En esta serie hemos visto ya tres tesis
fundamentales.
En un primer artículo explicamos que la
religión y la superstición se habían separado en el devenir histórico por la
cada vez mayor complejidad, lo que no quiere decir que fuera más
verdadera, de la primera sobre la
segunda.
En segundo lugar analizamos cómo en la realidad
actual del Nuevo Capitalismo, la religión sin embargo ya se había convertido en
superstición.
Por último, reflexionamos sobre el sentimiento
religioso señalando que se trataba en realidad de una necesidad de apertura
hacia el futuro y que para su satisfacción no hacia falta una respuesta
trascendente, sino que ésta se había dado por la insuficiencia material de los
sistemas productivos anteriores al Nuevo Capitalismo.
Toca ahora terminar esta serie –lo sé, pensó
usted por fin- explicando cómo el Nuevo
Capitalismo logra satisfacer ese anhelo de futuro. Y empezaremos presentando
nuestra tesis.
Vamos a defender que el Nuevo Capitalismo hace
innecesaria la presencia de la religión
y, por lo tanto, que esta desaparecerá
de la historia, pues el modelo económico por fin es capaz de satisfacer en sí
mismo ese deseo de apertura, de proyección al futuro, que es característico en el ser humano.
El tiempo del sentimiento religioso decíamos
que es el futuro. El ser humano vive, explicábamos en el artículo anterior
dándole la razón a Ortega, proyectado hacia adelante. Al no encontrar ese
futuro dentro de su forma material de vida, pues los sistemas productivos
anteriores se basaban en la subsistencia,
apareció la necesidad de situar la respuesta en algo transcendente. Y
así surgirá la importancia de la religión.
Ahora
analicemos lo que ocurre con el Nuevo Capitalismo y cómo este es capaz
de satisfacer el anhelo de futuro.
El sistema económico actual es lo que
denominamos Nuevo Capitalismo. Su característica básica es que la producción
económica ya no sólo es producción sino también consumo: la producción del
beneficio económico es la totalidad de la vida humana produciendo en el trabajo
o consumiendo en el ocio. Y esta
producción absoluta de beneficio es permanentemente proyectada: no
existe el momento de la satisfacción última, el instante más bello faústico
-nota: me gusta ponerme culto- pues la producción no tiene como finalidad la
satisfacción de ciertas necesidades sino
la consecución de beneficio a través de la producción de mercancías y su
incesante consumo. Y para esta incesante actividad económica es necesaria
la propia creación no sólo de las satisfacciones sino también de
las necesidades para el consumo perpetuo.
De esta forma, todo el sistema se vuelca hacia
el futuro. En términos más estrictos: se proyecta permanentemente hacia
delante, no como un gesto volitivo sino esencial y objetivo de la propia
estructura económica. El futuro es el tiempo permanente del Nuevo Capitalismo.
Pero un tiempo futuro con unas características muy concretas.
En primer lugar, se trata de un futuro que permanentemente se
está dando en la realidad. El futuro no se mide por aquello que va a ocurrir en
un tiempo lejano, como en la promesa religiosa con su carga escatológica, sino
por aquello que está ya ocurriendo. Este permanentemente ocurriendo es una característica fundamental de la nueva
sociedad. Las personas en el Nuevo Capitalismo viven en una proyección
constante hacia adelante, pues la figura
económica fundamental del Nuevo Capitalismo es una producción incesante de
mercancías para el consumo cuyo ciclo productivo es eterno. De esta manera, el Nuevo
Capitalismo, con su negación a la vida
estable, cubre con creces esa necesidad
humana de proyección sin necesidad de referirse a un hecho trascendente y que
se sitúe más allá de la propia vida terrena, de la vida única.
Piensen ustedes cómo era la vida cuando nacieron
y cómo es ahora y fíjense en el cambio permanente de la misma. Un campesino
medieval, y sus progenitores y su descendencia, repetía su vida cada día, una
cosa pobre y asquerosa por cierto; ustedes y yo vivimos una vida que necesita
inventarse cada día -de una forma pobre y asquerosa, por cierto-. Así, ustedes
y yo estamos proyectados hacia el futuro de una manera radical y con una única
finalidad: satisfacer a través del consumo las necesidades del sistema
productivo capitalista. La producción interna de beneficio capitalista lo
exige. El Nuevo Capitalismo puede así sustituir el afán de porvenir del
sentimiento religioso de una manera inmanente.
En segundo lugar, y en esto también se asemeja a la
religión, ese porvenir capitalista es un
tiempo futuro estable. Esto significa que el futuro no se presenta como un
lugar de incertidumbre sino de garantía. En cuanto a la seguridad cabe destacar
que una característica fundamental de la religión era no sólo su proyección
hacia el futuro sino cumplir también el requisito de garantizar ese mismo
futuro con dos desarrollos: el orden del mundo -mañana se pondrá el sol-; y la
inmortalidad. Igualmente ocurre con el Nuevo Capitalismo. Este tiene como algo
propio de su propia configuración, y por la presencia fundada del consumo, una
garantía de permanencia en ese futuro. Y así el crédito permanente y la tarjeta
VISA lo garantizan igual de bien, o mejor pues son más reales, que los rezos y
las jaculatorias.
