Vayamos por partes.
¿Ha fracasado el capitalismo? Si vemos los últimos 35 años de historia, para poner una fecha contrastable y que guarde relación con la crisis del petróleo, observaremos asombrados que el capitalismo ha ido ganando mercado mundial, bastaría solo para comprobarlo contabilizar todo el blloque de influencia soviética reconquistado, y, al tiempo, ha ido aumentando eso que se llama nivel de vida de la gente. O diciéndolo en palabras llanas: el capitalismo ha generado más riqueza económica que ningún sistema anterior y ha mejorado las condiciones económicas de la gente de todo el mundo de una manera extraordinaria. O diciéndolo aún más simple: los datos son concluyentes y, sin llegar a acabarse, la pobreza extrema y la pobreza han cedido de forma significativa en el mundo en los últimos años. Por supuesto detrás de los datos está la miseria, pero no es cierto que cada vez haya más pobres sino al contrario. Y es más, los datos no son solo hacia el pasado, inapelables a pesar de que los regímenes comunistas nunca dieran datos fiables de sus propias realidades nacionales y por tanto la comparación se dificulte, sino que si se proyectan hacia el futuro, y con moderación, dan como resultados que en la actualidad hay más personas sobre la tierra viviendo con una situación económica nunca antes vista que en toda la historia anterior de la humanidad. O dicho de modo simple: el capitalismo es el sistema económico más exitoso de la historia. Y jamás, en toda la historia de la humanidad, más gente ha vivido bajo un único sistema económico. Y jamás, igualmente, tan bien. Por eso, resulta ridículo y falso pretender que el capitalismo genera pobreza cuando lo que genera, y no por bondad sino porque vive de ello, es riqueza y cada vez mayor. Al fin y al cabo, hay que engordar antes a la gallina para hacer buen caldo. O diciéndolo de modo más elucubrado: la explotación exige la riqueza.
¿Está el capitalismo en crisis? Cabría, en una primera ojeada, decir que sí, que claro. Pero sería confundir sistema con producción económica. E incluso es más. Sería confundir la crisis de un sistema de gestión llevado por una élite determinada para satisfacer sus intereses personales con una crisis estructural del sistema financiero. Lo que ha generado el panorama económico actual, es decir la crisis económica que no debe identificarse con crisis del capitalismo, es precisamente el empleo por parte de cierta oligarquía financiera de unas acciones de riesgo que han acabado como era previsible pero que, al tener dicha oligarquía su propia ganancia blindada, se podían permitir para maquillar sus resultados. Lo que ha entrado en crisis no ha sido, pues, la estructura esencial del capitalismo -la explotación de lo humano y la negación de éste como sujeto- y ni tan siquiera lo esencial de la estructura financiera, pues se está respondiendo a la crisis de forma financiera, sino un entramado financiero concreto basado en el riesgo permanente. La crisis financiera ha llegado a ser una realidad mundial porque, precisamente, esta misma ingeniería financiera concreta reconocía su riesgo y tendió a ocultarlo en otros paquetes que, a su vez, se sacaban al mercado. Y ahí se desencadenó el efecto dominó. Pero, ya para explicarlo clarito, la prueba concluyente de que no hay crisis del capitalismo es que la vida cotidiana apenas ha cambiado un ápice y los estados se pueden gastar auténticas fortunas en salvar a esa oligarquía financiera, luego explicamos la causa, sin, a su vez, entrar en quiebra. Es decir, todo acaba bien por acción del propio sistema que debería estar en crisis. Y el sistema en crisis se salva, menuda crisis por tanto, a sí mismo.
¿Pero no es esta crisis, sea cual sea su alcance, una demostración de la supremacía de lo público frente al capitalismo neoliberal? La diferencia entre lo público y lo privado ya no existe en el capitalismo actual, aunque exista a nivel de política para el control y la luchas de poder de unas oligarquías frente a otras y su proximidad o bien con la oligarquía industrial y financiera, sector privado, o bien con la élites funcionariales y cuasifuncionariales -que viven de las subvenciones- en el sectro público. Precisamente, habría que comenzar a analizar cómo el estado burgués, el anterior a la I Guerra Mundial, surgió como una forma de limitar el poder de la oligarquía financiera por parte de la propia burguesía no poseedora de riqueza económica y constituida en oligarquía política, hecho que fue aprovechado por el movimiento obrero para formar la socialdemocracia y a la que Marx puso tantos peros. Sin embargo, a partir de la I Guerra Mundial y especialmente con el fin de la Segunda, la diferencia público-privado va diluyéndose hasta situar lo público exclusivamente en una clase funcionaral y en los servicos gratuitos del estado del bienestar en los que, sin embargo y de forma paulatina independientemente del gobierno, la empresa privada puede conseguir pingües beneficios (en España, lo concertado en educación y seguridad y ya cada vez con más fuerza en sanidad). De esta forma, la diferencia público-privado ya solo interesa estructuralmente a los propios trabajadores de lo público, un funcionariado de auténticos privilegiados que nunca han movido un dedo por los demás trabajadores, mientras que en la realidad la batalla auténtica es por el beneficio económico que pueda reportar los servicos universales prestados a costa del estado. Así, la distinción público-privado resulta antigua y ridícula ante la realidad actual. Ideológicamente falsa -aunque, y de forma paradójica, socialmente relevante-.
