En #RadioSofía y, por supuesto, en Radio Municipal de Casares.
#EPMesaPensadorSalao
"Ilustración es la salida del hombre de su culpable minoría de edad."
Como defendemos la #Ilustración, y con ella la auténtica emancipación, apoyamos hoy, y siempre, al colectivo #LGTBI frente al avance de la #Homofobia y de la #Intolerancia.
Un grupo de profesores, de España y varios países de Hispanoamérica, estamos trabajando conjuntamente para luchar contra la nueva educación por competencias que solo implica, en realidad, el triunfo definitivo de la ingeniería social del Nuevo Capitalismo.
Gracias Victor Soto por su trabajo en este proyecto. Y también a Enrique Galindo, Carlos Bustamante y a todos los participantes.
Presentamos aquí mi breve intervención intentando clarificar un poco el debate.
Como diría Rudolf Hoess, criminal de guerra nazi y comandante de Auschwitz: yo también tengo un corazón. Así que, hablamos del amor y san Valentín.
¿Dónde? Como siempre en #RadioSofía, en Radio Municipal de Casares.
Perdonen ustedes mi ausencia. Ha sido un año muy cansado y estoy mayor.
Vamos a publicar todos los RadioSofía que faltan y algo más y luego volveremos después del verano con nuevas fuerzas.
Esto, no se ha acabado.
#EPMesa y el gobierno siguen negociando para ver qué impuesto pago este año. Yo propongo no pagar ni el IRPF ni el IBI. Ellos insisten en que al menos el IVA. Ahí estamos...
Nota: este artículo se ha publicado completo en la revista Argumentos Progresista nº48, noviembre diciembre 2022
Este artículo es una serie de tres.
Aquí el primero
Este es el segundo.
Y ahora viene el tercero.
Ya acabamos.
En el primer artículo explicábamos el origen de la izquierda clásica y moderna.
En el segundo, analízabamos como la izquierda posmoderna había entrado en escena y, con ello, comenzaba un cambio en el significado de las palabras que nosotros ejemplificábamos en la palabra solidaridad, que había sustituido a la justicia social. Y ahora, seguimos.
Es precisamente este mismo modelo el que se ha dado con la palabra igualdad y es una repetición del esquema anteriormente descrito, pero con un matiz importante. Aquí ni tan siquiera ha hecho falta ya cambiar la propia palabra en sí misma, permanece idéntica, sino que al ser adoptada con tal fuerza en su nueva conceptualización, se ha esfumado por sí mismo su significado anterior de raíz socioeconómica, quedando desterrado para siempre. Cuando hoy en día se habla de igualdad, se habla ya definitivamente de luchas de contenido feminista y, por lo tanto, la palabra ha dejado de tener el significado político y social que tuvo en la izquierda moderna. No se trata de que el discurso feminista no sea socialmente importante, por supuesto que lo es, sino que se trata de la eliminación sistemática de todo contenido socioeconómico en el discurso de la izquierda actual. Así, el Ministerio de Igualdad, y esto es clave, ya no explica su igualdad como universal ni estructural sino como puramente subjetiva: hay que ir hacia nuevas masculinidades y todas esas cosas.
De esta forma, el discurso de izquierdas, como ya vimos en la palabra solidaridad y acabamos de analizar en la de igualdad, va adquiriendo una nueva esquematización formal alejada a la que tuvo la izquierda moderna.
Los discursos actuales de la izquierda posmoderna se construyen sobre bases puramente ideales, que no guardan relación con ninguna estructura material, y que por ello tienen cómo solución no el cambio estructural del modelo social determinado sino el cambio de comportamiento y mentalidad de los individuos. Y este cambio de comportamiento consigue así, ideológicamente, transformar la sociedad desde una desigualdad creciente a una igualdad absoluta cuando en el Consejo General del Banco de Santander haya el mismo número de mujeres que de hombres. Ese será el nuevo triunfo de la igualdad establecida.
En segundo lugar, se percibe un acercamiento al esquema formal ya explicado de la derecha, en el cual brilla la idea de que es el comportamiento individual es el que conforma la realidad social. Esto se ve muy bien en la extensión cada vez mayor de la solución política en la llamada responsabilidad individual, engendro ideológico que consiste en la conversión de un poder político sumiso a las condiciones socioeconómicas impuestas y que solo actúa hacia el cambio del comportamiento de los individuos, sin pretender solucionar las causas estructurales.
