martes, octubre 15, 2013

IZQUIERDA y VERDAD/1: ¿POR QUÉ SE DEBERÍA SER DE IZQUIERDAS?

Las ideas políticas que uno defiende tienden a la universalidad. Esto quiere decir que se considera que todos deberían tener estas mismas ideas y, si no, estarían equivocados. No pasa así con la cuestión de los gustos, desde el color a la comida, o con el equipo de fútbol: nadie, al menos en sus cabales, considera que todos deberían ser del mismo equipo que uno pues eso acabaría con el juego. Sin embargo en la política sí se piensa que las ideas que se defienden son mejores y que todo el mundo debería tenerlas. Se les dota así de un contenido de verdad universal. Y, por consiguiente, al que no es de nuestras ideas se le tacha de equivocado. Y esto, por supuesto, no es antidemocrático. Uno puede pensar que sus ideas son las correctas y añadir que, sin embargo, la gente tiene derecho a tener otras: la democracia no implica necesariamente el relativismo, pero siempre niega el fanatismo y las creencias dogmáticas. 

Este contenido de verdad de las ideas políticas hace que, como ya hemos señalado, estas escapen al gusto o a la personalidad y se sitúen en un punto cualitativamente superior de la discusión, al menos aparentemente. Parece que política es algo más –realmente es algo muy importante- y se debería situar en un discusión racional y argumentada. Es decir, deberíamos poder dar razones objetivas de nuestro ideal. De esta forma, la pregunta clave no sería ¿de qué opción política soy? sino ¿por qué soy de tal opción política?

¿Por qué soy de izquierdas? Esta parece una pregunta adecuada en nuestro caso. Pero, si nos remontamos al primer párrafo aun nos parece incompleta ¿Por qué se debe ser izquierdas? O ¿por qué todos deberían ser de izquierdas? resulta todavía mejor en aras de la petición de esa universalidad. Efectivamente, no se trata tanto de por qué uno es de esa opción sino de aquello que debería llevar a todos a serlo.

¿Por qué se debe ser de izquierdas? Cuando a alguien se le pregunta esto, en una mayoría de ocasiones surge un discurso sobre la desigualdad y la pobreza. Se trata de un discurso moral donde lo fundamental son los elemento descriptivos de esa misma situación: porque hay desigualdad y pobreza.  Efectivamente, lo importante aquí es que existe la pobreza y desigualdad y ese es el argumento para defender la necesidad de pertenecer a la corriente política de la izquierda. Soy de izquierdas, se dice, porque existe la desigualdad y la pobreza. Es loable. Pero, curiosamente, aquí empiezan los problemas. Y aquí, también curiosamente, se deja de ser de izquierdas.

Efectivamente, defender que se debe ser de izquierdas porque existe la desigualdad implica una serie de consecuencias peligrosas.

En primer lugar, del mero hecho de la existencia de la desigualdad o de la pobreza no se puede sacar como consecuencia que esta sea mala. Efectivamente que un hecho exista no implica su maldad o bondad pues cuando señalamos que algo está mal, como bien sabía Hume, no hacemos una mera descripción de la realidad sino un juicio sobre la misma. El juicio moral -ya sea está mal o está bien- no describe la realidad sino que la juzga. El mero hecho de la existencia de la desigualdad entonces no puede hacer a uno decantarse por nada sino que, como mucho, podrá hacerle reconocer esa existencia pero poco más. Pues sí, hay desigualdad, ¿y?

Pero esto se entiende mejor con un simple argumento histórico. Si la existencia de la desigualdad fuera la causa de la existencia de la izquierda entonces sería fácil presuponer que la izquierda debería haber existido desde siempre o, al menos, desde que existe la civilización allá por el Paleolítico. Sin embargo y no curiosamente, la izquierda política tiene una fecha reciente de creación y, además, en una civilización determinada en un momento concreto de la historia. Efectivamente, la izquierda política comienza en el siglo XVIII, en occidente y con la Ilustración. Antes había desigualdad y pobreza pero, no curiosamente, izquierda política. Y resultaría algo extraño pensar que todos eran malos hasta que llegamos nosotros –o, ustedes por si no me quieren incluir-.

En segundo lugar, y unido a lo anterior, está el problema moral. Una vez que se ha tomado como razón de ser de la conciencia izquierdista la mera existencia de los hechos de desigualdad y pobreza,  surge como consecuencia lógica la idea de la superioridad moral de la izquierda. Efectivamente, si el mero hecho de la existencia de algo conduce, en esta concepción de la izquierda, al juicio moral en su contra es lógico pensar que quien no lo vea así es por falta de moral pues se trata de un hecho intuitivo al alcance de todos los que miren. Solo, por tanto, desde la maldad se puede aceptar esa situación injusta sin protestar contra ella. Así, no ser de izquierdas solo puede concebirse desde la existencia de un interés retorcido porque solo hay que mirar con ojos puros y desinteresados para ser de izquierdas. El que no es de izquierdas, en definitiva, es un inmoral. Y el que es de izquierdas es el bueno. Así, el juicio personal está claro.

La tercera consecuencia de esta teoría es la, paradójica, necesidad intelectual que tiene esta izquierda de que existan las condiciones más extremas y los hechos sociales más depauperados. Así surge una iconografía característica: obreros haciendo de obreros y pobres pobres –obsérvese el ingenio: no me repito por más que el capitalista Word me lo diga-. Esto es así porque  el discurso debe destacar los hechos de pobreza y desigualdad pues son el fundamento de la propia teoría y, por tanto, a mayor pobreza aparentemente más contenido de verdad. Pero así, la izquierda pierde la capacidad de reflexionar con sutileza y matices frente a la realidad. La brocha gorda es el método de pintura frente al pincel: ahí me pones un pobre, ahí me pintas a un obrero, ahí a un empresario malvado. Es seguir la línea de puntos.