¿Pero no es la intervención un triunfo de las políticas reguladoras frente al neoliberalismo?
Es esta otra de las mentiras de la crisis económica, pues presenta la idea de que el capitalismo es algo salvaje y dejado de la mano de Dios -que será invisible, imagino-. Si uno observa el panorama mundial de la economía a partir de la Segunda Guerra Mundial verá que existen multitud de organizaciones cuya única misión es, precisamente, la de regular el capitalismo. Así, por ejemplo, desde el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización Mundial de Comercio o el proteccionismo y la subvención de la agricultura en EEUU y en la Unión Europea, resulta ingenuo pensar que el capitalismo es un mundo liberal. Incluso, en España por ejemplo, hay leyes que regulan el capital de riesgo con lo que resulta ingenuo pensar que todo ha ocurrido porque el capitalismo está fuera del control. De hecho la propia regulación es una necesidad de la oligarquía financiera que así se blinda no sólo privada sino públicamente. Nunca se hunde pues alguien le avala con el dinero de sus propias víctimas.
¿Pero, por qué intervienen entonces los gobiernos? Por dos motivos: uno, porque ellos mismos forman parte de la oligarquía que perdería posiciones de dejar llegar la cosa hasta el final que exigiría la propia lógica liberal; dos, porque si empieza un estado, y empezó Bush donde la devolución de favores a la oligarquía es mayor que en Europa por volumen de negocios, ningún país puede dejar ya de hacerlo pues implicaría marcar condiciones de pérdida desde la salida para su propia élite financiera aún nacional. Así, la salvación financiera no es del sistema, pues este no se reduce a oligarquías, sino de unas élites para otras.Y esto se ve muy bien en el caso español cuando el gobierno ha corrido a rescartar a la banca y a los parados inmigrantes, por ejemplo, les ha ofrecido echarles a casa. Gesto progresista sin duda.
¿Y España? En España ha sido lógico el proceso. Es cierto que el sistema financiero español es bastante sólido. Sin embargo, nuestro -bueno: suyo- sistema industrial se basa en la construcción y en servicios. Estos dos sectores son muy vulnerables a este tipo de crisis. El primero, la construcción, porque vive del crédito; el segundo, los servicios, porque se basa en los extras económicos del consumo. Así, la consecuencia de la crisis en España es el aumento vertiginoso del paro. Pero tranquilos, como en estos servicios trabajan muchos inmigrantes no pasa nada serio: se vuelven a su país mientras los sindicatos miran hacia otro lado.
¿Los sindicatos miran hacia otro lado? Algo muy sorpredente de todo esto es, precisamente, el silencio sindical De hecho, los sindicatos ni abren la boca. ¿Por qué? En primer lugar, porque gobierna el PSOE, que si gobernara el PP ya estarían vociferando –seamos sinceros-; en segundo lugar, causa objetiva, porque quienes van a perder de forma mayoritaria, proporcionalmente, su puesto de trabajo son inmigrantes y esos no importan para unos sindicatos convertidos en aparatos administrativos. De hecho, resultó vergonzoso que el pasado 7 de octubre se hiciera una marcha contra la jornada de 65 horas, que todos sabemos que nunca se aplicará, y sin embargo nada hayan dicho sobre el crecimiento del paro en España ni sobre que el gobierno, ni por supuesto el PP, hayan presentado una sola medida de apoyo económico extraordinaria para paliar la situación de los desempleados.
Pero, D. Enrique P. Mesa García, ¿no es esto una alabanza del capitalismo? Decía Marx que había que ser radicales: tomar las cosas desde su raíz. Quienes critican al capitalismo por la pobreza son, sin duda, bienintencionados, pero al tiempo poco críticos. El capitalismo genera riqueza porque la explotación integral de lo humano lo exige y por eso sin duda el capitalismo conducirá no solo a un mundo sin hambre sino con un nivel de vida extraordinario en cuanto a recursos económicos: ya lo ha hecho en varios países. Negar la evidencia de esto es ridículo. Porque la clave del capitalismo es la explotación, no la pobreza y a mayor riqueza, lógicamente, mayor explotación. Somos, creemos pues nunca uno puede estar seguro, radicalmente anticapitalistas pero, al tiempo, lo somos de una manera muy concreta. Y por eso este artículo tiene, o debería tener al menos, una segunda parte.
¿Y cómo acabamos? Como siempre buscando demostrar lo listos y brillantes que somos.
Era un chico asturiano. Futuro líder sin duda. Yo estaba allí, en aquel pobre partido comunista donde ya me habían advertido sobre mis veleidades pequeñoburguesas y filosóficas: muy criticón. No era el único avisado. Él se levantó y se hizo el silencio. Y nos contó que esta vez la crisis del capitalismo no era cíclica sino estructural. Que el capitalismo caía. El partido tenía buena relación con Rumanía, aún con Ceacescu, y con Corea del Norte, Kim Il Sung. Un escalofrío me recorrio la espalda: ¿para eso? Acababan los años ochenta del pasado siglo. Luego, los mismos que me juraban, ante mi estupor, que en el este de Europa tenían otros valores ingresaban en el PSOE.






