En tercer lugar, es la desaparición de los discursos argumentativos y con pretensión de objetividad por aquellos otros cargados de elementos emotivos y afectivos. La sustitución de las palabras inició el proceso, aquí lo hemos visto en la solidaridad. Luego, llegó la siguiente etapa con la sustitución de los significados, como igualdad. Por fin, ya viene la última vuelta de tuerca con la eliminación del discurso argumentativo y racional por el discurso emotivo y sentimental. El cada vez más ñoño discurso de la izquierda posmoderna cuajado de términos y concepciones afectivas (desde la empatía a los cuidados) elimina toda posibilidad de verdad enmarcándose en los testimonios del sentimentalismo más ñoño, hasta el punto de poder decir frases del calado de “En la cosa pública, no se puede hacer nada sin ternura”, como dijo una representante de la nueva izquierda, y no de las peores, presentando su nueva plataforma electoral. El discurso que un día pretendió convertir la tierra en un paraíso parece que hoy se limita a convertirla en un resort para ser felices. La transformación de todo el discurso político en conversiones de conciencia y en estados de ánimo lleva al final a la indiferenciación básica entre los discursos de izquierda y derecha eliminando todo contenido socioeconómico entre ambos. El discurso político, en un ejemplo clave, ya no procede de un argumentario, un conjunto de ideas estructuradas lógicamente, sino de un relato.
Hay una frase célebre de Isabel Díaz Ayuso que señala que libertad es irse de cañas. Probablemente, Díaz Ayuso, junto a Irene Montero, sea la mejor política posmoderna que hay ahora mismo en España. Ha comprendido de forma absoluta y total, e incluso es posible que crea en ello, que es la conciencia de los individuos la que genera la realidad social y, por lo tanto, la libertad ya no se discute es una estructura objetiva sobre qué es o qué no es, sino que se discute sobre la megaestructura ideológica de la conciencia de los propios individuos que al sentirse libres inmediatamente se transforman en seres libres. La libertad es irse de cañas es el mismo eslogan de la derecha que para la izquierda posmoderna es, por ejemplo, la autodeterminación de sexo. Todas las condiciones objetivas desaparecen para situar la existencia en un mero estado de conciencia subjetiva mientras que esa conciencia subjetiva es determinada por la propia realidad del Capitalismo. Es un nuevo mundo donde los ministerios llevan bonitas palabras como aquel hermoso Ministerio del Amor que tanto hizo para que, en 1984, Winston Smith amara al Gran Hermano.
Nota: este artículo se ha publicado completo en la revista Argumentos Progresista nº48, noviembre diciembre 2022
Este artículo es una serie de tres.
Aquí el primero
Este es el segundo.
Y este el tercero.
En el artículo anterior, y primera parte de este artículo, habíamos explicado el origen de la izquierda moderna. Ahora, vamos a desarrollar su fin y el surgimiento de la izquierda posmoderna para seguir explicando por qué es tan significativo el empleo de la palabra igualdad en un solo sentido..
En España hay en la actualidad un Ministerio de Igualdad. No es algo baladí tener todo un ministerio dedicado a tan peliagudo tema. Es más, el gobierno español se autoproclama como de izquierdas y progresista. Por lo tanto, cabría esperar que la propiedad estuviera preocupada al menos. Sin embargo, cuando el progresismo despertó, la propiedad todavía estaba allí. Y si el Ministerio de Igualdad no lucha por un reparto de la propiedad y que ésta deje de ser fuente de privilegios, ¿por qué lucha? Mejor aún, ¿por qué se llama exactamente Ministerio de Igualdad?
La llamada filosofía posmoderna inicia lo que un autor como Rorty ha calificado, creemos que con gran acierto, como un giro del lenguaje. Mientras que la filosofía moderna era un giro hacia el sujeto y su capacidad de transformación de la realidad, la filosofía posmoderna, sin embargo, es un giro hacia el lenguaje y la forma de expresar la realidad como la clave de su desarrollo y análisis. De ahí que todas las teorías de origen posmoderno pongan tanta importancia en el lenguaje frente a los presuntos hechos objetivos de la Modernidad. No hay hechos, sólo interpretaciones es una sentencia de Nietzsche que esconde toda la raíz del discurso posmoderno.