En cuarto lugar, y relacionado con esto, surge una necesidad para simplificar el juicio. Si toda la izquierda puede reducirse a un juicio moral, entonces es necesario poner cara a los actores sobre los que se realiza este juicio moral. Efectivamente, la existencia de buenos y malos en el discurso implica la reducción del capitalismo a la actuación de los malvados capitalistas.  Así, el sistema económico pierde toda sustantividad y queda reducido a una especie de junta de accionistas del mal absoluto. Capitalismo y empresarios se identifican sin más. Y los empresarios siempre son malas personas.

En cuarto lugar, aparece una consecuencia  política inmediata. Como la pobreza sin más es el leivmotiv de la teoría, todo aquel que, en apariencia o en realidad, se enfrente a ella será considerado de izquierdas. Pero hay ahí –fíjense en el dominio ortográfico- una excepción forzada por el punto anterior. Como el Capitalismo es en realidad el conjunto de capitalistas para esta teoría y los capitalistas son intrínsecamente malos, entonces se pone otra condición: hay que declararse además, anticapitalista. De esta forma, todo aquel que se declare tal y además diga que lucha contra la desigualdad será convertido en personaje de izquierdas: dará igual que haya convertido su país en una inmensa cárcel como era el bloque soviético o la actual Cuba. Así, convertida la teoría en lema todo el que suspire el mantra en la posición adecuada, lo llamaremos la flor rebelde, será de izquierdas.

Y, con esto último, se genera otra consecuencia que es la doble vara de medir histórica. Efectivamente hay una vara de medir adaptada al interés en un doble sentido. Por un lado, la desaparición de la pobreza no cuenta para el Capitalismo, a pesar de se evidente éxito en estas lídes. Por otro, el apoyo a las dictaduras se dará sin tapujos siempre y cuando se cumplan las condiciones arriba expuestas. Franco malo, Fidel bueno.

Así, la fijación de la izquierda por la igualdad como base del discurso, que no como consecuencia de la acción izquierdista, conduce a una moral de rebaño: el lema como balido y el grupo como protección. En realidad no es más que un cristianismo sin teología, es decir: sin lo que lo hace intelectualmente interesante. Este concepto de la izquierda acaba así en una teoría política intelectualmente irrisoria.

Pero, entonces, si no hay que ser de izquierdas porque existe la desigualdad, ¿por qué hay que ser de izquierdas? 

Yo ahora me voy a dormir. Pero eso sí, con ademán izquierdista y rebelde.

5 comentarios:

Tino A. Carbajales dijo...

Pensaba advertirle a través de Twitter pero me falta espacio.

En el párrafo donde muestra su dominio ortográfico comete el lapsus de convertir en personaje de izquierdas al que lucha contra la igualdad. Que pudiera ser, pero no creo.

Un saludo

Enrique P. Mesa García dijo...

Tiene usted razón, una vez más. la emoción me lleva a a veces. Solucionado y gracias.

Anónimo dijo...

Un acto fallido, sin duda sr. Mesa.

Anónimo dijo...

Hace pocos días, el Papa Francisco decía: “Nunca he sido de derechas”
Si alguna institución representa a la derecha, a la mas a la derecha de la derecha, esa es la Iglesia.
Tan paradójico como lo que dijo el Papa, hubiera sido escuchar a Stalin diciendo que el nunca había sido comunista, o a Hitler diciendo que el nunca fue nazi.

Quizá lo que pretendía decir el Papa, es que el, siempre, actuó como un cristiano ha de hacerlo. Aun siendo un cargo destacado de la institución más a la derecha de la derecha.

El diagnosticar y denunciar los problemas sociales, no es patrimonio sólo de la izquierda. Pero si es patrimonio de ella, en exclusiva, el utilizar los problemas sociales para auparse a poder. Y la historia constata, tozudamente, que una vez en el poder la izquierda, lejos de solucionar los problemas que denuncian, los agravan.

Hace años, en un programa de Dragó, presentaban un libro de Don Gustavo Bueno y tenían a Don Santiago Carrillo de contertulio. En un momento de la interesante charla Don Gustavo aseveró, tan rotundamente como acostumbra, que “el PP es un partido de izquierda”.

Y si, estoy de acuerdo con Don Gustavo. Y por los mismos motivos que Ud. expone en su comentario. Sólo que al ser de derechas, el PP, además de diagnosticar los problemas sociales, se proponen solucionarlos en vez de agravarlos para perpetuarse.

Creo que habría que matizar entre “pobreza” y “miseria”.
Si la izquierda nace en la Revolución Francesa (no se si es así) no es como consecuencia de la pobreza ni de la Ilustración, sino de la “miseria”, el hambre, la falta de pan.
También la Ilustración tuvo efectos destacables en Prusia, en su rey Federico II, (otra institución más a la derecha), que supo diagnosticar y solucionar los problemas sociales. sin necesidad de izquierdas y revoluciones.

Y parafraseando a Kant, ¿que es la igualdad?
¿Que un senegalés la tenga como yo? o ¿que yo la tenga como un senegalés?

Un Oyente de Federico

Un alumno de su profesor dijo...

Me gustaria recordarle a "Un oyente de Federico" una palabras que el actual ministro de Hacienda, Cristobal Montoro, dijo durante el gobierno socialista. "Que caiga España que ya la levantaremos nosotros". No me parece esa la actitud de un partido que, segun sus palabras, "se propone solucionar los problemas sociales en vez de agravarlos para perpetuarse"
Un saludo