En el artículo
anterior de esta serie habíamos encontrado la pregunta a contestar: ¿es
compatible el Capitalismo con un desarrollo sostenible? Con esta pregunta,
decíamos, buscábamos conocer si se podía desarrollar el Capitalismo de forma mundial
sin provocar un colapso medioambiental. Ahora vamos a intentar contestar a
esto.
Para ello, debemos plantearnos un análisis de los dos
factores en juego: la Naturaleza y el Capitalismo.
En 1798, Malthus predijo de forma irrevocable la
hambruna mundial por el aumento de población. Hoy tengo chuletitas de cordero
para comer.
En 1970, el llamado Club de Roma señaló
indudablemente, ahora sí, la hambruna mundial. Pero luego tengo postre y café y
copa.
Cada año se anuncia un futuro apocalipsis. Para cenar,
unas alitas de pollo con ensalada.
¿Cuál es el problema? Que estas predicciones se basan
en un carácter esencial de la naturaleza y por tanto en la idea de esta como
algo estático. Y de eso derivan dos juicios erróneos: uno de carácter político
y otro económico. Expliquemos.
Cuando nosotros hablamos de naturaleza lo hacemos sin
duda acerca de un sistema. Para que exista un sistema es necesario que se dé
una relación entre sus elementos y que se mantenga un equilibrio. Sin embargo,
el error surge por considerar que este
sistema de equilibrio es una armonía donde nada falta y nada sobra, una
realidad donde hay una
proporción y
correspondencia adecuada entre las diferentes partes. La naturaleza es un sistema sin duda, pero no una armonía. Efectivamente,
existe un prejuicio que es la creencia de la naturaleza como un sistema que
busca una armonía entre sus integrantes porque se considera que el sistema
ideal es el cerrado: en él nada falta y nada sobra por la perfecta proporción
de sus partes. Eso se ve muy bien reflejado, por ejemplo, en el tema de las
llamadas especies invasoras que son
tratadas como si vinieran a romper eso que se llama ecosistema –repitan
conmigo: ¡¡ningún cangrejo es ilegal!-. Y este ecosistema se presenta a su vez como algo cerrado y estático.
Así, este prejuicio, que en realidad tiene elementos
comunes con la chorrada del diseño inteligente en cuanto que considera la
naturaleza como obra de arte, inunda
todo el ecologismo y es la clave para entender el malthusianismo de toda
predicción. La naturaleza es un sistema cerrado y armonioso y todo elemento que
lo interfiera es malo. Y como hay una armonía preestablecida toda interferencia
es además inmoral. Y como es mala y antinatural resulta lógicamente imposible
superar este sistema sin ser castigados, tal y como se predice cada 25 años más
o menos con la catástrofe definitiva, aunque los datos señalen permanentemente
lo contrario.
De esta forma, a través de transformar un mero
concepto metodológico, como es naturaleza, en un sujeto real, le naturaleza, es
como se construye el juicio moral ecologista sobre la maldad de intervenir en
ella. La naturaleza, y esa es la clave de toda la ñoñería ecologista, es como debe ser –armoniosa, perfecta y
buena- y cualquier acción que modifique
esto será mala.
Pero en realidad no se trata aquí sino de la presencia
de la vieja idea del creacionismo disfrazada con elementos evolutivos. Así, la
idea clave de todo este ecologismo ñoño es la idea, como
ya hemos referido, de diseño pues presupone que la naturaleza es un hecho
armonioso con esencia propia en la cual, además, los humanos son la permanente
especie invasora de la que hablábamos antes. Sin embargo, la naturaleza no
existe como tal y lo único que existe son unas relaciones dinámicas en las cuales
solo sobreviven los individuos, ni tan siquiera las especies, que se hayan adaptados.
El segundo punto fundamental es el carácter
pseudoeconómico del límite de crecimiento del Capitalismo. Esta teoría plantea
que hay un límite en la producción y que por tanto es imposible crecer más allá
de ello sin acabar con el planeta. Hasta
aquí la teoría en su obviedad es verdadera. El problema es que la idea tiene un
presupuesto engañoso pues extrapola la situación actual a la futura.