Tampoco cabe duda de que las palabras son fundamentales en las teorías políticas. Pero no lo son las palabras en sí misma sino el significado que se le otorga a dichas palabras: lo que sería su concepto. A partir de Rousseau, como ya hemos visto, la idea de igualdad en la izquierda moderna tenía imbricados dos significados: su causa era por el desigual reparto de la propiedad y su solución, como consecuencia, implicaba reformar esa propiedad de alguna manera.
Sin embargo, el Ministerio de Igualdad no trata este tema. Se trata específicamente de un ministerio creado, seguramente entre otros motivos, para tratar el problema de la igualdad efectiva entre los hombres y las mujeres desde una perspectiva feminista. No se trata aquí de discutir ese problema, que es real, sino que lo interesante es analizar cómo la palabra igualdad ha dejado de significar una condición socioeconómica relacionada con la propiedad para pasar a ser una condición de exclusivo contenido de la teoría feminista. O dicho de otra manera, sobre lo que tratamos aquí de reflexionar es como la palabra igualdad ha perdido un significado que fue fundamental para la izquierda y ha ganado otro significado distinto. Y qué repercusión tiene esto dentro del discurso político de esa misma izquierda que otrora se presentará como transformadora de la realidad socioeconómica y, con ello, de la distribución de la propiedad.
¿Por qué es tan importante esta sustitución del significado de las palabras?
En el discurso político existen palabras concretas que son fundamentales porque permiten distinguir entre un discurso y otro. Tanto es así, por ejemplo, que cuando la izquierda moderna o la derecha moderna utilizaban la palabra libertad o la palabra igualdad o la palabra propiedad no estaban dando el mismo significado a la palabra y por lo tanto con esas palabras estaban marcando sus diferencias ideológicas.
Estas palabras además, especialmente por parte de la izquierda moderna, estaban cargados de un significado socioeconómico y no de cualquier otro significado, como pudiera ser uno cultural, sobre las costumbres o antropológico. La izquierda moderna así se definía por su discurso marcadamente socioeconómico, tanto porque las causas fundamentales y primeras de todo el entramado social eran causas económicas como porque la solución a dicho problema social era también tomar medidas concretas socioeconómicas y, en concreto, actuar sobre la desigual distribución de la propiedad de los medios de producción. Desde la utópica comuna anarquista hasta el Estado totalitario soviético pasando por las críticas de la Escuela de Frankfurt o las actuaciones socialdemócratas, la izquierda se unía en este esquema conceptual básico.
A partir de los años ochenta del pasado siglo surgió un hecho muy interesante en el discurso de la izquierda y fue la paulatina eliminación del término justicia social y su sustitución por el término solidaridad. De pronto, los partidos de izquierdas ya no pedían justicia social sino que pedían solidaridad. Este hecho, que ha concluido en la eliminación del término justicia social y el triunfo definitivo de esa palabra que es solidaridad, era el inicio de algo mucho más importante que una mera batalla terminológica. Era toda una batalla conceptual que iba a ganar la nueva izquierda o lo que vamos a llamar izquierda posmoderna. Efectivamente, justicia social implica, en sus mismos términos y necesariamente, un análisis objetivo de una determinada estructura donde se precisa señalar cuál es la distribución injusta que se produce de una forma estructural. Así, justicia social implicaba dos cosas fundamentales.
La primera, el término se derivaba de un hecho que se daba realmente en la sociedad y que era la existencia de una injusticia y que dicho hecho dado era indiferente que se sintiera no como tal, pues se pretendía hablar desde la objetividad y no desde la subjetividad.
Segundo, y consecuencia de lo anterior, que esta injusticia pertenecía a algo objetivo y estructural propio de la sociedad analizada y no guardaba relación necesariamente con el sentimiento de los individuos. Estos podían sentirse tratados justamente y sin embargo seguir existiendo esa injusticia social y, por lo tanto, la llamada a la justicia social iba más allá de la mera creación de una conciencia y afectaba necesariamente a la transformación social objetiva.
