No hay cosa más triste que un niño consentido. Acostumbrados a vivir en una burbujita donde son los reyes de la casa y ahora, también, de la escuela y la sociedad, los niños y los jóvenes van asumiendo el (des)control de sus propias vidas a edades cada vez más tempranas y dominando las relaciones sociales (en la familia o en la escuela) en las cuales deberían estar en un nivel inferior pues debiera existir una jerarquía clara entre quienes deben tener la responsabilidad (padres y profesores) y quienes aún no pueden (los propios jóvenes).
Sin embargo, apoyados por un mercado pensado fundamentalmente para ellos (el lanzamiento de una, presunta, cultura juvenil elaborada en realidad en aras del beneficio económico) van poco a poco conquistando espacios sociales como exclusivamente consumidores pero no como productores. Así, la idea del derecho (la posesión) frente al deber (la producción del mundo), desconocida para ellos, les genera la sensación de dominio de sus propias vidas. Pero esta vida -una en realidad lamentable existencia que consiste en una educación encaminada exclusivamente para que sean dóciles productores (en el trabajo y en el consumo) aderezada con una carrera para ver quien pierde antes la virginidad y la conciencia- ya no les pertenece a ellos, ni siquiera en la infancia, sino a una realidad, el capitalismo, que hace tiempo la exigió como pago.
Abandonados, primero, por una familia que se siente, y con razón, dominada por una realidad que se le impone y que pasa por la imposibilidad de conciliar el horario laboral con la vida familiar -excepto si es usted funcionario que el partido de turno ya comprará su voto-, o por una necesidad de proporcionar un número inmenso de mercancías que den identidad -cómo decirle a su niño que no va a tener su móvil, o su repugnante piercing o su ridículo tatuaje cuando ya han dejado de ser meros útiles o adornos, de sociedades primitivas además, y han pasado a ser partes de la propia identidad-.
Sin embargo, apoyados por un mercado pensado fundamentalmente para ellos (el lanzamiento de una, presunta, cultura juvenil elaborada en realidad en aras del beneficio económico) van poco a poco conquistando espacios sociales como exclusivamente consumidores pero no como productores. Así, la idea del derecho (la posesión) frente al deber (la producción del mundo), desconocida para ellos, les genera la sensación de dominio de sus propias vidas. Pero esta vida -una en realidad lamentable existencia que consiste en una educación encaminada exclusivamente para que sean dóciles productores (en el trabajo y en el consumo) aderezada con una carrera para ver quien pierde antes la virginidad y la conciencia- ya no les pertenece a ellos, ni siquiera en la infancia, sino a una realidad, el capitalismo, que hace tiempo la exigió como pago.
Abandonados, primero, por una familia que se siente, y con razón, dominada por una realidad que se le impone y que pasa por la imposibilidad de conciliar el horario laboral con la vida familiar -excepto si es usted funcionario que el partido de turno ya comprará su voto-, o por una necesidad de proporcionar un número inmenso de mercancías que den identidad -cómo decirle a su niño que no va a tener su móvil, o su repugnante piercing o su ridículo tatuaje cuando ya han dejado de ser meros útiles o adornos, de sociedades primitivas además, y han pasado a ser partes de la propia identidad-.
Abandonados, segundo, por una educación que se ha convertido, y hablamos de la pública pues el análisis de la privada debe basarse en el modelo de la fábrica de salchichas, en un privilegio del profesorado para trabajar lo menos posible.
Abandonados por unos partidos políticos, ¿políticos?, cuya máxima pretensión es el reparto desigual del poder (el estatuto como ejemplo)
Y abandonados, en fin, por un estado ridículo que nunca sabe imponerse cumpliendo aquello para lo que existe: garantizar la libertad de sus ciudadanos.
Abandonados por todo los jóvenes encuentran su cómodo refugio en ser descerebrados. Y no resultaría justo no señalar, tampoco, que podrían no serlo. Pues hay infinidad de cosas que podrían hacer en lugar de botellones y demás basura pero que no hacen porque sencillamente son más aburridas y ellos quieren, en expresión repugnante, vivir la vida. Y tienen razón, porque leer o hablar es más aburrido que emborracharse, eructar o realizar el coito, sin duda. Y por eso los animales no lo hacen.
Sí, es más aburrido, pero más digno. Mas educados para ser los buenos ciudadanos del mañana -no lo duden que lo serán con dos coches, un hijo, un perro, un chalet y mucha vida interior (que es la forma de señalar que la vida como tal ha fracasado)-, los jóvenes descerebrados no pueden pensar en la dignidad pues resultaría excesivamente peligrosa.
Decía Kant que no había que ser feliz sino que había que ser ser digno de serlo. Imaginen por un momento que los adolescentes pretendieran tal cosa. Imaginen un instituto con alumnos así, una calle con jóvenes así, una realidad con gente así. Mejor que quieran ser felices. Y que se emborrachen en el botellón. Ya se despertarán con un chalet, un perro, dos coches y una familia. Y mucha vida interior.
Como buenos ciudadanos.
Como buenos progresistas.