Efectivamente, el análisis de Malthus en sí mismo no era incorrecto pero tenía
un error. Mientras que él ya había
admitido que la población crecía de forma geométrica, cosa novedosa, aun
defendía que la producción tenía que hacerlo necesariamente, y a lo sumo, de
manera aritmética como si el modelo productivo no pudiera cambiar. Y esto
vuelve a ocurrir ahora con la cantinela de la producción y el consumo
imposibles de mantener. Porque efectivamente el modelo de producción actual y
el consumo actual son imposibles de mantener, como demuestra el calentamiento
global, pero eso no implica que el Capitalismo
actual esté costreñido al consumo y producción actual. Es decir, si podemos
demostrar que el Capitalismo puede cambiar su modelo productivo y de consumo
sin dejar de ser Capitalismo, entonces el Capitalismo puede llevar adelante un
crecimiento sostenible e indefinido.
La clave de todo esto está en analizar la producción
capitalista. La idea clave es si necesariamente la producción capitalista debe
ser altamente contaminante. El drama aquí es confundir Capitalismo con
industrialización.
Efectivamente, la producción industrial es una
condición necesaria del desarrollo capitalista pero no es el Capitalismo. La
esencia del Capitalismo no es la industria sino la mercancía. Su finalidad, por
tanto, no es producir objetos sino producir mercancías Desde luego, hay ciertas mercancías que
además son cosas u objetos, pero ser mercancía no implica ni tan siquiera tener
existencia empírica ¿Qué significa eso?
Necesariamente, el desarrollo del Capitalismo se
relaciona con la producción incesante y creciente de mercancías y esa es
precisamente la esencia del Capitalismo. Pero el hecho de que sea la producción
de mercancías y no de cosas nos ayuda a entender algo. Pongamos un ejemplo.
¿En que se basa el Capitalismo financiero? En la
producción de mercancías. Lo que ocurre es que estas mercancías, que es el
dinero -no confundir con su representación que son billetes y monedas-
físicamente no existe y sin embargo produce valor y beneficio siendo así una
mercancía. ¿Qué quiere esto decir? Que la producción necesaria e incesante de
mercancías, eso sí, para el Capitalismo no implica siempre un proceso industrial de transformación de la
naturaleza física. De hecho, la
industria del software y virtual sería
un ejemplo de todo un proceso industrial, y así es en todos sus sentidos, sin
apenas soporte físico en su consumo. Por tanto, una parte del desarrollo capitalista se ha independizado de
la producción material y se puede desarrollar sin tocar nada físico o con un
mínimo de soporte material. Y eso es así porque la esencia de la mercancía no
es producción material sino valor
económico.
Sin embargo, y en segundo lugar, no cabe duda de que
hay otro factor de producción de mercancías, inevitable a su vez, que necesita
de la transformación industrial. Y es aquí donde aparentemente surge la
cuestión: resulta imposible compaginar el incremento productivo necesario para
esta producción de mercancías con el equilibrio ecológico. Sin embargo esto es
también una falacia.
Hasta la fecha la naturaleza no ha sido mercancía sino
materia prima de la producción. Esto lo han tenido en común todos los sistemas
productivos de la historia. Sin embargo, el salto cualitativo en este aspecto
es que, siguiendo la lógica capitalista en su totalitarismo, todo
absolutamente, como ya se ha hecho así con la vida humana o la cultura, debe
convertirse en mercancía. Para decirlo con una sola frase que solemos repetir:
si la gente muerte de hambre en África, y no en Europa, no es porque
la explotación sea mayor allí sino al contrario, porque el moribundo
subsahariano no es mercancía y el rollizo europeo, sí. De esta forma, entramos así
en una dinámica nueva: si el equilibrio sostenible -es decir, si la
conservación de la naturaleza y la propia naturaleza- pueden convertirse en
mercancía sobrevivirá. Pero además, con ello, se conseguirá un nuevo triunfo
del Capitalismo como sistema totalitario pues llegará al punto máximo de su
extensión convirtiendo en mercancía el mundo humano –el propio ser humano y la
cultura-, la producción manufacturada –los productos técnicos y tecnológicos- y
la propia naturaleza –yendo más allá de su propia realidad como materia prima-.
¿Lo conseguirá? Ya se lo cuento, porque ahora yo me
voy a la cama. Aunque de la emoción no sé si voy a dormir.