Sin embargo, la palabra solidaridad lo que pedía era una intervención emocional por parte de los sujetos que debían sentirse llevados a realizar las acciones necesarias para adherirse a la situación de los otros. Esto, implicaba la desaparición del concepto objetivo, la injusticia lo era independientemente a la adhesión o no a la causa, y su sustitución por un criterio de subjetividad. La solidaridad lo que generaba era en el fondo convertir en laico el discurso de la compasión y caridad cristiano y situarlo en un concepto puramente emotivo social que sirviera para poder exigir a los individuos ciertos comportamientos, pero siempre de carácter individual. De esta forma, al admitir la eliminación del término justicia social, la izquierda abandonaba la concepción de que los términos y conceptos derivaban de la realidad objetiva y empezó a situarlos en la confianza y responsabilidad individual de las distintas personas.
¿Y todo esto qué tiene que ver con la Igualdad? Pues en el siguiente, acabamos.
No se emocionen, que yo sé que levanto pasiones.
El próximo domingo 13 de noviembre tenemos una cita.
Frente a la destrucción de los servicios públicos. Y en defensa de la sociedad como un lugar para todos y en defensa del gobierno como aquel que gestiona para el bien común.
Nota: este artículo se ha publicado completo en la revista Argumentos Progresista nº48, noviembre diciembre 2022
Este artículo es una serie de tres.
Aquí el primero
Este es el segundo.
Y ahora viene el tercero.
En
1754, Rousseau escribe su Discurso sobre el origen y los fundamentos de la
desigualdad entre los hombres. Con él, podemos decir, se inaugura la
izquierda política moderna, puesto que la posmoderna, como vamos a ver luego,
es otra cosa.
En
esta obra, Rousseau argumenta que existe una relación entre la propiedad, en su
época fundamentalmente la tierra, y el establecimiento por parte de los grandes
propietarios de una serie de leyes que lo que buscan es mantener y aumentar esa
diferencia de propiedad, creando así una legislación que perpetúe la
desigualdad establecida y sostenga el privilegio social. Es decir, que el autor
establece una relación estructural entre la desigualdad económica y la
desigualdad sociopolítica, situando a la primera desigualdad, la económica,
como clave de la segunda, la desigualdad en los derechos. Como consecuencia de
este análisis, la palabra igualdad adquiría un concepto absolutamente
novedoso en el panorama de la teoría política por varias razones.
En
primer lugar, se vinculaba un contenido legislativo con una realidad
socioeconómica como era la posesión de la propiedad. Las leyes que garantizaban
los privilegios, y por lo tanto el propio poder político, no tenían su
fundamento en el mérito de los privilegiados, un poder sobrenatural o la
costumbre sino que exclusivamente dependían de un criterio cuantitativo: quien
tenía más y mejor propiedad obtenía como consecuencia mayor poder político y una legislación a su favor.
En
segundo lugar, mostraba una relación causa y efecto entre la estructura
socioeconómica de una sociedad y la estructura política de la misma: en
Rousseau, al menos, era imposible explicar la desigualdad de la sociedad
constituida sin hablar de quién o quiénes poseían la tierra y quiénes no tenían
riqueza alguna.
Y,
en tercer lugar, esta teoría tenía un claro matiz emancipatorio. La solución al
problema social de la desigualdad ya no podía venir en una clave individual o
en una clave estrictamente moral, que los oprimidos cambiaran su forma de ser o
adquiriesen un determinado nivel de conocimiento o ascendiesen en la
estratificación social, sino de una clave en la cual la reforma social incluía
la creación de un nuevo marco estructural de relaciones, el contrato social,
que incluyera a la igualdad legal como elemento fundamental y por encima de las
decisiones o posibilidades individuales y peculiares de cada persona y su
riqueza.
De
esta forma, podemos decir que Rousseau se posiciona como el abuelo, digámoslo
así en términos cariñosos, de toda la izquierda moderna, pues ésta siempre
tendrá este esquema formal que relacione propiedad y marco político como
fundamental en su teoría, construyéndola a su vez sobre este esquema. Así, toda
la izquierda moderna seguirá el esquema roussoniano en al menos tres elementos
claves.
Primero,
que el problema de la desigualdad social tiene que ver con una condición
económica y social estructural, y no con el mérito, la costumbre o una fuerza
sobrenatural, relacionada necesariamente con la propiedad de los medios de
producción.
Segundo,
que, por lo tanto, construir la igualdad implica necesariamente al menos una
reforma social, cuando no una revolución, para actuar sobre ese problema de la
propiedad. La desigualdad, como consecuencia, no precisa solo acciones de
compensación individual o de caridad pública, sino medidas estructurales que
reformen o eliminen, cada izquierda aquí dirá una cosa, la propiedad.
