Como
todos ustedes saben, y si no lo saben aquí estoy yo para comentárselo, el
próxímo día 25 de mayo –aniversario de mi primera comunión- son las elecciones
europeas. De hecho, este artículo pretende pensar sobre ellas en un triple
sentido. Primero, sobre su importancia; segundo, sobre la necesidad de
intervenir en política; y, tercero, la explicación de mi propio voto. Y usted
está pensando: ¡Y a mí qué coño me importa! Pero es que yo tengo poca vida
interior y así paso el rato.
¿Son
importantes las elecciones europeas? En política existe una idea popular que
podríamos denominar como principio de relevancia. Supone este principio que la
importancia de una institución sobre la vida de los ciudadanos guarda relación
proporcional con la distancia, es decir: cuánto mas alejada, y por tanto aumente
su distancia, la institución será menos significativa para las personas. Por
ejemplo, el ayuntamiento será así, en el imaginario colectivo, más cercano e
importante que el parlamento europeo. Pero, este principio es un error grave. Y
lo es por varios motivos.
En
primer lugar, este principio no tiene en cuenta el cambio social producido en
la nueva sociedad globalizada. Efectivamente el principio de relevancia, como
el propio nacionalismo que es su paradigma general, vive aún en el mundo antiguo donde la interconexión vital
era escasa: lo paleto prevalecía. Hoy en día, sin embargo, cualquier hecho
cotidiano demuestra que el planeta es nuestra única realidad: mire a su alrededor
y verá algo chino o de las antípodas neozelandesas cuando se tome el postre.
Así, y como principio general, usted se beneficia o se perjudica de las propias
leyes vigente en esos países y que, sin embargo, no le tienen, ni a usted ni
tal vez tampoco a sus propios habitantes como en China pero no en Nueva Zelanda,
como sujeto de derecho.
Pero,
ademas, resulta que en Europa usted es sujeto de derecho y también de
padecimiento. Una parte fundamental de su vida se legisla bajo normativa
comunitaria. Y la normativa nacional o regional o municipal está sujeta a esa
legislación europea. Así, queramos o no,
Europa es importante. Y ello nos obliga a intervenir en política.
Los
niños juegan al escondite tapándose los ojos. Piensan ingenuamente que si ellos
no te ven resulta imposible que tú les veas. Los adultos sonreímos con superioridad
frente a esto y aclaramos que son cosas de niños: ya crecerán. Las normas
legales expedidas en el poder legislativo afectan a los individuos y a nuestro día
a día. Así ha sido hasta ahora en los parlamentos nacionales y es ahora, con la
economía globalizada, en el Parlamento Europeo:
las condiciones de eso que rimbombantemente se llama vida dependen de esto.
Pero
los adultos juegan en política al escondite tapándose lo ojos. Les gusta creer que su vida
es la república independiente de su casa que nada tiene que ver con el resto
social sin pararse a pensar que el propio anuncio, tan simpático, tiene como fin
vender muebles. Así, imponiendo el egocentrismo infantil creen poder decidir libremente
no intervenir en política sin comprender que vivir en sociedad ya es intervenir
en política. Como los niños, no comprenden que aquello a los que niegan su
mirada sigue existiendo con todo su poder. Y que su vida se mueve en el recinto
permitido.
Votar
no es un ejercicio de identificación sino un préstamo. Por eso en democracia se
vota con periodicidad. Estar de acuerdo con todo lo que propone un partido es
imposible: habría que haber escrito uno mismo el programa y dejar de pensar a
partir de entonces o ser, también cabe esa posibilidad, una persona que es así
desde que nació y a la que nadie le hará cambiar de opinión y que se llama un
borrego. Incluso el grado de desacuerdo puede ser tal que se considere no votar
a ninguno. A veces nos ha pasado y hemos votado en blanco. Pero, es ingenuo pensar
que uno solo vota desde su prístina conciencia. Y es un error político.
Las
circunstancias concretas marcan la práctica política. Y el voto es una práctica
política. Se vota en unas circunstancias y ante unas circunstancias. La
conciencia pura en política es como aquella paloma que creía que volaría mejor
en el vacío -bueno, a veces me pongo erudito-.
Estamos en guerra. El nuevo proceso
de precarización, del que ya hablamos bastante en este blog, implica la destrucción del estado social y
democrático de derecho de nuestra constitución y que ha sido el modelo europeo
desde el final de la II Guerra Mundial. Esta destrucción se ejerce también
desde la propia UE y afecta a la vida diaria. Es fácil pedir el todo o nada
pero el ángel de la historia, mientras tanto, va sembrando el camino de sufrimiento
innecesario. Hay, sin duda, cierta humanidad en evitar el sufrimiento
innecesario y, por eso, hay cierta humanidad y cierto deber ser en el estado del
bienestar. Hay que defenderlo no como el ideal pero sí, al menos, como el mientras
tanto.
¿A quién votar? Hay veces, y la guerra es una de ellas, en que la
selección de los aliados no se hace por la máxima afinidad, que no se encuentra
en ninguna parte, sino por el mínimo común. Hay veces, en que hay que votar
jugando como al billar y buscando la
carambola: esperando que la bola jugada no viajará sola sino que al golpear en
otras producirá un movimiento general. A estas elecciones se presentan muchos
partidos de la autoproclamada izquierda. En realidad, todos defienden el mismo
programa básico y lo único que cambia son sus, en todos ellos bastante flojitos,
actores principales. Se podían haber presentado juntos, ya les digo que estamos
en guerra, pero parece que nadie quiere el oscar -bueno, el Goya que son todos
de la Europa de los pueblos riau riau - al
mejor actor de reparto y todos buscan el de actor principal. En fin, la triste
realidad es que no lo han hecho. Y así hay que elegir.
Cada vez que un dirigente de IU abre su boca parece que busca que no
se le vote. No sé si será una astuta estrategia de psicología negativa: también
se usa con los niños, pero nosotros no somos niños. Y como no lo somos comprendemos
que aunque nos tapemos los ojos pueden vernos. Y también sabemos que nuestra
conciencia no es tan pura. Votar a IU no es un acto de identificación. Es un
préstamo para el juego de billar y buscar recuperar lo mínimo.


