martes, enero 24, 2006

JULIO BAYÓN EN LA MEMORIA

Es difícil recordar con agrado a un profesor en la universidad. Resulta raro, por no decir imposible, poder hablar de alguno de los que nos daban clase en aquella época sin mostrar desprecio o indiferencia. Tal vez recuerdo a dos excepcionales y quizás a tres o cuatro que, sin ser grandes profesores, al menos cumplían dignamente su papel. Los excepcionales: uno era José Luis Mora, otro Julio Bayón.
Hace un año, más o menos, Julio Bayón murió. Ni él, tal vez, ni yo, seguro, creemos, más allá de la pura exigencia de la razón, en la inmortalidad del alma. Es decir: Julio Bayón murió para siempre. Pero lo que no muere, al menos mientras sigamos vivos no sólo yo sino bastantes de los que fuimos sus alumnos, es su recuerdo.
Desde luego mentiría si dijera que admiré a Julio Bayón como filósofo, pero también faltaría a la verdad si no comentara que todavía hoy le considero un ejemplo de profesor. Si alguien cumplía la vieja idea de Kant, sobre que no se aprende filosofía sino que se aprende a filosofar, era Julio Bayón. Y si a alguna clase se asistía para aprender filosofía -es decir: aprender a cuestionarse, aprender a contestar y volver a cuestionarse y así a hacer algo más que la nueva escolástica universitaria- era a la suya. De Julio Bayón aprendí, además, lo fundamental: las teorías filosóficas deben traducirse a política.
Julio Bayón murió, más o menos, hace un año. Nadie ha hecho nada, nadie ha realizado, al menos que yo conozca, ningún homenaje. Incluso en vida, es difícil olvidarlo, en su oposición a cátedra, que finalmente consiguió, se buscó ridiculizarle con los aspavientos de los cómodamente instalados y la presencia de un mandarinato filosófico más preocupado por el poder, el viejo tema del profesor Bayón, que por el conocimiento. Pero allí también contó, como ningún otro, con el apoyo de sus alumnos. Y siendo ahora profesor supongo que a él le importó más esto que la presencia de los mandarines de una filosofía vendida hace tiempo.
Julio Bayón me enseñó, parece poco pero no lo es, dos cosas para ser profesor y para, a la vez, intentar ser filósofo. La primera, docente y filosófica a la vez, que no hay pregunta sincera estúpida. La segunda, de tono moral y político, que la claridad no es sólo algo cortés sino que ella misma forma parte de una opción filosófica. Y por eso, aunque estuve tentado de titular este pequeño homenaje con un pedante in memoriam, he decidido hacerlo de un modo más simple, más sencillo. En definitiva, como a él le gustaría, más verdaderamente ilustrado.
Julio Bayón en la memoria.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Don Enrique Pablo,
le envío una cosa que escribí el 27 de enero del año pasado, cuando conocí la noticia.

En esta víspera de la festividad universitaria me llega la noticia del fallecimiento de don Julio Bayón Cerdán, catedrático de filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid, acaecido el pasado día 21. Desde este mi actual paradero francés, y en estos días de graves memorias (60 años del descubrimiento del exterminio de seis millones de judíos), quisiera contribuir modestamente al merecido tributo a la de este profesor.

Buena parte de lo que aprendimos (creo poder hablar por muchos otros de la promoción de 1985-1990) de fundamentos de filosofía clásica lo aprendimos en sus clases. Precisamente a partir de tales sólidos fundamentos Julio Bayón era capaz de introducirnos al pensamiento de autores tan diferentes como Adorno, Merleau-Ponty o Gilles Deleuze.

Su entusiasmo filosófico –en el doble sentido de interés casi visceral por la filosofía y de alcance filosófico da la admiración– nos era transmitido desde las primeras clases.

La manera en que siempre estaba abierto a valorar y a no despreciar las posiciones más alejadas de sus preferencias no era la expresión de un fácil escepticismo (eclecticismo o pereza mental) sino un reflejo precisamente de su profundo respeto por el prójimo.

Su simpatía, su desenfado y hasta un poco su aspecto físico nos recordaban a veces al gran actor Luis Escobar. Una elegancia menos aparente que profunda hacía pensar en algunas fotos de los últimos tiempos del poeta francés Jean Cocteau.

Su obra impresa, breve y dispersa pero incisiva, puede dar alguna idea de su nivel de exigencia intelectual a quienes no tuvieron la ocasión de oirle. Esa enjundia filosófica, sin embargo, se veía felizmente equilibrada por un gusto acusado por la anécdota humana (y a veces por el cotilleo), nunca malitencionada, que no era sino otro reflejo de su profunda simpatía y apertura al otro.

Anónimo dijo...

Es lo que tiene ser hombre. Que nunca has vivido a Julio Bayón como alumna mujer. El profesor más misógino que encontré en toda la carrera.