Tercero,
que, de acuerdo a esta lógica y en vista de los anterior, el discurso de
izquierdas será necesariamente económico y no solamente político: la economía
será política también. Y dentro de este discurso económico se buscarán medidas
estructurales para lograr superar esa desigualdad cuya causa no es subjetiva y
personal, como va a defender la derecha, sino objetiva y social.
Así,
la palabra igualdad tendrá desde entonces en el discurso de la izquierda
moderna un contenido necesariamente socioeconómico y su superación hará
referencia a la necesidad de actuar sobre la desigualdad en la propiedad para
alcanzar la igualdad en los derechos y deberes políticos. Por lo tanto, la
izquierda admitirá, creemos que con acierto, que la transformación política
solo se puede llevar a cabo desde la transformación de las relaciones
económicas que tienen que ver necesariamente con la propiedad. Y desde ese
momento, siglo XVIII, podemos decir que surge realmente el pensamiento de
izquierdas y su vinculación con la propiedad como elemento fundamental de
desigualdad. Y esta va a ser la diferencia fundamental y radical, es decir: de
raíz, en el pensamiento moderno entre izquierdas y derechas.
La
derecha, fundada un siglo antes por Locke y el liberalismo, defenderá que la
propiedad es un derecho natural y, por lo tanto, que la propiedad es la base
fundamental, o una de ellas, de la sociedad y la libertad. La izquierda,
inaugurada con Rousseau, defenderá justo lo contrario: la propiedad es la clave
del antagonismo social y es causa de la sociedad no sea racional ni libre. Y por
eso, cuando la derecha hable de igualdad lo hará desde la perspectiva del statu
quo ya vigente, representándolo en la carrera falsamente meritocrática, o a lo
sumo en derechos formales. Sin embargo, la izquierda al hablar de igualdad lo
hará desde una perspectiva socioeconómica evidente y una perspectiva
estructural: la desigualdad no procede del mérito personal sino de la desigual
distribución, previa y estructural, de la propiedad de los medios productivos.
De
esta forma, la izquierda podrá estar en permanente discusión entre sus diversas
facciones, y fusilándose con alegría unos a otros en muchas ocasiones, pero
siempre tendrán todos un poso común que procede de sus orígenes roussonianos:
para transformar la sociedad es necesaria la transformación de la propiedad. O
dicho de otro modo: la igualdad es un término socioeconómico. Y solo se logrará
la igualdad real cuando las relaciones de propiedad sean justas. Y, como
conclusión, hay que intervenir para reformar o suprimir, ya saben que cada
izquierda dirá una cosa, esas formas de propiedad.
Y ya seguimos luego, que lo dejado en lo más emocionante.
Que se me había pasao...
La siesta, el fútbol, el pacharán, el gin tonic, la siesta...
En fin. Que aquí está Wittgenstein. Un grande, y eso que no estoy en nada de acuerdo con él, pero un grande.
El debate sobre la legalización o no de la prostitución tiene elementos fundamentales que analizar desde la filosofía. Lo que se está aduciendo para ilegalizarla y prohibirla es que no resulta moral vender el propio cuerpo. En contra de esta teoría, los que defienden la legalización de la prostitución presentan la idea de que siendo el cuerpo y la sexualidad un elemento privado y personal, no debería alguien ajeno decidir qué hacer con él. Por lo tanto, concluyen que si es mi cuerpo es mi decisión, por cierto argumento similar a la defensa del aborto del feminismo.
Nosotros vamos, sin embargo, a enfocarlo
desde un punto diferente. Lo que vamos a defender es que la prostitución ya
está legalizada absolutamente y se llama trabajo asalariado. Por lo tanto, la
única diferencia con la prostitución sexual es la parte del cuerpo que se vende
y, por ello, la prohibición de la prostitución sexual llama más a motivos
puritanos, pues se busca prohibir porque se trata de vender los genitales, que
en realidad a motivos morales sobre la dignidad de la persona, pues se callan
sobre el resto del trabajo asalariado.
