domingo, febrero 05, 2017

(Re)LEYENDO EL QUIJOTE (que yo ya me lo había leído, ¿eh?) /2

En nuestro artículo anterior sobre el Quijote, comparábamos esta novela con dos obras anteriores y clásicas como eran la Odisea y la Divina Comedia. En este segundo artículo, pretendemos comparar la obra de Cervantes con la obra de un contemporáneo suyo como es William Shakespeare. Lo que buscamos es presentar sus parecidos y sus diferencias y elaborar desde ese punto de vista una idea sobre la importancia del Quijote en la formación del sujeto moderno.

Cervantes y Shakespeare son efectivamente coetáneos a finales del siglo XVI y principios del XVII. Además, podemos decir que ambos van a reflejar en su obra el inicio del sujeto moderno, conceptualizado poco después por Descartes, y comprendido como alguien que se enfrenta al mundo para transformarlo de forma radical.

El primer parecido, y fundamental, es que ambos autores presentan como protagonista de sus obras a alguien que se enfrenta no solo a la adversidad sino al mundo tal y como está constituido. D. Quijote y Hamlet -nota: a partir de ahora vamos a ir citando distintos personajes shakesperianos para que se vea lo leídos que somos- no sólo sufren peripecias personales sino que tiene un proyecto mayor: construir un mundo nuevo. Además, este enfrentamiento con el mundo no es meramente algo que tenga que ver con una parte del mismo sino que tiene que ver, y solo puede ser solucionado, cambiando radicalmente la realidad. Efectivamente, Macbeth, otro ejemplo, sólo puede sobrevivir a cambio de la destrucción absoluta del reino y Don Quijote solo puede cumplir su sueño cambiando radicalmente la época en la cual le ha tocado vivir por otra anterior y que además es ficticia. Así, los protagonistas de ambos autores se enfrentan a la realidad de una forma absolutamente radical, en la cual saben que su triunfo o es absoluto o no será.

Se parecen también en que este enfrentamiento implica el fracaso en el anhelo del héroe. Ninguno conseguirá su objetivo sino que la realidad se impone siempre al esfuerzo individual. De hecho, habrá que esperar a Robinson Crusoe, a  principios  del XVIII y tras la revolución  inglesa, para que el optimismo burgués se imponga  y  pueda iniciar ese triunfo sobre la realidad  y la construcción de un nuevo mundo. Ningún héroe trágico de Shakespeare triunfa  y don Quijote acaba de la peor manera para un caballero, dejándose morir en su cama.

Igualmente, tienen parecido en un factor literario: en la conformación del protagonista de la historia como un personaje. Tanto Cervantes como Shakespeare harán algo absolutamente novedoso: crear personajes propios que, sin embargo, se convertirán en prototipos. La diferencia aquí es fundamental con lo anterior. Los personajes anteriores, desde los mitológicos hasta los religiosos pasando por los épicos, son personajes previos a su explotación literaria y cuyo modelo, por tanto, no es una creación literaria sino social. Los personajes fundamentales son modelos sociales, que realmente existieron o no, a imitar y que se presentan como ejemplares para la propia socialización. Son modelos de statu quo.

Sin embargo, la creación tanto de los personajes Quijote y Sancho como de la larga lista de los personajes shakesperianos son pura creación literaria que se presentan a su vez como modelo de sujeto. Nos atraen por su lejanía con el modelo social tradicional: perdedores y malvados –nota: incluso uno se imagina los escándalos que hoy hubieran despertado ciertas obras de Shakespeare para la corrección política de tanto mojigato-. Los personajes así huyen del modelo social previo para crearse a sí mismos como modelos. Es un triunfo, en ambos autores, de la autonomía literaria sobre la heteronomía social que hasta entonces había dominado. Ya no será el modelo social el ideal del literario sino que éste será capaz de crear personajes que, en su bondad o maldad, ideal o cruda realidad, serán capaces de presentarse a sí mismos como modelo para el desarrollo social.

Así la obra de Cervantes y de Shakespeare  expresan la conciencia de un mundo distinto pero todavía no nuevo. Y es importante este hecho. Ambas obras son conscientes de la crisis del mundo medieval, frente al modelo Carlos V por ejemplo, pero son incapaces de presentar una alternativa a ese mundo que se agota. El caballero D. Quijote no puede dejar de mirar atrás en busca de esa tierra prometida y los personajes trágicos de Shakespeare fracasan quedándoles solo la muerte. Habrá que esperar a 1663 para que, en El Paraíso Perdido de Milton, Lucifer se levante después de su derrota y expulsión para conseguir convertir del Infierno un Cielo. Habrá que esperar 100 años para que Robinson Crusoe convierta su isla desierta en la civilización.

