se trata ya de una violación fundamental de los derechos humanos.

Segundo, analizamos como la descapitalización social de estos países, a la que cómodamente se amoldan sus regímenes corruptos y el colonialismo económico, impiden una solución interna pues las clases emergentes, que podrían disputar el poder a las establecidas, son las que se abandonan el país.

Tercero, y como consecuencia de esto, defendemos que hace falta una actuación lo suficientemente fuerte para influir en el Nuevo Orden Internacional y que para ello, a su vez, se necesita un sujeto político capaz de ejercer dicha presión.

Ahora vuelve la pregunta fundamental: ¿quién y cómo?

Un sujeto fuerte en la escena internacional implica una economía fuerte. Alguna vez ya hemos hablado aquí de que una necesidad política de izquierdas para detener el proceso de precarización es la formación de Europa como un país. Igualmente, si se quiere influir en el nuevo orden internacional desde una potencia democrática no parece probable dejarle ese nuevo papel a China (nooooo, tampoco a Venezuela). Sólo un nuevo estado construido desde, al menos, una mínima democracia puede ejercerlo. Europa como país debe ser una prioridad de la izquierda: no solo ya a nivel interno, para parar el proceso de precarización europeo, sino también a nivel exterior, para la construcción de un nuevo orden internacional democrático.

Y ahora viene lo triste: la diferencia entre el ser y el deber ser ¿Cuál es la prioridad de la izquierda? Si uno se fija en el discurso de la autoproclamada izquierda notará una ausencia absoluta de política internacional o de análisis económico riguroso. Todo es  un discurso lleno de solidaridad, lenguaje demagógico y ñoñerías semejantes. Incluso, la tendencia de la izquierda que pretende ser transformadora es la del aldeanismo, convirtiéndose en un movimiento con fundamentos nacionalistas y defensas de patrias y pueblos diversos: en fin, unos paletos. Por eso, podrán llegar hasta a colgar pancartas de bienvenida a los refugiados, además en inglés porque son superpreparados,  o autonombrarse incluso ciudadesguiónrefugio, pero no podrán salir de ese espíritu de huchita del Domund que tan bien representaron, y en algunas izquierdas muy rebeldes aún representan, las bondadosas monjitas. Mientras se construye un Nuevo Orden Internacional la izquierda mira a las tribus autosatisfecha.

Y así, seguirá gritando que ellos no nos representan.
Y así, nos gobernarán a nosotros. Porque, déjese de sentimientos tribales y supersticiosos, todos los demás somos nosotros.