La relación laboral asalariada es
estar obligado a vender algo que es propio, la capacidad de transformar la
realidad a través de la actividad humana, al mejor postor a cambio de una
mercancía, que se denomina dinero, para poder sobrevivir. De esta forma, todos
los trabajadores, entre los cuales yo me incluyo por cierto, nos vendemos diariamente
a cambio de un salario y vendemos una parte de nosotros mismos para conseguir
dicho dinero: es lo que se llama Mercado Laboral. Yo vendo mis conocimientos
intelectuales y mi capacidad de transmitirlos a través de mi cerebro, un
albañil su fuerza física y habilidad constructiva y una, o un, prostituta su
habilidad sexual y, primordialmente, sus genitales. Lo interesante aquí es que
todos nos vendemos, nos prostituimos, pero mi venta como profesor en el
Capitalismo está legalizado, que alguien se venda como obrero también e incluso
que alguien se venda como director de una gran corporación de energía y suba la
luz a sus clientes. Sin embargo, grita el abolicionismo, es muy inmoral
venderse como prostituta sexual.
Lo lógico y coherente sería así
que si el trabajo asalariado, que es una clave fundamental de todo el sistema
capitalista, está legalizado debería estarlo también la prostitución sexual,
otra forma de dicho trabajo asalariado. Y por supuesto, esto no haría falta ni
decirlo, estamos hablando de la prostitución ejercida sin coacción externa y
voluntariamente, o al menos tan voluntariamente como yo voy a trabajar todos
los días. Porque sin duda, imagino que estaremos de acuerdo, también debe
prohibirse que a alguien le coaccionen para ser profesor, por ejemplo.
Así pues, la prostitución no
sería más que el trabajo asalariado actual, comerciando con una mercancía
concreta y determinada: la sexualidad. Y ese es en realidad el problema de
cierto feminismo, no todo, que tiene ese espíritu puritano, quizás debido a esa
sororidad que igual se exagera hasta llegar a ser monjitas. Efectivamente, para
este feminismo todo lo que sea sexual es sucio y debe prohibirse: desde la
prostitución hasta el porno. Sin embargo, seamos realmente radicales, es lo
mismo la venta de mi trabajo presuntamente intelectual que la venta del sexo
por parte de la prostitución. Seamos, repito, radicales de verdad: el trabajo
asalariado es repugnante moralmente, pero no sólo la prostitución sexual sino
toda la prostitución que diariamente hacemos la clase trabajadora. Seamos, en
fin, radicales: el trabajo asalariado es en sí mismo la conversión de los seres
humanos en medios para conseguir un fin que es el beneficio capitalista.
Pero, entonces ¿si yo tuviera una
hija, supongamos, me gustaría que fuera prostituta? Por supuesto que no. Sería
un error si dijéramos que la prostitución sexual y el trabajo de profesor, por
ejemplo, siendo ambos una venta de mercancía por un dinero, son exactamente
iguales. Hay trabajos más dignos que otros. Y su dignidad no se juzga en relación
a si se vende o no, pues todo trabajo al venderse es indigno, sino al impacto
que causa entre la propia comunidad social. Así, hay trabajos, más allá de que
todos sean una prostitución en la estructura capitalista, que beneficiarían potencialmente,
obsérvese el tiempo verbal, al progreso y, por tanto nos benefician a todos, y
los hay que no. Evidentemente, la prostitución sexual solamente satisface lo más
primario. Por tanto, su dignidad como tal actividad, no es elevada. Pero igual
que ocurre esto con la prostitución sexual, y es importante resaltarlo, tampoco
sería un trabajo digno el del trabajador de la industria armamentística o el
trabajo del director general de cualquier gran corporación eléctrica o
gasística que, aprovechando determinadas circunstancias, sube hasta la rapiña
los precios de sus productos. Para decirlo rápido: el trabajo de los altos ejecutivos
del IBEX35, por ejemplo, es como la prostitución sexual, y en realidad mucho más
indigno pues además perjudica a terceros directamente, cosa que la prostitución
sexual no hace.
Además, y esto es también muy
importante, el hecho de que un trabajo sea indigno no implica la indignidad de
la persona que lo realiza. Todas las personas tienen una dignidad inalienable
en sí mismas, por el mero hecho de ser personas, y que no guarda relación con el trabajo que ejerzan para ser
explotados, para ser prostituidos, en el Capitalismo ni tampoco con su posición
en la estratificación social. Tanto la prostituta como el director general del
IBEX35 o el tonto influencer, con su acción laboral no hacen el mundo un
lugar mejor. Pero, no lo hacen no por una acción personal moralmente
responsable sino estructural socioeconómica. Yo mismo, y usted hipócrita
lector, podríamos haber estado ahí. Por eso, tanto la prostituta como el
ejecutivo no pueden ser juzgados personal y moralmente por su situación en la
cadena productiva. Y por eso, como personas, se disocian de su actividad y
merecen nuestro respeto como personas más que como productores de beneficio
capitalista.
