Nota: CCOO ha hecho una declaración para los distintos claustros de profesores que está bastante bien y se puede descargar aquí. Yo pienso presentarla en el claustro de mi instituto.
Dad al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios
Mateo 22, 21
Al parecer, durante el mes de agosto el papa –sin acento- viene a España a unas jornadas de la juventud, o algo así. Imagino que hablará de los terribles males del mundo moderno desde que abandonamos a su dios, antes esto era un fiesta, e intentará hacer dos o tres transubstantaciones. Hata aquí es una empresa privada y está en su perfecto derecho de mandar de gira a su estrella principal. Por mí, como si reza por la salvación eterna de mi alma. El problema es otro. Porque resulta que en estas bonitas jornadas de la juventud -ya saben: un montón de perroflautas con guitarrita cantando al amor y la solidaridad- los autodenominados peregrinos -que siempre suena más místico, y con ello más falso, que turistas- van a ser acogidos en distintos institutos públicos de forma totalmente gratuita. Es decir, la comunidad de Madrid, presidida por esa falsa liberal que es Esperanza Aguirre, ha puesto a disposición de una empresa privada, la iglesia católica, las infraestructuras públicas que se mantienen con los impuestos de los ciudadanos. O sea, el intento de transubstantación, en el cual yo no tengo ningún interés y encima no creo que le salga, lo voy a pagar me guste o no.
Pero no se trata aquí, sin embargo, de que lo pague o no sino de algo más importante: la neutralidad del estado frente a las distintas opciones ideológicas que un ciudadano pueda tener. Cuando el papa viene a Madrid en agosto no viene en condición de intelectual y a expresar sus conocimientos –equivocados o no- sobre un tema sino como pastor de rebaño: a, nunca mejor dicho, pontificar en un determinado sentido. Tiene derecho a hacerlo porque hay libertad de expresión, sin duda, pero el estado, ni aún el autonómico de Aguirre, tiene derecho a financiárselo porque si no tendría que financiar a mususlmanes, hinduistas o pastafaris –no, no hay errata- o también, la semana de la juventud atea. O la de los partidarios de los tríos sexuales. Porque para el estado cualquier ideología, incluyendo las absurdas y supersticiosas, deben merecer el respeto y la tolerancia. Y por eso, porque o todas o ninguna, y para que nuestros impuestos no se gasten en estas cosas, lo mejor es que ninguna propagación dogmática de creencias sea financiada por el estado. Ni tan siquiera el encuentro por la laicidad del estado.
El problema de las creencias es extraño. No consideramos, desde luego, que todas las creencias tengan el mismo valor –curiosamente, por ejemplo, opinamos que de todas las religiones la que tiene mayor valor intelectual es la cristiana, aunque eso tampoco le de un valor en la actualidad realmente muy alto- pero sí creemos que todas las creencias deben ser respetadas, deben poderse discutir y no deben financiarse por el estado como tales creencias. Para entendernos: mi instituto podrá invitar a Ratzinger a dar una charla sobre cristianismo, y desde aquí le invito sin ironía a que se ponga en contacto conmigo y encantado estaría de que viniera, pero no podrá prestar sus instalaciones para que venga como jefe de una confesión. Ni a él ni a nadie. Y no porque las creencias no deban estar en la discusión pública sino precisamente por lo contrario. El único lugar público financiado en el cual las creencias pueden estar es en la discusión intelectual, para su exposición y crítica, sobre las mismas pero no como proselitismo. Es decir, las distintas creencias podrán ser explicadas como tales a través de la financiación pública –por ejemplo, en el sistema educativo- pero nunca en su sentido dogmático anticipándoles el carácter de verdad y buscando la conformidad de los fieles y la conversión de los infieles.
Al morir Labordeta, principio de curso, ocurrió un hecho curioso en mi instituto. Una profesora propuso que al día siguiente bajáramos con los alumnos a las doce al patio y cantáramos todos juntos el Canto a la libertad. Recuerdo que me negué porque, aduje, la escuela pública implica no adoctrinar ni señalar que unas ideas son mejores que otras: sonaba demasiado a colegio de curas. Meses después, al finalizar casi el curso, retiré de la corchera de un aula una bandera republicana y explique que los alumnos venían a que los profesores les dijéramos no qué debían pensar sino que debían pensar. Tampoco ahora quiero que con mis impuestos el papa –sin acento- diga, aunque sea, misa.
Pero no se trata aquí, sin embargo, de que lo pague o no sino de algo más importante: la neutralidad del estado frente a las distintas opciones ideológicas que un ciudadano pueda tener. Cuando el papa viene a Madrid en agosto no viene en condición de intelectual y a expresar sus conocimientos –equivocados o no- sobre un tema sino como pastor de rebaño: a, nunca mejor dicho, pontificar en un determinado sentido. Tiene derecho a hacerlo porque hay libertad de expresión, sin duda, pero el estado, ni aún el autonómico de Aguirre, tiene derecho a financiárselo porque si no tendría que financiar a mususlmanes, hinduistas o pastafaris –no, no hay errata- o también, la semana de la juventud atea. O la de los partidarios de los tríos sexuales. Porque para el estado cualquier ideología, incluyendo las absurdas y supersticiosas, deben merecer el respeto y la tolerancia. Y por eso, porque o todas o ninguna, y para que nuestros impuestos no se gasten en estas cosas, lo mejor es que ninguna propagación dogmática de creencias sea financiada por el estado. Ni tan siquiera el encuentro por la laicidad del estado.
El problema de las creencias es extraño. No consideramos, desde luego, que todas las creencias tengan el mismo valor –curiosamente, por ejemplo, opinamos que de todas las religiones la que tiene mayor valor intelectual es la cristiana, aunque eso tampoco le de un valor en la actualidad realmente muy alto- pero sí creemos que todas las creencias deben ser respetadas, deben poderse discutir y no deben financiarse por el estado como tales creencias. Para entendernos: mi instituto podrá invitar a Ratzinger a dar una charla sobre cristianismo, y desde aquí le invito sin ironía a que se ponga en contacto conmigo y encantado estaría de que viniera, pero no podrá prestar sus instalaciones para que venga como jefe de una confesión. Ni a él ni a nadie. Y no porque las creencias no deban estar en la discusión pública sino precisamente por lo contrario. El único lugar público financiado en el cual las creencias pueden estar es en la discusión intelectual, para su exposición y crítica, sobre las mismas pero no como proselitismo. Es decir, las distintas creencias podrán ser explicadas como tales a través de la financiación pública –por ejemplo, en el sistema educativo- pero nunca en su sentido dogmático anticipándoles el carácter de verdad y buscando la conformidad de los fieles y la conversión de los infieles.
Al morir Labordeta, principio de curso, ocurrió un hecho curioso en mi instituto. Una profesora propuso que al día siguiente bajáramos con los alumnos a las doce al patio y cantáramos todos juntos el Canto a la libertad. Recuerdo que me negué porque, aduje, la escuela pública implica no adoctrinar ni señalar que unas ideas son mejores que otras: sonaba demasiado a colegio de curas. Meses después, al finalizar casi el curso, retiré de la corchera de un aula una bandera republicana y explique que los alumnos venían a que los profesores les dijéramos no qué debían pensar sino que debían pensar. Tampoco ahora quiero que con mis impuestos el papa –sin acento- diga, aunque sea, misa.