Pero, también hay diferencias entre los dos autores. Y esa diferencia está en la conciencia de uno y otro.

Shakespeare es consciente de que su obra es novedosa, no solo en el terreno técnico de la composición literaria sino, especialmente, en la propia realidad de sus personajes. Y por eso su campo de acción es el teatro. Sin embargo, Cervantes es todavía una persona de mentalidad renacentista y no es consciente, como autor, de lo que significa el propio Quijote: la obra, que él pretende como un juego literario, le desborda. Expliquemos.

La utilización de la estructura teatral le permite a Shakespeare el empleo de la técnica del diálogo y el monólogo. Esto convierte en un proceso  más sencillo la expresión de los sentimientos de los personajes frente a una técnica puramente narrativa, la novela, donde cabe una mayor intervención del lector al interpretar la acción que se narra. Pero aquí no se trata de que la elección del aparato literario sea la causa sino que es la consecuencia.

Efectivamente, los personajes de Shakespeare son teatrales porque el autor solo puede expresar la  novedad de sus héroes  a través de ese género. La complejidad psicológica de los personajes shakesperianos es imposible todavía de plasmar con el desarrollo de la novela del siglo XVI. De hecho, cuando Defoe escriba su Robinson, tendrá que recurrir al narrador en primera persona para poder cumplir la introspección, algo que a los grandes novelistas del siglo XIX, por ejemplo, no les hará falta.

Sin embargo, Cervantes, sin éxito en el teatro, no busca conscientemente la creación de un personaje sino de un juego literario culto, incluso pedante, propio de su época pero que se le escapa, especialmente en la segunda parte, de las manos. D. Quijote no resulta creíble nunca fuera del juego que propone el autor pues su propio personaje, excesivamente forzado, nos conduce a la parodia. Efectivamente, incluso en sus discursos, que llegan a cansar y que no son sino muchas veces la repetición del convencionalismo social de la época a diferencia de Shakespeare, el Quijote carece de la capacidad de crear una profundidad psicológica en el personaje, demasiado plano. Son discursos para el público y no  monólogos que surjan  de  la conciencia personal como en el autor inglés. D. Quijote carece de psicología propia más allá de su modelo inicial. E incluso, en el  giro radical de  su renuncia a la  caballería, en unas pocas páginas al final, se vuelve a ver lo mismo pues no surge de su interior derrotado sino de su duelo externo perdido con el Bachiller. Pero, y ahí está su grandeza, es la propia narración de sus aventuras, los hechos acaecidos y cómo son narrados, lo que le convierten en un personaje fundamental. La evolución del ingenioso hidalgo, que pasa de hacernos reír a estremecernos, no se refleja en su psicología sino en la propia narración y sus aventuras. El Quijote se puede considerar por eso como el primer héroe moderno auténticamente narrativo.

¿Que queremos decir con esto? Que la importancia del personaje no está en su mundo interior – nota: qué repugnante expresión-  que es excesivamente plano en realidad , sino en la forma de enfrentarse al mundo, que nos permite pasar de considerarle ridículo a ser uno de nosotros. Y en esto se parece el hidalgo a Gregorio  Samsa, protagonista de la metamorfosis kafkiana, quien con su psicología pequeñoburguesa es un personaje ridículo pero como sujeto sin embargo, y merced a la narración, nos hace ver en él al propio sujeto actual y con esto a  nosotros mismos.

Así, los heroes Shakespeare son sujetos modernos en sí mismos. D. Quijote, y también Sancho,  se convertirán en ello tras su propia peripecia. D. Quijote es un héroe narrativo porque lo que cambia no es él, idiota al principio y al final, sino nuestra visión de él merced al desarrollo de su novela. D. Quijote es nuestra vida: ridícula.

La obra de Cervantes resulta así el complemento de la de Shakespeare y viceversa. Ambos asisten al fin de un mundo que parecía definitivo y ambos conocen que ese ocaso debe resolverse. Ambos, a su vez, son incapaces de hacerlo en su propia realidad. Pero si su interés fuera meramente historiográfico, como ha devenido con el teatro de  Calderón o de Lope por ejemplo, su lectura se reduciría a la tarea erudita. Tiene que haber algo más que nos impulse hoy a leer el  Quijote. Y eso, en otro rollo.