Cuenta Marx que a John Milton, autor
de El paraíso perdido, le compraron,
vuelvan a fijarse en el verbo comprar, sus versos por cinco libras. Yo, todas las mañanas
me levanto y vendo mis conocimientos de filosofía, que tampoco son muchos, para
conseguir dinero a cambio. Eso es prostitución. La única diferencia con este término,
en sentido estricto, es que yo no vendo nada que tenga que ver con mi
sexualidad, que tampoco probablemente me la comprarían y ustedes se lo pierden. Si es legal que yo
pueda prostituirme con la filosofía, con lo más excelso que hay, no cabe duda
de que la sociedad capitalista, y obsérvese que hablo del Capitalismo, debe
permitir la venta de la propia sexualidad. Al fin y al cabo, no nos pongamos
tan dignos: hace tiempo que usted y yo, y nuestros padres y nuestros abuelos,
nos prostituimos legalmente.
Pues ya tenemos portada para inaugurar el #Curso22_23 en la web #LaLechuzaDeMinerva.
Ya saben ustedes, ganando amigos...
¿Quién de nosotros no tiene una vida interior muy grande? ¿Y qué poeta no nos la cuenta una y otra vez? En esta sección mi alma se desnudará. Incluso he comprado una nueva para tenerla más grande. Porque, en el fondo, yo también quiero ser feliz.
El Paraíso existe.
Empecemos por el final. La autoproclamada autonomía de los centros educativos es un proceso que perjudica al sistema público de educación y que, de hecho, se está desarrollando por este motivo. Este artículo, precisamente, lo que pretende es explicar por qué esto es así. Y, ya puestos, a su vez señalar que no solo la autonomía de los centros implica un torpedo contra la ya escasa línea de flotación de la escuela pública, sino que además, y como consecuencia lógica, es un ataque directo y total contra la libertad de cátedra del profesorado. O diciéndolo de otra manera: vamos a desarrollar cómo la autonomía de los centros, el nuevo y gran paradigma educativo, no es sino el desarrollo y triunfo del mercado neoliberal.
En primer lugar, convendría señalar, siquiera brevemente, qué entendemos por autonomía de los centros. Las distintas leyes educativas han ido incrementando la presencia de esta idea en los últimos años refiriéndose, grosso modo, al hecho de que cada centro puede desarrollar distintos proyectos, metodología y maneras de actuar propias y diferenciadas. Y esto podrá parecer algo muy importante y educativamente estupendo, pero en su desarrollo, sin embargo, es el final premeditado de la educación pública como sistema.
¿Por qué la autonomía de los centros atenta contra la educación pública como sistema?
La educación pública no es, o al menos no debe ser, un conjunto de centros particulares cuya única conexión entre sí sea su titularidad estatal. Es algo, es mucho más: un servicio público para desarrollar la igualdad. Se trata pues de un sistema que debe funcionar no desde la particularidad de cada uno de sus miembros, sino desde su integración en dicha estructura. Si se permite la existencia de centros mucho mejores y mucho peores, entonces este servicio público deja de ser tal y se convierte en un servicio privado para esos alumnos y sus familias que están, después de un selección previa por cierto, en los mejores centros.
Precisamente, lo que hace la autonomía de los centros es desarrollar necesariamente la competencia entre los propios centros y, por lo tanto, eliminar el hecho de que el sistema educativo público sea tal sistema cuya finalidad sea la educación de todos los alumnos. Una vez que los centros son autónomos, compiten entre sí para ser elegidos por los mejores alumnos de las mejores familias, es decir aquellos que menos complicaciones académicas tienen, y esta competición se da entre los distintos centros públicos existentes. De esta forma, se rompe la idea de un sistema único público, sustituyéndose por un grupo de centros atomizados que luchan en un mercado y que han perdido todas las características propias de un servicio público: ya no se trata de servir a la ciudadanía como tal ciudadanía sino al cliente. La autonomía de los centros entonces es la creación del mercado educativo y del alumno como cliente de dicho mercado y la destrucción de la enseñanza pública como un servicio al ciudadano. Cada centro público compite con el resto para atraer una clientela.