Y surge así el tercer elemento que une a la
religión y al Capitalismo como elementos que satisfacen el anhelo de futuro: la
heteronomía de su propuesta. No se trata en verdad de que la vida individual se
proyecte a sí misma en una construcción de su propia identidad, como hacían los
personajes literarios modernos y era el ideal de la Filosofía, sino que es una proyección ajena a la propia
voluntad y que la hace innecesaria. No hay por tanto lugar a una peripecia
individual sino que la proyección al futuro es un hecho estructural de la
propia realidad, es decir: del sistema productivo, algo que fue vivido como fantasía
en la religión pero que ahora surge como realidad en el Capitalismo. Hay una
estructura superior que domina la vida y ante la cual el sujeto se religa
-nota: obsérvese el ingenioso a la par que culto juego de palabras-.
De esta manera, nada se le exige al sujeto para
lograr satisfacer ese anhelo de porvenir sino solo que se deje, y aunque no se
deje, llevar. Y en eso también se parece el Nuevo Capitalismo a la religión. Si
en el discurso moderno el sujeto construía su futuro desde su acción -advertía
Casio, en la imprescindible obra de Shakespeare sobre Julio César, que nuestro
futuro no estaba en los astros sino en nosotros- tanto en la religión como en el Nuevo
Capitalismo el futuro está escrito
precisamente en la heteronomía, en las estrellas: productivas y reales o
espirituales e imaginarias. Los individuos no tienen que hacer nada para
pertenecer al futuro sino solo seguir su corriente. Es precisamente la
destrucción del sujeto moderno la idea latente. Y esta destrucción es defendida
también tanto por la religión como por el Nuevo Capitalismo.
Así, el Nuevo Capitalismo ya es capaz de hacer
la vida permanentemente proyectada hacia el futuro y satisfacer esta necesidad
humana propia de la especie. Y además es capaz de hacerlo, como ya hemos visto,
con dos características fundamentales: seguridad y plenitud. El Nuevo
Capitalismo ya puede ser un nuevo estado místico: es el Reino prometido en la
tierra. O, tal vez, el infierno.
Pero alguien podría decir que todo esto peca de
superficial ¿Cómo defender que algo tan espiritual como la mística pueda ser
sustituido por la tarjeta de crédito? En realidad, es al contrario: lo
superficial es ya la religión. Si en el
primer artículo destacábamos que la religión no podía históricamente compararse
con la superstición por su desarrollo intelectual, del mismo modo podemos
concluir favorablemente sobre la diferencia en su grado de abstracción entre la
tarjeta de crédito y la propia religión. Efectivamente, la tarjeta de crédito
es un producto superior intelectualmente a cualquier religión.
En la religión habitaba la abstracción propia
de la conversión del anhelo de futuro en una invención trascendente. En la
tarjeta de crédito hay mucho más. Su abstracción responde a la existencia real
de todo un sistema económico construido sobre un proceso de racionalización y
abstracción que concluye en el dinero y la mercancía. Así, la promesa del
consumo, clave del Nuevo Capitalismo, reivindica la existencia real, la material,
como la clave de la felicidad. No pospone la sonrisa sino que la pinta en el
rostro actual como permanente emoticono.
La tarjeta de crédito, como metáfora del Nuevo
Capitalismo, supera así a la religión
como donación de sentido de la propia vida. Primero, porque su abstracción
es intelectualmente mucho más
sofisticada. Segundo, porque es más real. Tercero, porque es más totalitaria al
ni tan siquiera permitir la herejía pues no es un constructo intelectual,
discutir si el espíritu santo procede también del padre o solo del hijo, sino algo real y cotidiano ante lo que
no cabe escapar: es ya la propia vida.
La religión está definitivamente en el basurero
de la historia. De hecho, ha sido sustituida o por la ausencia de cualquier
superstición espiritual o, en su defecto,
por una especie de espiritualidad del bienestar cuyo único objetivo es la venta
de un producto de descanso y ocio: un spa místico. Y no cabe duda de que la
desaparición de la religión es una buena noticia.
Alguien podría lamentar su caída como una
perdida para la humanidad. Sin embargo se equivocaría. El Nuevo Capitalismo no
ha llegado para liberar a los seres humanos de la dominación y seria ingenuo
pretenderlo así. Pero la religión tampoco lo hizo nunca. Y solo es hoy en día un inconveniente para el
desarrollo del conocimiento.Del mismo modo que Marx no lamentaba la pérdida dela aparente cultura hindú, cuyo elemento clave era arrodillarse delante de
vacas y monos, que desaparecía ante la
dominación británica, nosotros no
lamentamos la desaparición de la religión. En la tarjeta de crédito hay más
verdad que en la cruz, la media luna o las campanitas orientales. Y también hay
más dominación.

















