Este artículo tiene dos partes:
LO PERSONAL ES POLÍTICO Y LA CASITA DE BUD BUNNY/ 1
LO PERSONAL ES POLÍTICO Y LA CASITA DE BUD BUNNY/ y2
En el artículo anterior analizábamos la frase Lo personal es político. En primer lugar, explicábamos cómo la frase resumía, de manera muy brillante volvemos a decir, una posición teórica con la que estamos de acuerdo: los hechos particulares sólo pueden entenderse plenamente en relación al contexto social. Y decíamos que esta apreciación no sólo pertenecía al feminismo, sino al propio pensamiento moderno emancipatorio del que aquél forma parte.
Pero, añadíamos, hay una segunda significación mucho más peligrosa que presentábamos como Lo político es personal y que pretendía ser falsamente una consecuencia lógica de lo anterior. En ella, se defendía que todo acto personal tenía por tanto responsabilidad política y que la política, por ello, era una acción presente en cada acto peculiar y privado. Y señalábamos como esta inversión de sujeto y atributo llevaba a una moralina terrible y a un carácter censor que, curiosamente cesó cuando debería haber censurado los actos de las clérigas fundamentalistas: lo político es personal servía excepto para perrear ordinariamente con la oligarquía en la casita de los conciertos de Bad Bunny.
Así, lo verdaderamente grave no es utilizar la frase en su sentido de análisis político sino con su cuota de moralina e ínfulas de superioridad moral, convirtiendo una herramienta extraordinaria de análisis en una regañina monjil permanente. Y por eso, hay que explicar, siquiera brevemente, porque sí es cierto que lo personal es político pero no lo es que lo político es personal.
Efectivamente, que lo personal sea político implica que lo individual también es político, pero no su viceversa: que lo político sea personal. ¿Qué quiere esto decir? Que no se puede defender que sean las acciones individuales cotidianas las que construyan, determinen o desarrollen la realidad. O dicho de otro modo: la dominación social no se establece y reproduce en las acciones individuales. Y si esto es cierto, que lo es, entonces la conciencia de las obras individuales carece de importancia en el desarrollo del dominio social o, cuando menos, no son la clave del propio dominio. Por ello, no se puede analizar la realidad desde la mera perspectiva de las acciones individuales ni desde la idiosincrasia personal de los sujetos. Porque la clave de la explicación social no es la acción individual o las peculiaridades propias del carácter. Sólo desde una perspectiva donde la suma de las acciones genera la realidad social, por ejemplo la liberal clásica, es posible mantener esto.
Pongamos un ejemplo. El repugnante velo musulmán, que niega la libertad y emancipación de la mujer, no se establece y reproduce porque lo lleven las mujeres, sino porque se impone a las mujeres. No son pues las mujeres las que lo desarrollan como poder y dominación, sino que es previo a ellas mismas: ellas lo llevan porque es un poder y, por tanto, son víctimas y no verdugo. Como consecuencia, que las mujeres musulmanas lleven el velo porque quieren o no, no da ningún elemento nuevo o importante al debate sobre su repugnante función social. Lo personal es político, que las mujeres musulmanas lleven velo tiene una explicación que va más allá de su voluntad y por tanto no implica que lo político es personal, que el hecho de esta mujer o aquella o aquella lleve velo nos permita juzgar su acción como inmoral porque esta acción personal sea responsable de la propia tiranía islamista y por tanto recriminarla por ello moralmente de forma individualizada.
Pero frente a esta idea contraria a la extrapolación, y ahí está lo falso, un tipo de feminismo -nota: repitan conmigo que hay muchos feminismos como hay muchos marxismos- entonó la responsabilidad individual de todo acto, hasta del más micro(poder), no sólo como representante y exposición de lo social, lo que podría tener sentido, sino como generador de dominio. Tras las ideas de Foucault del poder, donde toda relación era de poder sin que eso se explicara muy bien y en una extensión cada vez más universal, lo personal es político acabó siendo una caza de brujas, y brujos, por parte de sectores que habían llegado al nuevo control de las costumbres sociales y a la oligarquía: los conversos defendían su nicho de poder en la universidad o subvencionados por las grandes corporaciones. Y así surgió una aburrida histeria donde todo era machismo y micromachismo, de pensamiento, palabra, obra y omisión, mientras al tiempo desaparecía del análisis social, y no curiosamente, cualquier contenido socioeconómico.
Así surgía la auténtica e interesante consecuencia política: la realidad, y esto es lo verdaderamente importante, se subjetivizaba hasta el límite de la batalla cultural personal. Un universo simbólico dominaba las relaciones personales y a su vez estas reproducían el universo simbólico, alejando el análisis de cualquier realidad material o económica: el Capitalismo y la relaciones económicas quedaban a salvo del mensaje social y todo el discurso se centraba, por ejemplo, en el patriarcado. Y la solución surgía en su inocencia, y falsedad, con ínfulas de conversión similares a los reformistas cristianos: si todos y todas individualmente abandonaran el marco teórico dominante, usamos sus cursis palabras, el mundo cambiaría radicalmente sin tocar la propiedad ni las relaciones de producción.
A partir de ahí empezó todo el proceso de presunta crítica y en realidad apoteosis del Nuevo Capitalismo. Si este consagraba el YO como la nueva figura mercancía, en tanto en cuanto resultaba la mercancía perfecta para la producción capitalista tanto con la explotación laboral como en la circulación de capital con el consumo, era lógico que la nueva ideología de la dominación exaltara este mismo yo como la clave (falsa) de la dominación. Lo político llegó a ser personal para explicar que eran las acciones individuales las que daban realidad al modelo social. El mundo se convirtió en un lugar de voluntad, cada acción política era ya una acción subjetivada en una forma de ser, pero sobre todo de pura representación.
Así, la gravedad de todo esto fue precisamente reducir la acción política exclusivamente, y aquí este adverbio es muy importante, al universo simbólico, la famosa guerra cultural, y con ello reducir a su vez la política a las acciones individuales y su responsabilidad.
El problema del Mal es un clásico de la buena filosofía: si Dios es bueno, ¿por qué hay mal en el mundo?
Dios es bueno y la gente obra mal, decían los buenos cristianos convencidos que la culpa era individual: lo político es personal. Y la solución era acabar con ese mal de forma inquisitorial: del rechazo social a la hoguera. El culpable último era el individuo.
Pero, para que la gente pueda obrar mal, defendía la filosofía, Dios como creador desde la nada tendría que haber creado ese mismo mal que luego los individuos representarían: lo personal es político.
Ustedes eligen el dilema. Pero no es una decisión subjetiva y por gusto, sino racional y de importantes consecuencias. No dejemos que regrese lo político es personal y volvamos al discurso de la izquierda ilustrada.
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