Además, en segundo lugar, hay otro hecho muy interesante sobre la autonomía de los centros. Y lo es en referencia a los propios docentes. La mayor autonomía de los centros disminuye y elimina la libertad de cátedra de los profesores: a mayor autonomía de los centros, menor libertad de los profesores -nota: desde ahora lo pueden llamar la Ley Mesa de la autonomía educativa-. Efectivamente, la autonomía de los centros se basa en convertir a cada centro educativo en un bloque monolítico metodológico que busca imponer a cada uno de sus docentes esa misma peculiaridad metodológica que el centro califica como propia, aunque en realidad provenga de la imposición de la moda pedagógica patrocinada por las grandes corporaciones educativas generalmente privadas. La pérdida de la libertad de cátedra metodológica, reconocida por la ley en secundaria, se convierte así en una consecuencia necesaria de dicha autonomía del centro.
Así, la autonomía de los centros, que resultaría innecesaria si se mantuviera la libertad de cátedra metodológica de cada profesor, pues este adaptaría su forma de enseñar a la realidad de su aula y de su materia, lo que hace es negar la libertad individual subordinándola a la libertad de mercado.
De esta forma, si la primera consecuencia de la autonomía de los centros es la creación general de un mercado educativo y competitivo, teniendo como consecuencia la desaparición de la educación pública como servicio y sistema estructural para la sociedad y la ciudadanía, la segunda consecuencia es la desaparición de las condiciones objetivas y universales de trabajo al convertir definitivamente al trabajador, a pesar de las leyes, en un mero apéndice de la estrategia empresarial: en este caso de la administración correspondiente y la junta directiva concreta. Efectivamente, una clave fundamental del neoliberalismo, y que la separa radicalmente del pensamiento liberal cuyo ideal era la libertad individual, es la subordinación del individuo a la estructura del mercado. Por ello, los derechos laborales, y por extensión los de cualquier otro tipo, son subsidiarios del propio desarrollo del mercado. De esta manera, el derecho a la libertad de cátedra queda definitivamente desterrado por la uniformidad del marketing educativo. Y si llevan esto al mundo del mercado laboral privado, y ya lo llevan, verán que es exactamente lo que está ocurriendo con los convenios colectivos y la lucha ideológica que se está manteniendo en contra de estos en aras de la singularidad de cada una de las distintas empresas de determinado sector.
La tercera consecuencia, lógica e inexorable a la vista de las dos consecuencias anteriores, es la conversión del alumno en cliente y de la educación en mercancía. El alumno, y su familia, se convierte en cliente que debe ser satisfecho, básicamente en aprobar como sea y que los deseos familiares se conviertan en las directrices del centro. A su vez, la educación se convierte en mercancía cuyo único valor como tal mercancía es doble: por una lado, integrar cada vez más el beneficio privado con proyectos financiados directamente por grandes corporaciones; en segundo lugar, convertir a la escuela en una factoría de trabajadores y consumidores (ya saben el ejemplo: en el nuevo currículo de la ESO, del gobierno más progresista de la historia, aparece 23 veces la palabra emprendimiento y ninguna vez filosofía). Se trata de acabar con la formación ciudadana, si alguna vez la hubo, y generar, y esto sí lo hay sin duda- la nueva subjetividad del Nuevo Capitalismo -como ya hemos explicado aquí-.
La autonomía de los centros, así, no es más que el cumplimiento del mercado neoliberal en la condición de la escuela pública. La idea clave es el fomento del propio mercado como símbolo y garantía de libertad, derivando de ello la destrucción del modelo de servicio público. Junto a esta destrucción, además se une la nueva conquista de otro ámbito para el desarrollo del mercado, cada vez mayor presencia de entidades privadas en la dinámica de los centros, y la subordinación de los docentes a este mercado educativo.
La auténtica globalización no es la realización de un comercio mundial. Es, como ya barruntaba Marx al inicio de El Capital, la conversión de todo en un inmenso arsenal de mercancías: la realidad como mercado. La tan cacareada autonomía de los centros cumple ese objetivo para la educación pública: mercado educativo y negación de la autonomía del sujeto. Bienvenidos, otra vez, a la nueva forma de dominación social.
Me han echado de menos. Lo sé. Pero miren todo lo que hemos hecho entre el 19 de abril y el 29.